Atracones, culpa, quilos de más, malestar y más comida. El sobrepeso y una relación de amor odio con los alimentos acompañan a las personas que sufren trastorno por atracón, una patología psiquiátrica prácticamente desconocida hasta hace pocos años. “Cuando vi los primeros casos no existía ni el ni nombre. Antes metíamos estos casos en el saco de la bulimia y lo llamábamos bulimia no purgativa, porque tras el atracón no había vómito. Ahora se conoce más, se sabe que no es una cuestión de falta de voluntad, sino un desequilibrio de la conducta alimentaria como lo son la anorexia o la bulimia”, cuenta Gema García, psicóloga especializada en trastornos alimentarios y obesidad y coordinadora del Centro TITCA de Valencia con una trayectoria de más de 12 años tratando a mujeres, y también hombres, que padecen estas enfermedades.

¿Hambre placer o algo más?

Comen para tapar sentimientos desagradables, lo hacen a escondidas, en solitario y, sobre todo, en cantidades ingentes. Miles de calorías en pocos minutos. Nadie negará que comer es placentero y se puede ser adicto a ese placer. “El problema es como lo vives. Si después de cenar te comes una onza de chocolate y no te sientes culpable, no pasa nada. No es un problema. Lo es cuando todo lo que comes entre horas te genera malestar, te obsesiona y te provoca vergüenza o un profundo sentimiento de culpabilidad”, especifica Gema García. Quienes padecen este trastorno no comen porque tengan hambre ni por apetencia por un determinado alimento, la comida es la respuesta a un estado emocional determinado. “Es importante el para qué se come. ¿Comemos porqué nos apetece o porque estamos tristes o nerviosos? ¿O comemos para premiarnos en casa tras haber tenido un mal día? Los alimentos no pueden ser el único premio que nos sabemos dar. Si ese es el único reforzador tenemos un problema”, apunta la psicóloga.

No eres tú, es la dieta

Comemos como vivimos. Cuando nuestra vida pasa por un periodo caótico también las comidas se desordenan. “Las personas con trastorno por atracón necesitan reestructurar las ingestas y su estilo de vida en general porque suele existir un desorden generalizado”, argumenta Gema García. El trabajo de los psicólogos especializados es buscar de nuevo el equilibrio y eso lleva tiempo y un trabajo multidisciplinar para cambiar de estilo de vida sin caer en dietas restrictivas de pérdida de peso. Precisamente las dietas pueden ser el origen de una relación tormentosa con la comida. Las personas con trastorno por atracón suelen ser adictas a las dietas. Desean probarlas todas, convencidas de que darán con la definitiva. Sin embargo, al no conseguir bajar de peso se sienten culpables y, como están hambrientas, compensan esa insatisfacción comiendo sin control. “Eso aumenta el estigma y la sensación de vergüenza y fracaso que sienten. Les tenemos que explicar que el problema no son ellos, es la dieta”, admite Gema García. Son pacientes con un historial de sobrepeso y obesidad que les obsesiona y, poco a poco, tienden a aislarse. “Han pasado por situaciones muy desagradables relacionadas con su aspecto exterior o con personas que les han hecho sentir que si no adelgazan es porque no quieren y porque no se esfuerzan. El trastorno por atracón empeora todavía más esta fragilidad. Es un círculo vicioso”, admite la psicóloga. Lourdes Domínguez, de 48 años, lleva toda la vida a dieta. “Cuando tienes un bajón y ganas peso, te hacen sentir mal. Son dietas falsamente milagrosas que solo consiguen que nos cueste más adelgazar. Ahora, en cambio, siento que me entienden. Saben que la comida está ligada con los sentimientos”, cuenta.

Pequeños grandes cambios

Una característica común de las personas con trastorno por atracón es una gran necesidad de aprobación por parte de su entorno para compensar una autoestima que suele estar por los suelos. “Son personas a quienes les cuesta decir que no, que no saben delegar y que asumen muchas cargas, tienden a cuidar a los demás y se olvidan de sus propias necesidades. En terapia les enseñamos a enfrentarse a sus debilidades sin pasar por la comida”, explica Gema García. Para Carmen Menéndez, de 42 años, además de la terapia psicológica, el mindfulness ha sido una herramienta clave en el tratamiento. “He aprendido a vivir y a disfrutar las cosas y a no ser una máquina de hacer cosas”, explica. “He aprendido a pararme y a delegar tanto en la oficina como en casa. Creía que podía con todo y al final, todo te puede a ti”, cuenta. “Ahora me paro, pienso, organizo una estrategia y, sobre todo, escucho y pido. Poco a poco, he aprendido a poner una barrera protectora para que ciertas cosas no me afecten. Me respeto y procuro que los demás también lo hagan. Me ha cambiado la vida”, resume.

A tiempo de evitarlo

Sin llegar al trastorno, no es raro que la comida compense ciertas emociones. A menudo, estrés, tristeza, soledad o como premio al final de un día difícil. Gema García aconseja buscar qué hay detrás. Si es estrés “sal a correr o a dar un paseo, practica meditación, delega y di no más a menudo”; si te sientes triste, “llora si lo necesitas, habla o escribe sobre cómo te sientes o pide a un abrazo a alguien cercano; si es para premiarte “prueba a darte algún mimo como un baño relajante o un masaje, ponte cómodo y escucha tu música. Relájate y disfruta sin comer”.