Durante años, se ha mantenido un enconado debate acerca de la lactancia materna: sus bondades, por encima de la leche de fórmula, como la mejor opción nutricional para los pequeños, el patrón de duración, etc. Sin embargo, en todos ellos había un punto ciego: la madre. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) lanzaron una recomendación conjunta para zanjar los primeros: mantener la lactancia exclusiva durante los seis primeros meses y complementaria hasta los dos años ayuda al desarrollo del pequeño. Pero, ¿debe la madre cuidar su alimentación para potenciar la calidad de su leche?

La dieta de la mujer durante la lactancia afecta a la cantidad y calidad de su leche, pero también a ella misma. Durante este periodo, la mujer destina la mayor parte de nutrientes que ingiere a la producción de leche materna, de forma que su demanda aumenta. Es precisamente por eso que los expertos recomiendan a las madres que adapten su alimentación en calidad y cantidad a la del niño para suplir el esfuerzo metabólico derivado de la lactancia.

La malnutrición de la madre es muy perjudicial para ambos. En el caso de la madre porque proporcionará el alimento a costa de sus reservas, lo que podría ocasionarle un deterioro notable de su estado de salud. En el del pequeño, para quien la leche materna cubre todos los requerimientos nutricionales, porque la cantidad de proteínas que ingiere de la leche puede verse afectada. Se sabe, por ejemplo, que la cantidad de ácidos grasos de la leche materna es proporcional a los que ingiere la mujer. Y algo parecido ocurre con los niveles de yodo, selenio y otras vitaminas del grupo B.

Sabe si el pequeño no está suficientemente bien alimentado, una de las mayores preocupaciones de las madres, especialmente de las primerizas, es sencillo. Sin necesidad (ni posibilidad) de hablar, es el bebé quien comunica a su madre que algo fall. Puede hacerlo a través del peso y la altura, cuando apenas aumentan es síntoma de que algo falla, e incluso a través del sueño. La inquietud durante el día o tener problemas para adquirir un ritmo de sueño también son malos presagios.