Metes la pata en el trabajo, le dices algo fuera de lugar a tu pareja o te salen tres canas. Da igual cuál sea el contratiempo, que aunque sea mínimo, para ti comienza el drama, después la tragedia y luego el fin inminente del universo. Encadenas pensamientos y al final trazas una sucesión de los hechos cuyo destino es terrible: seguro que te despiden, debes evitar una ruptura sentimental inmediata o en dos días tu pelo se vuelve tan blanco como el de Elsa de Frozen.

Pero qué rabia y qué gusto a la vez cuando el tiempo y su sabiduría avanzan y recuerdas a las tragedias cotidianas con una sonrisa. Es una señal que te dice que bajes la guardia, que nada es tan importante, que hay que relativizar los problemas y, sobre todo, que al final lo más sensato es aceptar que es imposible estar siempre locuaz, agradable y, encima, guapa. El margen para cometer errores y acusar carencias estará siempre ahí. Y estos son algunos de los pasos para que te amarguen menos y aprendas a reírte de ellos.

Para esto están los amigos

Contarle a una persona de confianza cuál es el motivo de tu preocupación puede tener un deseado efecto balsámico cuando te coronas como la reina del drama. A medida que verbalizas lo que te obsesiona, vas deshilachando las ideas que has construido en tu mente y con frecuencia adviertes de que se trata de un gran embrollo que ha tenido lugar en tu cabeza, pero seguramente nada tan grave ha ocurrido fuera de ella.

Un buen diálogo interno

Se dice que los humanos tenemos de media, a diario, 60.000 pensamientos. Con esta cifra, lo más probable es que dialoguemos de malas maneras más de una vez al día con nosotros mismos. Vale la pena observar esa conversación interna, ya sea mediante técnicas de meditación, o simplemente fijándonos en cuándo nos lanzamos piedras sobre el propio tejado y lo que nos decimos es tan dañino que nunca se nos ocurriría decírselo a otra persona.

Momentos de evasión

Bailar, practicar yoga o colorear: da igual la forma que elijas para desconectar, pero el caso es dedicar tiempo a lo que te gusta. Las actividades en las que estás plenamente concentrada y, por lo tanto, desarrollas la atención plena, son una de las mejores vías para dejar de darle vueltas a las cosas e instruirse en el arte de la relativización.

¿Quién dijo miedo al error?

Incluso los astros se equivocan. Que se lo digan a Warren Beatty y Faye Dunaway en la gala de los Oscar cometiendo el error más clamoroso (y divertido) de la historia de la ceremonia. Es así: tendrás la posibilidad de errar hasta el fin de los tiempos y solo te queda aceptarlo. Se puede conseguir aunque el perfeccionismo te defina –y te angustie– y, ay, qué satisfacción que se tiene al lograrlo. 

Menos culpabilidad

La culpa tiene mucho de inútil. El caso es que tú estás ahí flagelándote por algo que supuestamente has dicho o no dicho bien, hecho o no hecho mal a esta u otra persona; mientras que la mayoría de veces el otro apenas ha ocupado un minuto de su tiempo a darle importancia a eso que a ti te carcome por dentro. En algún caso la culpa te ayudará a mejorar y evitar errores, pero cuando se instale en tu vida, vale la pena cuestionarse por qué nos acompaña y aprender a deshacernos de ella.