Alguien me dijo que el amor era lo más bonito del mundo”. Y prosiguió: “Esperé a que llegara mi príncipe azul, pero solo venían sapos. Quería a alguien guapo, a alguien fuerte, a alguien que me proporcionara seguridad. Busqué a un príncipe azul, como los de las películas. A alguien romántico y divertido. Buscaba a alguien bello y dejé pasar a alguien bueno. Alguien me dijo que cuando apareciera mi media naranja la reconocería al instante y ese momento al fin llegó.

Era alto, guapo y fornido. Todo el mundo lo miraba y yo también lo miré. A él le gustaba que lo mirasen. Se sentía fuerte, se sentía superior. Era más que los demás. Confundí su ego con su valor, confundí mi admiración con el amor, confundí una protección aparente con la dominación. Intenté cubrir mis carencias con él. Pero, ¿realmente tenía carencias que cubrir? Entonces sí que lo creía, sí que me lo hacía creer. Alguien me dijo que tenía que ganarme su amor, que hiciera todo lo que él deseara, que renunciara a mi misma para entregarme al amor, que a partir de ahora él sería mi amor y mi razón de ser.

Renuncié a todo por él, a mis amigas, a mis estudios, a comer... Tenía que estar a su altura, tenía que poder enseñarme a sus amigos, tenía que estar a su servicio. Él era tan importante, su trabajo era tan importante... Alguien me dijo que cuando las cosas van mal suele ser culpa de una misma, que me tenía que esforzar más, que tenía que aguantar y recordar que el matrimonio era una unión eterna. Me dijeron que no hay nada que un hijo no arregle y un hijo tuve. Lo tuve yo sola, lo crié yo sola, él era tan importante... Alguien me dijo que cuando te centras en tus hijos tu pareja tiene una crisis y suele buscar fuera lo que no tiene dentro. No fui capaz de estar a su altura. Buscó a otra persona. Alguien me dijo que era comprensible.

Quizás no me esforcé lo suficiente. Tenía que ser capaz. Todo el mundo es capaz de hacerlo. ¿Por qué yo no? Me dijeron tantas cosas... Pero nadie me dijo en qué consistía realmente el amor. Nadie me dijo que tenía que confiar en mi criterio y ganar en seguridad. Nadie me dijo que el amor es una relación libre basada en la confianza, el respeto y la comunicación. Nadie me dijo que no podía buscar a una pareja que cubriera mis carencias ni que lo más importante era que primero me quisiera yo misma para luego poder querer en libertad.

Nadie me dijo que todos somos igual de importantes y que nadie está por encima del otro. Nadie me dijo que cada noche teníamos que hablar y que ambos teníamos que querer querernos. Nadie me dijo que confundimos el amor con la pasión y que tras conocer nuestros cuerpos y nuestras almas, debíamos abrir la puerta a un amor más racional. Nadie me dijo que el amor se construye a diario y solo funciona si ambas partes aportan lo mejor. Nadie me dijo que el amor requiere de comprensión y de creatividad y que el día a día solo cambia si yo hago algo para cambiarlo.

Nadie me dijo que lo dejara, que había estado muchos años sufriendo sin sentido, que por fin conseguí ver que él no era lo que quería y que no tenía por qué renunciar a mi vida. Intenté reconducir la situación pero no se puede cuando nunca estuvo enderezado. Nunca existió el amor, tan solo admiración e inseguridad. Pero todo eso ya terminó. Fui valiente… Tuve miedo… Pero tuve más valor… Gané en perspectiva y tomé una decisión, pasé a la acción. Entonces alguien me dijo que el amor estaba sobrevalorado, que todos los hombres eran iguales y que era mejor estar sola que mal acompañada. Dicen tantas cosas que decidí dejar de hacer caso a lo que la gente dice.