Crecí en una época de abundancia. Un tiempo en el que nuestro país demostraba su progreso con unos juegos olímpicos espectaculares, se abría paso en la avanzada Europa y abrazaba con alegría los patrones de consumo y despilfarro de cualquier sociedad moderna. Delante de mi tazón de cereales una pantalla a todo color me mostraba, uno tras otro, cientos de anuncios estridentes enseñándome las virtudes del juguete de moda o las últimas rebajas de un centro comercial.

Durante toda mi infancia y adolescencia creí que ese nivel de consumo era lo normal e incluso lo deseable para una sociedad plena y feliz. Pero un día de 2011, coincidiendo con la peor época de la crisis económica, me topé por casualidad con un documental sobre el tema que despertó mi curiosidad.

En poco más de una hora entendí que el consumo es algo que ha existido desde los principios de la humanidad, mientras que el consumismo es una necesidad creada por otros para alimentar una máquina que siempre se queda con hambre. Un entramado que arrastra a su paso injusticias económicas, explotación laboral y problemas ambientales.

Gracias a ese chispazo, decidí que yo podía hacer algo. Así que eché el freno de mano y comencé a vivir con menos. Al principio, dejé radicalmente de comprar ropa nueva y empecé a adquirirla en tiendas de segunda mano. Más tarde, evalué mis verdaderas necesidades y reduje el número de prendas que ya poseía creando armarios cápsula para cada estación. Esto me llevó al más puro y duro minimalismo, que apliqué en casa reduciendo mis posesiones a aquellos objetos que realmente necesitaba o que me hacían disfrutar de verdad (mis fotografías familiares o mis libros favoritos).

A partir de ese momento también empecé a reducir mi consumo de residuos y comencé a comprar a granel y evitar los plásticos para minimizar mi huella en el planeta. Paralelamente abrí el blog Una Vida Simple, donde contaba mi experiencia, por si ésta podía servir de ayuda a otras personas que quisieran empezar a vivir de manera más sencilla.

¿Y sabes qué? En el proceso me di cuenta de que vivir con menos me hacía olvidar todo aquello que antes ocupaba mi mente y mi tiempo y que, en realidad, era insustancial para mi felicidad. Todo aquello relacionado con modas o estatus. Me di cuenta de que el must que anuncia la it-girl de turno o el último modelo de teléfono móvil eran objetos inútiles que no me aportaban nada aparte de un agujero en el bolsillo. Y también entendí que «lo quiero» no es igual que «lo necesito», y que detrás de un «lo necesito» casi siempre se esconde una gran mentira.

​Renunciar al consumismo me ha hecho ser más libre, ganar en seguridad y aumentar mi conocimiento de problemas globales de los que antes no conocía ni una milésima parte. Pero vivir con menos también ha provocado que sea consciente de mi privilegio, me ha regalado más tiempo para disfrutar de mi vida con lo que ya tengo y me ha hecho tomar conciencia de esos pequeños momentos que dejamos pasar por las prisas y el querer llegar a todo. En definitiva, vivir con menos me ha hecho más feliz. Y espero que tú lo pruebes… y puedas comprobarlo.