Leo en internet el significado de autocomplacencia y, además de constatar que es un “sentimiento de satisfacción por la propia condición o manera de ser ”, descubro una frase que dice: “el hombre renacentista persiguió más que la virtud su propia autocomplacencia”. Y es que la satisfacción personal no tiene precio. Aunque, a veces, dependiendo de la medida, conduce a dejar las cosas estancadas. Tanto es así, que hay quien piensa que la autocomplacencia no permite el crecimiento, que valla las expectativas y las deja reducidas a un mínimo campo de acción.  

Nuestro empresario más singular y exitoso, Amancio Ortega, entre sus contadas y siempre breves declaraciones tiene una que no deja lugar a la duda: “lo peor es la autocomplacencia. En esta compañía nunca nos hemos confiado. Yo nunca me quedaba contento con lo que hacía y siempre he tratado de inculcar esto mismo a todos los que me rodean”.  

El propio Steve Jobs consideraba también que la autocomplacencia es el puro infierno donde se queman las mejores ideas e incluso los más brillantes proyectos convertidos en realidad. Por eso, respecto a la carrera tecnológica dijo: “no es que Microsoft haya sido brillante o pillo a la hora de copiar el Mac, sino que el Mac se sentó en la autocomplacencia durante 10 años. Ese es el problema de Apple. La diferencia se ha evaporado.  

Pero, ¿dónde se encuentra ese término medio? ¿El que nos indica el punto justo en el que encontrarse satisfecha, pero siempre después de haber caminado lo suficiente, no para lograr la perfección, que no existe, pero sí la excelencia? Montesquieu afirmaba que “el hombre de talento es naturalmente inclinado a la crítica, porque ve más cosas que los otros hombres y las ve mejor”; pero también es cierto que la crítica a veces se convierte en un deporte doloroso; pero está claro que esa autocomplacencia que achica, que convierte las lentejas de tu madre en el único plato extraordinario del mundo, resulta especialmente dañina para la progresión del talento. 

Para algunos no solo está demasiado extendida y abrazada, sino que, además, es el germen de la mediocridad y de la prepotencia. El caldo de cultivo para la autoadulación. Esa falta de autocrítica, tan habitual por ejemplo en el seno de la política, conduce sin duda a un conformismo propio que incluso llega a convencer de que no existe nada mejor que uno mismo y jamás reconoce el error.  

No hay empresario que haga la forma de la cruz con los dedos y pronuncie un sonoro “vade retro” ante la autocomplacencia inmovilista que acaba por hacer desaparecer tantas empresas, confiadas en que con hacer las cosas bien es suficiente. No lo es. Hay que hacerlas bien, desde luego, pero además hay que mirar lo que sucede alrededor y renovarse constantemente para estar al día y para formar parte del propio progreso, en vez de verlo pasar a nuestro lado dejándonos atrás.  

En la vida casi todo está separado por finísimas líneas. Por eso es imprescindible saber que en una orilla está la autoestima, tan necesaria para la confianza en una misma y para poder ser resolutiva y, al otro, a escasos centímetros, esa autocomplacencia que nos convierte en fardos satisfechos. 

Mis recomendaciones

Hoy solo una: la marca Chanel, con el espíritu de su creadora, la brillante Coco, nunca podrá ser autocomplaciente. Por eso se renueva cada día, sin olvidar su pasado. La última prueba una fragancia: Boy. El apelativo del único hombre a quien amó la diseñadora. Un perfume distinto. Inolvidable.