Ni sumiso ni agresivo. Ni morderse la lengua para evitar polémicas ni enzarzarse en discusiones acaloradas o desabridas. La asertividad es el término medio entre las posturas descritas. Cuando aún ni se acuñaba este mote ?aún a día de hoy no figura en la RAE- Aristóteles dio con un aforismo que definiría a la perfección el término. "La virtud es una disposición voluntaria adquirida, que consiste en un término medio entre dos extremos malos, el uno por exceso y el otro por defecto". También así la asertividad.

Esta característica está estrechamente vinculada a la autoestima de una persona. Es la seguridad en uno mismo lo que permite expresar de forma tranquila y sosegada una postura, por controvertida o espinosa que resulte. Afortunadamente, la asertividad se trabaja y está al alcance de cualquier persona, son estrategias que se aprenden y se incorporan a base de usarlas. Aquí tienes cinco caminos que te conducirán a la asertividad:

1. Las formas, a menudo, son más importantes que el contenido, por eso recurrir a fórmulas como 'entiendo tu punto de vista, pero', 'sé lo que me quieres decir pero' son percibidas como conciliadoras por parte del interlocutor, de forma que en ningún caso se elevará el tono de la discusión y resultará más sencillo que expreses tu opinión sin sentirte violento.

2. Cuando la persona se enroca en una idea y no hay forma de lograr que vea más allá, de nuevo, puedes recurrir a una fórmula que desprenda que no hay ninguna intención por tu parte de proseguir con la discusión o hacer que vaya a mayores. 'Tienes toda la razón, pero tenemos que buscar una solución'. Es una forma de implicar a la persona y suavizar.

3. No, no y no. Repítelo tantas veces como sea necesario delante del espejo y después deja que aflore. No reprimas tus negativas. Un no a tiempo puede evitarte muchos quebraderos de cabeza. Sin culpas y sin miedo.

4. Usa el sentido del humor cuando creas que la discusión está yendo por derroteros que no te beneficia.

5. Si no te sientes con fuerza, aplaza la discusión. A veces, no estamos inspirados o somos incapaces de formular con claridad nuestros argumentos por claros o evidentes que nos parezcan. Ganar algo de tiempo para tratar de estructurar el discurso puede ayudarte a defenderlo con más seguridad.