Algo intuíamos pero la ciencia lo ha corroborado: los pequeños actos de amabilidad al azar ayudan a reducir el estrés. No se trata de ser Madre Teresa de Calcuta, pero sí de ser simpático, compasivo o servicial cuando la situación lo demanda.

Estos gestos de ciudadanía espontáneos, que pueden durar tan solo unos segundos como abrir la puerta a otros o ayudar a una mujer embarazada a cargar las bolsas de la compra en el coche, tienen un efecto boomerang: provocan una respuesta de amabilidad en los demás que se traduce en una placentera sensación en nuestro cerebro. Una bomba química sin efectos secundarios que mitiga nuestro estrés diario.

Es la conclusión de un estudio conjunto entre investigadores de las universidades de Yale y UCLA. “Nos ha sorprendido el impacto que los efectos de estos actos tienen sobre la valoración de las emociones al final del día. Tener un comportamiento prosocial hace que el estrés no tenga impacto negativo en la salud mental diaria”, explica la directora del estudio, Emily Ansell.
 

Como nadie está libre de tener un mal día tal vez sea el momento de plantearse esos pequeños actos de amabilidad al azar para no dejar que las malas vibraciones nos dominen. Estas son algunas de esas situaciones. Pero el cielo es el límite.
 

1. Sonríe. Sale involuntariamente cuando ayudas a otro –nadie tiende una mano con cara de perro–. Tu cerebro lo interpreta como un momento de bienestar y relajación. La sonrisa además es un billete de ida y vuelta. La gente es más amable cuando te diriges a ellos con una sonrisa. De pronto el mundo es menos hostil y tu vida parece menos negra, así que no te olvides de sonreír.
 

2. Comparte tu tiempo. Las interacciones sociales son una poderosa arma contra el estrés. El doctor Valentín Fuster señala que incluso pueden alargar la vida ya que proporcionan un aliciente agradable para vivir. A la vez atenúan el cortisol, la hormona del estrés, de efectos devastadores en el organismo. Ayuda a organizar las fiestas del colegio, apúntate como voluntaria en una recogida para el Banco de Alimentos, echa una mano a esa vecina anciana a cambiar las bombillas…
 

3. Elogia. No se trata de ser pelota pero reconocer las virtudes ajenas con sinceridad nos convierte en buenas personas. Si tu compañera lleva unos zapatos bonitos, díselo. Si le ha quedado bien el nuevo peinado, díselo. Si ha escrito un buen informe, también. Es lo que hacen los buenos entrenadores. Por eso Vicente del Bosque cae bien.
 

4. Escucha. A veces vamos tan aceleradas que nos cuesta pararnos. Dedica unos minutos a esa colega que te cuenta que ha tenido que llevar al veterinario a su gato, al de contabilidad cuando relata sus desventuras en el taller o a tu madre con sus problemas para instalar el wifi en el móvil. La misma paciencia que empleas con los demás te estará ayunado a calmarte. Y la agradecida respuesta ajena ejercerá de tirita en tus propias heridas. Es así, la gratitud hace nos hace más felices.
 

5. Participa. La de marketing invita a unas cañas en el bar al terminar la jornada. No te gusta la cerveza, estás a dieta y odias saltarte la clase de spinning. Quédate aunque solo sea un rato, brinda aunque sea con un refresco light y entona el cumpleaños feliz con el resto. Te sentirás arropada por el grupo. Y puede que te quedes hasta el final.
 

6. Ayuda. Es la más obvia pero no dejes de pasarla por alto. Cede el asiento a los mayores, ayuda a los niños a recuperar el balón que se ha quedado atrapado en un lugar inaccesible para ellos, indica a un invidente dónde está la puerta del metro, marca a ese turista dónde están los sitios que desea ver en el mapa… Cada día hay cientos de oportunidades para echar una mano.
 

7. Guarda silencio. Nuestro afán de protagonismo puede hacernos odiosos. Asume que hay gente que necesita sentirse segura para hablar en público, que necesitan su tiempo para participar. Puede que descubras que esa secretaria tan callada es en realidad una excelente jugadora de pádel, que casualmente es tu deporte favorito. Si solo escuchas tu voz, te pierdes las de los demás.