Tú ya te quieres, tienes autoestima: esa es la realidad. Cada vez que haces algo, lo haces bajo la firme e inconsciente convicción de que es bueno para ti, sino no lo harías. Cuando cometiste ese error que te parece imperdonable, lo hiciste porque era lo mejor para ti en ese momento, porque te aportaba algo que no tenías, porque te venía bien, porque prometía ser una buena decisión.

Es cierto, con el tiempo esa decisión se ha vuelto incompresible, quizás ridícula, pero no lo fue en el momento en que la tomaste; de hecho, aunque hoy parezca que actuaste así porque no te querías –si es el caso-, puedes tener la certeza de que lo hiciste queriéndote y desde la idea de que era bueno para ti, de que algo positivo sacabas de ello.

Es importante tener esto presente, porque hoy te traigo un ejercicio que he titulado «actúa como si ya tuvieras la autoestima alta» y no quisiera hablar en esos términos dejando abierta la idea de que no nos queremos.

Quizás te estés preguntando algo como «¿y qué pasa con todas esas veces que hablamos de tener la autoestima baja o mejorar nuestra autoestima?». ¡Pues pasa lo mismo! Solo que tratamos de ahorrar tiempo y no nos detenemos a explicar que la diferencia entre una autoestima alta y una baja no siempre está en si nos queremos o no. A veces la diferencia está en qué estamos considerando bueno para nosotras y por qué lo estamos considerando así.

¡Pero en eso hay demasiada tela que cortar! Solo quería hacer esa pequeña distinción y, además, preparar el terreno para lo que voy a decir a continuación: mi propuesta de hoy no es solo para quién no tiene la autoestima trabajada –a mí me gusta llamarlo así-, sino que puede probarla Raimundo y todo el mundo –no estoy segura de de dónde he sacado ese dicho-.

Pues bien, dicho esto, entro de lleno en el ejercicio.

¿Qué pasaría si actuaras como si…?

Te voy a invitar a coger papel y bolígrafo, y contestar por escrito las preguntas que vienen a continuación, pero también puedes hacerlo mentalmente si no tienes nada a mano. La única regla es no pasar a la siguiente pregunta sin haber dado respuesta a la anterior. ¡Empezamos!

  • ¿Cómo es tu autoestima en este momento?
  • ¿En qué te basas para creer eso?
  • ¿Qué piensas sobre ti en este sentido?
  • ¿Cómo actúas desde este pensamiento?
  • ¿Cómo te gustaría realmente actuar en tu relación contigo misma?
  • ¿Qué tendrías que pensar de ti para poder actuar así?
  • ¿Cuál sería la sensación óptima para ti en relación a tu autoestima?
  • Si esa sensación es un 10, ¿a cuánto estás de conseguirla?
  • ¿Qué pequeño paso puedes dar hoy para subir un punto?

Teniendo en cuenta que has contestado todas las preguntas –si no es así, ¡ponte con ello!- ahora tienes una visión más amplia de tu situación actual y de cómo te quieres sentir realmente. Incluso tienes alguna idea de por dónde puedes empezar a trabajar tu autoestima, ¿cuál es ese pequeño paso que puedes dar para subir un punto? ¿Y si quisieras subir dos?

¡Sigamos!

Has puntuado tu autoestima de una determinada forma, sabes cómo te sientes en ese lugar y cómo actúas. ¿Qué pasaría si en lugar de cambiar tus emociones aquí, cambias directamente tus acciones? ¿Qué pasaría comienzas a actuar desde hoy mismo como si tu autoestima estuviese muy sana?

Bien, vayamos con la segunda parte del ejercicio:

  • Haz una lista de las cosas que harías si tuvieras una autoestima sana y trabajada.

Cada una de nosotras elaborará listas muy diferentes. Algunas lo relacionamos más con la confianza a nivel profesional, otras con el aspecto físico, otras con una comunicación más asertiva… Pregúntate cómo actuarías tú si tuvieras una autoestima de 10 –no quiero dar ejemplos para no condicionarte-.

  • ¿Hay algo de esa lista que puedas empezar a hacer hoy mismo?
  • Piensa con detenimiento, ¿qué te impide realmente comportarte así?
  • ¿Qué necesitas para hacer las cosas que no puedes hacer desde este momento?
  • ¿Cómo vas a conseguirlo?
  • ¿Qué crees que pasará cuando empieces a actuar de esta nueva forma?

Este ejercicio es muy poderoso, aunque obviamente no siempre da los mismos resultados, ni provoca las mismas reacciones ni resulta siempre igual de esclarecedor. En los procesos de coaching que versan sobre este tema, he tenido oportunidad de practicarlo –con modificaciones, claro- y no deja indiferente a nadie, ¡pero tú dime! ¿Qué has extraído de estas preguntas?

Y además…

Y además de este ejercicio, no quiero dejar pasar la oportunidad de hacerte tres recomendaciones, por si van contigo, te animas y llegan a serte útiles.

1. Déjate acompañar en un proceso de ayuda. Si me lees habitualmente, debes estar cansada de este consejo –lo recomiendo por todas partes-, pero es que no sabes el cambio que yo he vivido gracias a estos procesos y los cambios que veo en mis clientes.

Cuando estamos inmersos en el problema, tenemos el problema demasiado cerca y no atinamos a ver ninguna de las mil salidas que hay, sin embargo, cuando nos dejamos acompañar, nos alejamos un poco y lo vemos desde otra perspectiva, ¡todo es diferente!

2. Dedícate tiempo cada día. «¿Qué tiempo?» habrás pensado. ¡Tiempo! Por mínimo o extraño que sea, tiempo. ¿Hay algún momento del día en que estés sola? ¡Pues ese tiempo! El trayecto al trabajo, la ducha, el paseo a por el pan, algún rato en casa o en la oficina al final del día. Dedícate ese tiempo.

¿Cómo? Toma la decisión consciente de que ese ratito sea para ti y decide conscientemente qué vas a hacer con él: puedes escribir un diario, escuchar un podcast que te guste, disfrutar del olor de nuevos aceites, practicar meditación durante 10 minutos, ¡lo que sea!

La idea es que seas consciente de que te quieres y que por ese motivo te estás dedicando un rato especial, en la medida en que tu rutina te lo permite, ¿cómo lo ves?

3. ¡Ojo a tu corporalidad! ¿Has pensado alguna vez la repercusión que puede tener tu postura en tu estado de ánimo? Trata de revisar cómo te sientas, cómo andas y qué posición adopta tu cabeza la mayoría del tiempo, ¿honras tu propio tamaño o te haces pequeña en cuanto te descuidas?

Personalmente, soy malísima en esto de la postura, pero es algo que intento trabajar siempre que me doy cuenta. Nuestra postura envía mensajes, no solo al exterior, sino también a nuestro mundo interior. Nos invita a sentirnos de una manera u otra. ¡Haz la prueba! Encórvate y dime cómo te sientes, y acto seguido endereza tu columna, levanta tu barbilla y dime cómo te sientes ahora. ¡No me digas que no es fuerte!

¡Bien! Como te decía al principio, tú ya te quieres, lo que pasa es que a lo mejor no te quieres como te gustaría quererte, ¡pero para eso está tu consciencia! Para enviarte el mensaje de que hay cosas que trabajar y poder ponerte a ello.

Si haces este ejercicio, ¡me encantaría que me contaras cómo te ha ido! Ya sabes que puedes encontrarme en Instagram como @spiritualwoman, ¡nos vemos por allí!