Mientras la admiración procura placer y, como mucho, el deseo de imitar aquello que nos deslumbra, la envidia es el sentimiento amargo de que alguien dispone de algo inmerecidamente. Muchas veces se trata de algo que desearíamos tener nosotros.

La admiración nos eleva y ennoblece, nos invita a ser mejores. La envidia, en cambio, envenena nuestra relaciones con los demás, a la vez que nos priva de valorar las cosas que tenemos.

Aunque la verdadera superación es mejorarse a uno mismo, no está de más tomar algunas medidas de sentido común cuando notamos que somos el objeto de la envidia de los demás, ya sea algún familiar, amigo o compañero de trabajo:

1. Entender que estas emociones negativas esconden una admiración mal canalizada, y que por lo tanto apuntan a valores personales.

2. Una recomendación es no exhibir nuestros logros y méritos frente a los envidiosos –esos que ya hemos identificado– para ahorrarnos sufrimiento y protegernos de sus rumores.

3. Seguir con nuestro camino, asumiendo que siempre habrá personas que no se alegren por nuestros logros. Como decía Oscar Wilde: «Cualquiera puede simpatizar con las penas de un amigo; simpatizar con sus éxitos requiere una naturaleza delicadísima».

Aprender a canalizar la envidia como el resto de emociones es el aprendizaje más importante que vamos a desarrollar. Elsa Punset en su libro Una mochila para el universo (Destino) nos desvela las claves de las herramientas esenciales con las que debemos contar.