El consumo de psicofármacos como el Prozac se ha multiplicado en un 200% en 15 años en nuestro país. Sin embargo no ha aumentado a la misma velocidad el conocimiento acerca de estos fármacos y de los trastornos de salud mental para los que estos medicamentos han supuesto un avance fundamental.

Una de cada cinco personas padece depresión en nuestro país, que en un 40% de los casos puede solucionarse con medicación. En otros casos, es necesaria una combinación de tratamientos con mecanismos de acción diferentes y en los más severos se puede recurrir al electroshock. Esta enfermedad mental, que en 2030 se convertirá en la primera causa de discapacidad en el mundo, según la OMS, sigue siendo en algunos casos, normalmente cuando más grave es, “lo innombrable”. En otros, la palabra se ha vapuleado tanto que puede hacer que se recurra a ella cuando a lo que nos queremos referir es a la tristeza, el tan común “estoy depre”, con el que estamos banalizando este trastorno. Del mismo modo, el tratamiento con antidepresivos en ocasiones está rodeado de cierto estigma, aunque también es un terreno abonado a las contradicciones: Por un lado, hay quienes miran de reojo a las personas que recurren a ellos por indicación de un profesional sanitario, como si no fueran capaces de salir a flote por sus propios medios; por otro, hay quienes entienden que si a un conocido le han ido bien pueden servir también para lo suyo.

Aumento exponencial

En España, en 15 años, la prescripción de antidepresivos se ha multiplicado en un 200%, siendo el consumo en las mujeres el doble que en los hombres, lo que viene justificado por la mayor prevalencia de la enfermedad en el sector femenino de la población: 14,4% frente a 6,2%, según la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS). José Ramón Pagés, coordinador nacional de la Fundación ANAED, remarca, además, que en un 80% de los casos puede no estar diagnosticada, con lo que estos porcentajes casi se duplicarían. Sea como sea, los distintos profesionales coinciden en el crecimiento exponencial del consumo de antidepresivos en nuestro país, “exageradísimo”, en palabras del doctor Jerónimo Sáiz, catedrático de la Universidad de Alcalá de Henares y jefe del servicio de psiquiatría del Hospital Ramón y Cajal de Madrid. ¿A qué obedece? ¿Nos estamos confundiendo con ellos, viéndolos como clave para nuestro bienestar?

¿Son las píldoras de la felicidad?

Sí y no. “En depresiones con entidad clínica los antidepresivos tienen un valor incalculable. Son como las muletas para caminar, pero hace falta un abordaje más amplio”, subraya la psicóloga Marta Arasanz. “Además, muchas veces se mete bajo la etiqueta de depresión la tristeza pura y dura, por lo que se está sobremedicando, en parte porque vivimos en una sociedad que no admite ese tipo de emociones”, abunda. La doctora Mari Fe Bravo, del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario La Paz de Madrid, coincide: “ Si bien los antidepresivos suponen una revolución en los años 50 y permiten cambiar mucho el tratamiento y la resolución de los cuadros de depresión de diferente intensidad, de moderada a grave, abren una ventana terapéutica muy importante y se convierten en un componente esencial del paquete del tratamiento, este debe combinarse con otros, como la psicoterapia, y tenemos que reconocer que hemos estado recurriendo a estos psicofármacos ante emociones negativas, de tristeza, ante circunstancias de la vida, cuando no debería haber sido la indicación principal”. Para la doctora Bravo es importante discriminar estos episodios frente a momentos difíciles porque según la investigación “no está claro que los antidepresivos sean una repuesta eficaz en estos cuadros adaptativos frente a los problemas de la vida”. En muchos casos, la prescripción también ha venido marcada por las circunstancias. Entre ellas, una fundamental: la escasa disponibilidad de tiempo en la consulta. “El 30% de los antidepresivos los recetan los médicos de familia, en parte porque los pacientes se niegan a ir a un psiquiatra, les parecen palabras mayores. También, porque hay pocos centros de salud mental y están saturados”, aclara la doctora. Los psiquiatras solo son responsables, en realidad, del 17% de los tratamientos con psicofármacos, destaca el presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría, Julio Bobes. El resto recae en médicos de familia, sí, pero también en otros médicos, “del otorrino al cirujano, pasando por el cardiólogo”. “Aun así –asevera–, cada día los pacientes ansiosos y depresivos suponen un 50% de la jornada de trabajo de un psiquiatra. La pauta, ante aquellos leves o moderados, son las fórmulas psicoterapéuticas, pero en aquellos más graves es necesario el tratamiento biológico”.

