Con el calor aumenta el riesgo de sufrir deshidratación, un trastorno que se caracteriza por una pérdida excesiva o por una ingesta insuficiente de líquidos. Esta afección puede darse en cualquier persona, aunque lo cierto es que los bebés, los niños, los enfermos y los ancianos son mucho más propensos a deshidratarse que el resto.

El cuerpo humano está compuesto principalmente por agua, sustancia indispensable para el correcto funcionamiento de los órganos, para que la sangre fluya de forma adecuada y para que los músculos respondan a los estímulos, entre muchas otras acciones. Por eso, la falta de agua en el organismo puede acarrear graves consecuencias para la salud.

En condiciones normales, con los alimentos y las bebidas que ingerimos, la cantidad de agua que perdemos suele reponerse sin problemas. No obstante, cuando no es así, puede producirse una deshidratación. Para evitar sufrir una pérdida de líquidos excesiva, lo ideal es beber líquidos frecuentemente, incluso cuando no se tenga sed.

No sólo se debe beber agua. Para asegurar que se bebe más líquido del que el cuerpo pierde, también se pueden tomar zumos, soluciones isotónicas, infusiones, caldos o granizados. Permanecer en lugares frescos, a resguardo del sol, del calor y de la humedad, puede contribuir a mantener una temperatura corporal adecuada y evitar la deshidratación.