Taquicardia, sensación de falta de aire, inestabilidad, visión borrosa, nudo en el estómago o en la garganta, ese típico torrente de pensamientos pesimistas o fatalistas, la sensación de pérdida de control, el miedo creciente y el deseo de huir son los síntomas usuales en la persona ansiosa, es decir, los avisos o las soluciones habituales que el inconsciente crea para responder a unas amenazas que solo él intuye.

“Nada me calma”, “me va a dar algo”, “me caigo” o, incluso, “voy a morirme” son las expresiones más comunes que usan las víctimas de la ansiedad. Cuando éstas viven una crisis, los síntomas o la alteración surgen sin la existencia de un motivo real y sin saber cómo contrarrestarlos, lo que asusta sobremanera y llena de inseguridad. Sin embargo, aun no teniendo una explicación lógica, aun no existiendo motivo para la agitación, la ansiedad es del todo “coherente” porque responde al archivo de los recuerdos emocionales de cada uno y que solo el propio inconsciente guarda celosamente.

No es racional, pero goza de una completa coherencia personal. La ansiedad se aprende y fija en la mente durante la infancia debido a una mala gestión del miedo (padres autoritarios, discusiones, agresiones o adicciones vividas en casa) o a la adquisición de actitudes copiadas de los mayores. Los temores reiterados en la infancia dejan usualmente una marca emocional para el futuro, por eso decimos que la ansiedad es una respuesta infantil a un problema adulto, es decir, que toda situación ansiosa del “ahora”, ha sido percibida como amenaza, por la conexión que tiene con “aquella” vivencia infantil aprendida como peligrosa.

La ansiedad de hoy es un “eco” emocional de un temor antiguo, por eso se diría que una situación dura vivida por una persona adulta no crearía la ansiedad, sino que “extraería” la que latentemente se poseía. Perder el trabajo es ansioso si de niño se aprendió a temer el fracaso o por la presión que ejercían al respecto los padres; una relación afectiva adulta puede ser ansiosa si en la infancia hubo miedo al abandono y podemos incluso encontrar los cimientos de la hipocondría en una exagerada preocupación familiar por la salud.

Al margen de las raíces, hay tres tipos básicos de trastorno ansioso: la ansiedad generalizada o alteración más o menos constante; la crisis de angustia (ataque de pánico) o el disparo agudo de síntomas de intensidad muy elevada y, por último, la fobia o agitación ansiosa por una situación u objeto de variada intensidad sintomatológica, como por ejemplo la claustrofobia o malestar en los espacios cerrados, la fobia social, la agorafobia o la desprotección ante lo no familiar, etc.

En la práctica, los tres tipos están mezclados. Si bien el tratamiento farmacológico es en ocasiones efectivo, la realidad indica que no es resolutivo en la mayoría; en cambio, la combinación de la medicación con una psicoterapia específica sí es eficaz porque solo mediante el logro del cambio de pensamiento (o reestructuración cognitiva) se consigue el reequilibrio psíquico: una perspectiva realista para volver a recuperar la libertad y la autonomía perdidas.

Domènec se libra del estrés con sus tres erres: relativizando los problemas (apenas nada es trascendente); racionalizándolos con posibles soluciones y aplicando realismo porque “cuando no podemos pasar página, es mejor dejar el libro”.