pastillas

Otros factores

Algunos factores del incremento del consumo de antidepresivos son sociales –la necesidad de huir de la tristeza– y otros, sanitarios –la falta de tiempo, de coordinación entre atención primaria y clínicos y, en definitiva, la falta de profesionales, también de psicólogos en los centros de salud mental, pues mientras que en otro países hay el doble de psicólogos que de psiquiatras, en nuestro país es a la inversa–. Pero también, en parte, ha contribuido la evolución de estos medicamentos con el paso del tiempo. “Los primeros, los tricíclicos, como el Tofranil, eran muy eficaces, tanto como los que vinieron después, pero cuando se tomaban en dosis terapéuticas generaban efectos secundarios relevantes (sequedad de boca, estreñimiento, sedación…), lo que provocaba más reticencias en el paciente y en el profesional, te lo pensabas más”, señala la doctora Bravo. A finales de los 80, con la llegada de los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (familia del Prozac), esto cambió. A esto se suma que un antidepresivo no siempre se prescribe en caso de depresión, su campo de acción es mucho más amplio: “Ansiedad, estrés postraumático, crisis de angustia, trastorno obsesivo compulsivo o fóbico” son otros casos en que se suelen incluir en el programa de tratamiento, explica la especialista.

Variedad de medicamentos

El abanico de la opción farmacológica es hoy en día muy amplio. El doctor Sáiz considera, además, que “el uso del test de farmacogenética nos abre un importante camino que recorrer para afinar mejor, aunque los análisis no están todavía muy difundidos, no son baratos ni están a disposición de todos los médicos”. Por lo demás, entiende que los medicamentos de amplio espectro, de la familia del Prozac, son los principales responsables del crecimiento exponencial del consumo: “Son muy conocidos, no son peligrosos, tienen una buena tolerancia y un margen de uso bastante amplio”. Serían las pastillas más socorridas en la consulta del médico de atención primaria. “Entre los psiquiatras, en cambio, en casos más graves a veces debemos recurrir a una combinación de antidepresivos, dosis más altas, o incluso a los primeros antidepresivos, pese a los efectos secundarios que tienen”, señala el doctor.

¿Depresión o tristeza?

Los antidepresivos han mejorado enormemente su tolerancia y aumentado su campo de acción, pero el principal debate sobre la mesa es si se está medicalizando en exceso, si se está tratando como depresión lo que es tristeza. Quien ha padecido la primera tiene muy clara la línea que las separa. La primera supone un sufrimiento devastador, incapacidad de sentir placer, intolerancia al estrés y al dolor, alteración de los ritmos circadianos del sueño, disfunción cognitiva, además de culpa y negación. “La sintomatología es muy amplia, no es solo el estado emocional de bajada, son también los trastornos de memoria, la incapacidad de concentrarse…”, señala Arasanz. Pagés echa en falta más información en la sociedad: “Depresión no equivale solo a no querer levantarse de la cama, estar inapetente... Puede suponer no ser capaz de hacer la lista de la compra, de solucionar un problema, huir de ellos… En el caso de los hombres de mediana edad puede traducirse en un constante mal humor, en estar enfadados con la vida, en no saber o qué les pasa”.

Contra el tabú

Considera el coordinador de la Fundación ANAED que sobre esta enfermedad persiste el tabú social sobre quien la padece: “En una encuesta a 1.700 familias descubrimos que se sigue ocultando como enfermedad no deseada, que avergüenza, como si equivaliera a debilidad o locura”. Nel A. González, presidente de la confederación Salud Mental España, que engloba a 300 asociaciones, insiste en extender este conocimiento no solo a la enfermedad, sino a los medios para combatirla: “Los fármacos pueden estar bien, pero es importante dar con la razón por la que se llega a esa situación vital en que se padece una depresión. De eso también hay que hablar, de cómo la sociedad puede llevar a la gente a un callejón muy estrecho, puede poner en jaque el equilibrio de las personas. Hay casos en que es importante el apoyo de la química, pero siempre lo es saber por qué se está así, y que existen soluciones complementarias. Deberíamos fijarnos más en el bienestar, en la salud mental desde una óptica más amplia, porque a veces estamos cayendo en un bucle: malestar-depresión- consumo-cronificación”. Para González, hay otras patas del tratamiento de la depresión que no se deben menospreciar, como los grupos de apoyo: “Verbalizar entre iguales, escuchando también sus testimonios y siempre con la tutela de un profesional resulta de por sí terapéutico”