Son sólo dos letras pero a menudo resultan tan difíciles de pronunciar que en vez de decir un sonoro 'no', como nos apetecería, decimos un 'sí' de compromiso que inmediatamente nos hace sentir mal con nosotros mismos y resentidos con aquel o aquella que nos ha puesto en esa difícil tesitura. Pero, ¿por qué nos cuesta tanto decir 'no'?

A menudo, inconscientemente, no nos atrevemos a decir 'no' por el miedo a que el otro deje de tenernos estima si no nos plegamos a sus deseos, ya sea acompañarlo a una fiesta ?aunque hayamos tenido un día muy largo en el trabajo y lo único que queramos sea darnos un baño caliente y quedarnos en casa- o hacerle algún tipo de favor que no nos parece necesario y nos inoportuna, pero al que somos incapaces de negarnos.

El problema, por supuesto, no está en querer ayudar a los demás ni en ser generosos con nuestro tiempo, el problema surge cuando por sistema ponemos las necesidades de los demás por encima de las nuestras. Así pues, si podemos ayudar al otro, perfecto, y si nos apetece lo que nos propone, ¡adelante!, pero, si por el motivo que sea, no podemos o ese día no nos va bien en absoluto, tenemos derecho a decir sencillamente 'no'. De hecho, el otro ya cuenta con que puede tener un 'no' por respuesta y si nos aprecia preferirá que hagamos lo que nos hace sentir bien en vez de obligarnos a hacer algo que no queremos o no nos va bien en ese momento.

Atreverse a decir 'no' es sencillamente ponernos a la misma altura que el otro y pensar que nuestras necesidades son tan importantes como las suyas y que por tanto tenemos derecho a negarnos sin que ello suponga un problema. Sólo desde ese punto de vista podremos valorar si realmente consideramos la necesidad del otro como algo más o menos urgente y cuando aceptemos sus proposiciones o sus demandas lo haremos porque realmente queremos hacerlo y no porque nos sintamos obligados.