Todas las españolas deberíamos admirar a Clara Campoamor: gracias a ella, a su esfuerzo casi en solitario y a su propio sacrificio político, España fue en 1931 uno de los primeros países de Europa que concedió el voto a la mujer. (Por desdicha, la larga dictadura franquista cercenó ese sueño de libertad, aunque lo hizo tanto para las mujeres como para los hombres). Nada hacía presagiar cuando Clara nació en Madrid en 1888 que tendría una vida tan brillante: su madre era costurera y su padre, contable. Unos orígenes muy modestos que en aquel entonces era muy difícil superar. Y, para una mujer, casi imposible. Las cosas se complicaron aún más cuando perdió a su padre a los diez años. Enseguida tuvo que abandonar la escuela para ayudar a su madre en la costura y trabajar como dependienta, hasta que aprobó unas oposiciones de auxiliar en el cuerpo de Telégrafos. Una segunda oposición la convirtió en profesora de taquigrafía y mecanografía en las Escuelas de Adultas de Madrid. La mayor parte de las mujeres se habrían conformado con eso. Pero Clara Campoamor no era alguien común.

Extraordinaria

Su gran capacidad intelectual, su enorme energía y, también, un poderoso anhelo personal, la llevarían muy lejos: a los treinta y dos años, decidió recuperar los estudios interrumpidos tras la muerte de su padre. En solo dos años, y mientras trabajaba, hizo el bachiller, y en otros dos, la carrera de Derecho. Su hazaña era sin duda excepcional, y no solo por su premura, sino también porque fue la segunda mujer en ejercer la abogacía en Madrid. Era 1925, y España vivía en plena efervescencia política. Clara decidió participar activamente en los procesos de cambio que parecían imprescindibles para modernizar el país y, en concreto, luchar  por los derechos de las mujeres. Tras la proclamación de la República en 1931, se presentó a las elecciones por el Partido Radical y obtuvo un escaño. Solo otra mujer estaba presente en aquellas Cortes: Victoria Kent. La situación era tan absurda que habían podido legalmente ser elegidas, pero no habían podido votar, pues la ley se lo impedía. Enseguida surgió el debate sobre el sufragio femenino, activo por entonces en todo el mundo occidental. Las dificultades que Clara se encontró demuestran lo duro que es a veces obtener ciertos derechos que, con el paso del tiempo, parecen naturales: tuvo que enfrentarse a la mayor parte de los miembros de su propio partido y de la izquierda. En particular, a Victoria Kent, empeñada en defender el socialismo por encima de la falta de libertad de sus congéneres, que alegaba que el voto femenino terminaría con la República, pues las mujeres españolas estaban muy condicionadas por sus confesores. Tal vez por esto mismo, una parte de la derecha apoyó la propuesta de Clara Campoamor, y el sufragio femenino fue reconocido en la Constitución de 1931. Irónicamente, ese logro extraordinario supuso para ella el rechazo de buena parte de la izquierda.

Abandonada por su propio partido, vivió unos años de verdadero exilio interior en plena República, antes de huir de España durante la Guerra Civil. Hasta su muerte en 1972, a los 84 años, residió en París, Buenos Aires y Lausana, donde falleció. Se dedicó a escribir biografías y ensayos y a traducir y, finalmente, volvió al ejercer la abogacía en Suiza. Aunque muchos la culparon estúpidamente del fracaso de la izquierda, la valiente Clara Campoamor jamás se arrepintió de haber sido justa con todas las mujeres.

ILUSTRACIÓN: JUDIT GARCÍA-TALAVERA