La felicidad es un aspecto curioso del ser, cuando una persona es feliz no sólo no se da cuenta de que lo es, sino que además no le da la más absoluta importancia, pero cuando no lo es, no hay nada que le llene, ninguna experiencia que le motive y definitivamente, nada de lo que logre en la vida le traerá satisfacción hasta que su base de felicidad no esté bien nutrida.

Hablo muy a menudo de la felicidad, pienso mucho en qué es, escribo sobre cómo alcanzarla y sobre qué debemos cambiar en nuestra vida para llegar a ella, pero sobre todo mantengo muchas conversaciones con gente muy distinta sobre este tema y eso me permite ahondar cada vez más en el concepto. ¡Esto es, sin duda, una de las mejores cosas que me trae trabajar en redes sociales!

Ya hemos hablado en otras ocasiones sobre la felicidad, sin ir muy lejos en agosto salió el tema y comentamos la necesidad de tener en cuenta tres aspectos fundamentales si se quería llegar a ser feliz. Hoy quiero añadir un anexo a ese artículo y hacer hincapié en la importancia de trabajar la aceptación para que esa felicidad de consigas sea fuerte y estable. ¡Nadie quiere una felicidad que se desvanece a la primera de cambio!

Imagina que te pones manos a la obra y, con mucho esfuerzo, logras estar tranquila y feliz por unos días. Todo parece ir viento en popa, has simplificado tu vida, tienes tiempo para ti y para tu familia, estás comiendo más sano, eres más activa y parece que todo está perfectamente organizado.

Ahora imagina que una mañana pierdes el autobús y llegas tarde a la oficina. Como todo va genial, no te importa mucho y te pones a trabajar, pero la vida te tiene preparado un día súper interesante en el que te fijan dos reuniones que no tenías previstas, te das cuenta de que se te ha olvidado hacer algo que era muy urgente –y para hoy– y, además, se te abre el tupper en la bolsa y te quedas sin comida y oliendo a lentejas.

Tu humor empieza a cambiar y te preguntas a qué viene todo esto ahora, ¡si todo iba tan bien! Pero aquí no acaba todo. Imagina que llegas a casa y ¿por qué no? Has recibido una multa y no encuentras tu cartera por ninguna parte.


«¿Qué he hecho yo para merecer esto?»

Aunque parezca catastrófico, este ejemplo es algo muy normal que puede ocurrir en cualquier momento y que, probablemente, ya te habrá pasado. Me gustaría que te imaginaras de verdad en esa situación, con la nube negra encima, la irá a punto de desbordarte y con una casa que limpiar y una cena que preparar.

En ese momento debes sacar tus mejores dotes de mindfulness, detener los pensamientos que están metiéndote en esa espiral decadente y centrarte en tu respiración. Estás ahí, dentro de tu cuerpo, estás viva, todo ha ido mal, pero todo ha ido.

Tienes la capacidad de responder a la realidad, quizás tardarás más en hacer tus labores, pero las harás, quizás deberás organizarte mejor al día siguiente en la oficina, pero lo podrás hacer, quizás tendrás que hacer un gran esfuerzo para pagar la multa, pero lograrás pagarla. Es tan fácil aceptar y permitir que sea lo que tiene que ser, ¡que nos parece mal hacerlo!

¿De qué te sirve luchar contra la realidad en ese momento? ¿Va a retroceder el tiempo al momento en que el tupper aun no se ha roto? ¿Tu enfado va a hacer que la multa desaparezca? ¿Va a terminar antes el horrible día que estás teniendo? No.

Pero sí te voy a decir lo que está ocurriendo. Estás gastando energía espiritual en un enfado que no te va a ayudar a resolver tus problemas, estás permitiendo que el estrés se apodere de ti y el agotamiento al final del día será mayor, estás perdiendo un tiempo muy valioso que podrías invertir y buscar soluciones al tupper roto, la limpieza, la multa y el problema en la oficina. Y, a mi juicio lo peor de todo, vas a terminar pagando tu incapacidad de aceptar la realidad con la persona que menos tiene la culpa: tu pareja, tus hijos o tú misma.


Acepta

Acepta que por mucho que trabajes la felicidad habrá días regulares que no cumplan tus expectativas, que la felicidad es una actitud que debes mantener pese a que haya cosas que no te gusten y, definitivamente, que habrás de aceptar lo que ocurra porque no va a ocurrir de otra forma.

La realidad no te va a preguntar cómo quieres que se vista, se vestirá y si es de tu agrado genial, pero si no lo es, tendrás que aceptar su estilo y respetarlo. Seguro que al día siguiente te sorprende con un magnífico conjunto de camiseta blanca y vaquero, pero si hoy has de aguantar el rosa con rojo, ¡pues es lo que hay!

Acepta, es todo lo que puedo decirte.

Hace unas semanas publiqué unos cuantos post en mi Instagram, @spiritualwoman, sobre la aceptación y la frase que más se repitió en comentarios y mensajes privados fue «yo eso de la aceptación lo llevo mal». Yo, –como no podía ser de otro modo–, me dediqué a contestar «acepta tus limitaciones, acepta que no se te da bien aceptar y trabaja la aceptación desde este momento». Aceptar no es fácil, pero todos tus esfuerzos por ser feliz pueden quedar en nada si no cumples con este requisito sine qua non: la aceptación.