Mientras hay personas a las que bajar de peso les supone sudor, lágrimas y otras calamidades y pagan cara cualquier concesión en la dieta, otras conservan su esbelta apariencia aún y disfrutar de todo tipo de alimentos ricos en azúcar o grasas. De estas últimas, solemos destacar la virtud de su rápido metabolismo, como si esta función fuera puro destino: el de unas, es lento, y el de otras –suertudas–, raudo y veloz.

No obstante, ¿qué significa exactamente? ¿hay alguna forma de acelerar el metabolismo? El denominado metabolismo basal es la cantidad de energía que una persona necesita para llevar a cabo las funciones del organismo. No hay sustento científico respecto a que pueda acelerarse o ralentizarse, pero sí que lo hay en torno a qué hábitos deben desecharse para reconciliarse con la báscula.


Pasar hambre. Deshazte del falso mito de que cuanto menos comas, más peso perderás. Saltarse comidas como la cena o el desayuno es una de las peores costumbres que puedes adoptar si quieres adelgazar. Es lo que explica al detalle la química y experta en un nutrición Ángela Quintas en Adelgaza para siempre (Planeta), donde apunta que esta costumbre altera los niveles de glucosa en sangre, dando lugar a picos glucémicos, que en última instancia pueden provocar que nuestro apetito se desborde y acabemos claudicando ante alimentos calóricos frente a otros más saludables.
 

Comer a base de verduras, frutas o zumos. Los zumos o smoothies verdes están de vicio y te cargan las pilas, pero olvida basar tu dieta en estos brebajes, así como tan solo en vegetales enteros, sin incluir proteínas en la alimentación diaria. Quintas señala que aunque se trata de alimentos saludables y que aportan energía rápidamente, la alimentación no puede basarse en ellos ya que son muy poco saciantes y pueden alterar los niveles de glucosa en sangre. Una buena opción es optar por preparar tus comidas y cenas teniendo en cuenta aquellos alimentos que van a ser un revulsvio para tu metabolismo.
 

Dormir menos de 8 horas. Pasar la noche dando tumbos en la cama te deja ojerosa y con humor de perros al día siguiente, pero sacrificar las horas de sueño de forma habitual repercute además en el peso. Un mal descanso y sensación de hambre van de la mano, tal y como confirman numerosos estudios. No dormir lleva a comer más y reduce la respuesta a la insulina, con lo que quemamos menos grasa.


Practicar solo ejercicio cardiovascular. Partiendo de la base de que cada una tiene que realizar el ejercicio físico que se adapte a sus necesidades, lo cierto es que es mejor no descuidar la tonificación. Por un lado nos ayudará a definir la silueta, pero además –pese a creer que el cardio es la mejor vía para perder peso– ejercicios como las pesas provocan que nuestro organismo se mantenga activo y queme calorías aún después de la actividad, ya que necesita recuperarse.


Hacer dieta a corto plazo. La campaña por la operación bikini es voraz y son muchos los estímulos que te aseverarán que es posible estar echa un figurín en dos semanas o menos. Y puede incluso que lo consigas probando la última dieta milagro. Pero avisamos de que al abandonarla y sufrir el temido efecto rebote la tristeza puede ser mayúscula. En lugar de ponerte a dieta porque toca, adoptar hábitos de alimentación saludable es lo que te dará la victoria definitiva: mantenerte en un peso adecuado y, además, prevenir enfermedades.


No masticar (bien) la comida. Sin engullir, saboreando y triturando bien cada bocado contribuyes a aumentar la sensación de saciedad, facilitar la digestión y favorecer la absorción de nutrientes. Estos son algunos de los motivos que hacen que masticar bien los alimentos –al menos 30 veces– sea uno de los hábitos que siguen a rajatabla en Japón, el país con más habitantes longevos del mundo y con una dieta muy baja en grasas.