Pese a su mala fama el estrés no debería ser siempre el malo de la película. A fin de cuentas, no deja de ser una reacción natural del organismo que nos pone en alerta en situaciones de peligro y prepara los mecanismos necesarios por si hay que entrar en ataque o salir huyendo.

El pulso se acelera para llevar más sangre a las extremidades por si hay que correr o empuñar la lanza, sudamos más para refrigerar el cuerpo y se detienen las funciones no vitales en caso de urgencia (por ejemplo, la digestión). En casos extremos, el cuerpo se deshace del peso innecesario vaciando precipitadamente la vejiga o el intestino. Así correremos más ligeros.

El problema, es que en la vida normal no suele haber leones esperándonos a la salida del metro ni tenemos que empuñar una espada antes de ver al notario. Pero nuestro cuerpo no cambia el chip. Por eso nos sudan las manos, se nos seca la boca o se nos acelera el pulso antes de un examen. Y puede que segundos antes de entrar en el despacho del jefe para pedirle un aumento nos entre esa urgencia impepinable de encontrar un retrete.

Lo malo es cuando esa sensación de ir aceleradas se convierte en una constante. «El primero es el estrés episódico. Aparece de forma esporádica y es de corta duración. El segundo es el estrés crónico. Se produce por la repetición de diversos factores de forma prolongada. Y tiene consecuencias graves para nuestro organismo», explica Carmen Parrado, coach de la Asociación Española de Coaching (Asesco). Pero, el estrés también puede contemplarse como un aviso y usarse a nuestro favor.  «No se trata de atajar los síntomas con pastillas. Sino de ir a la causa. ¿Qué me está estresando? ¿Por qué me pasa esto? ¿Puedo llegar a controlarlo?».

El ser humano no solo aprende de sus errores. También se fortalece superando sus miedos y creando estrategias para ser más eficiente ante los enemigos. Ya sea aprendiendo a subir a los árboles para ponerse a salvo del león, optimizando el tiempo de trabajo para llegar a recoger a los niños al cole o cambiando la forma de presentar los proyectos para contentar al cliente.

El estrés nos indica dónde hay un peligro. O dónde se encuentra una debilidad nuestra, incluso sin que el otro se haya percatado (tu examinador no sabe qué temas has estudiado y cuáles no, pero, ¿a que te pones más nerviosa si no va bien preparado?). «Es el llamado eustrés –el estrés positivo–, el que nos sirve de estímulo para conseguir retos, que nos llena de energía para que nuestro desempeño sea óptimo y que nos orienta la atención con el enfoque y la concentración adecuada».

Esta reacción se produce ante una o varias de estas circunstancias: algo que implique novedad, algo que sea imprevisible, algo que provoque sensación de descontrol o algo que suponga una amenaza para la personalidad. «La reacción natural es el bloqueo, el ataque o la huida. La causa: el miedo. Cuanto mayor sea la amenaza que percibimos, mayor será la intensidad del miedo».

La clave está en trabajar para superar ese miedo. A veces, tocará hacernos más valientes (atrevernos a pedir un momento con el jefe para pedir ese aumento). Otras, mejorar nuestras estrategias (preparar más las presentaciones, mejorar el discurso, cuidar la comunicación no verbal…).  «A medida que vamos mejorando y aumentando nuestros recursos, el grado del miedo irá descendiendo. Aunque la amenaza siga siendo exactamente la misma, nuestra percepción cambiará y mejorará nuestra manera de plantarle cara. Podrás convertir esas amenazas en retos y tu capacidad de adaptabilidad crecerá notablemente». 

Es cuando cada vez que te enfrentas a un cliente te sientes más segura porque has aprendido a estructurar tu ponencia, notas que no te tiemblan las manos porque eres consciente de todo tu cuerpo y no tartamudeas porque tienes claro qué vas a decir y los has ensayado decenas de veces ante el espejo. Has aprendido a usar el estrés inicial como aliado. De paso, has evitado que se hiciera crónico.