Recientemente un periodista me preguntó: “Mila, si existiera una pastilla para la felicidad, ¿te la tomarías?”. Mi respuesta fue inmediata y rotunda: no. La felicidad es un concepto subjetivo y tiene un significado muy particular para cada uno de nosotros. Puede ser algo que nos ocurre, o el resultado satisfactorio de un esfuerzo previo o, mejor aún, una actitud ante la vida, que consiste en saber valorar y apreciar todas esas pequeñas cosas que nos ocurren o que somos capaces de generar a nuestra medida en cada momento: una compañía agradable, una comida exquisita, pequeños éxitos cotidianos y nada espectaculares…

Para ser felices, hay que querer ser feliz. ¿Cuántas personas conocemos, o quizás incluso nosotros mismos, a las que le suceden pequeñas y grandes cosas maravillosas y, sin embargo, siguen amargándose la vida porque nada les parece suficiente? Es imprescindible conocernos cada día mejor para saber qué es realmente lo que se adapta a nuestra naturaleza, hábitos y gustos. Tenemos que conocer también los contextos en los que nos encontramos en cada momento, y cómo tenemos que actuar en ellos: en algunos somos el rey o la reina; en otros somos peón; y a veces somos alfil o torre. Una disonancia entre quiénes somos y el contexto en el que nos encontramos suele generar bastante frustración, pero cuando la comprendemos y corregimos, puede ser fuente de inmenso bienestar.

La joya de la corona de la felicidad es, sin duda, la paciencia que, lejos de ser el equivalente a resignación, significa tener la actitud correcta mientras se espera a que ocurra un acontecimiento, y, por otro lado, consiste en actuar exactamente cuando la ocasión lo requiere, no cuando lo requerimos nosotros. El sentido del humor, la amabilidad, el descanso, el ejercicio, la buena alimentación, conforman una extraordinaria fundamentación donde se pueden levantar nuestros deseos más profundos. Gestionar nuestra vida, nuestras circunstancias, y nuestra felicidad es sin duda el juego en el que nos encontramos inmersos. Contamos con muchas herramientas dentro de nosotros con las que podemos diseñar y elaborar nuestra obra de arte personal. Pensar con un enfoque y enunciado correctos, identificar y gestionar adecuadamente las emociones, y actuar de manera reflexionada nos llevarán hasta el final de este viaje con la sensación de que mereció la pena.

Viaje, por cierto, que vivimos en la emoción y del que tenemos que hacer de la razón su copiloto perfecto. La felicidad no es una sonrisa boba en el momento inadecuado, ni un estado de nirvana permanente. Muchas veces, para ser felices, tenemos que pasar por momentos áridos que son sin duda imprescindibles para ese bienestar. La cara y la cruz de una misma moneda. De un talento que podemos multiplicar, siempre que estemos dispuestos a ello. La felicidad es un asunto individual, pero es cierto que somos exponencialmente mucho más felices cuando cuidamos la calidad de la relación con todo aquello que, y quienes, nos importan.

“Son muchas pequeñas y grandes cosas las que me hacen disfrutar: la bondad, la calma, los momentos con mis amigos y mis hijos; la compañía de mis perros, el mar, la música, un buen plato con una copa de buen vino, el buen humor...”