Realmente las apariencias engañan. No es que no lo supiéramos antes, pero dicha máxima, en el caso de Marta Robles, da como resultado un ejemplo escandaloso. La periodista y escritora estrena un libro tan personal como sorprendente. Hasta el punto de que en Haz lo que temas (Planeta), Robles nos habla de sus miedos sirviéndose como base de su principal confesión: es una persona tremendamente insegura. Su voluntad no es otra que compartir algo que le lleva acompañando (e incomodando, por decirlo suavemente) durante toda la vida. 

Parece increíble que una mujer como tú, con esa imagen y trayectoria, diga que es una persona tan insegura. 

Mi apariencia externa está totalmente rodeada de máscaras diversas y me he preocupado mucho de que no se me viese la inseguridad por ninguna parte. He vivido la inseguridad de una manera terrible y desde hace un tiempo sé convivir con ella, aunque no ha desaparecido... He escrito este libro porque sé que hay muchas personas que son tan inseguras como yo, que lo ocultan tanto como pueden y que lo sufren en silencio. 

En el libro dices que calzarte los tacones es una máscara que ayuda a sentirte más segura. ¿Alguna vez se te han caído las máscaras ante los demás? 

Suelo llevar la máscara bastante bien ajustada, pero sí me ha pasado en algún momento: me la he quitado delante de alguien pensando que no había peligro y me he llevado un tortazo. Y eso ha hecho ponerme, en vez de una máscara, dos. Porque las personas inseguras somos muy vulnerables. 

¿No te da miedo de que alguien te ataque por un libro tan personal?

Creo que cuando una se da cuenta de que no tiene la culpa de ser insegura; que la inseguridad tiene mucho que ver con cuestiones de la infancia o de la propia personalidad que no puede dominar; que no es un pecado ni un defecto mortal, y que lo acepta y lo dice en voz alta, la vulnerabilidad se reduce. Es posible que haya quien trate de hacerme daño porque siempre, por desgracia, hay personas alrededor nuestro mejores y peores. Pero ahora me siento más fuerte y más segura precisamente por muchas cosas que cuento. Por mi propia estabilidad sentimental y familiar; porque he aceptado mi inseguridad; porque ya sé que tengo que convivir con ella y que esto es lo que hay y que trato de buscar las soluciones dentro de mí en lugar de buscarlas fuera. A lo mejor me hacen daño, pero como a cualquiera... 

Tu padre fue muy distante contigo y nunca reconoció –ante ti– tus méritos. Sabe mal imaginarlo. 

La familia y la infancia te marcan considerablemente. En el caso de mi padre, lo siento mucho por él y por mí, lo he sufrido mucho, pero también lo he sufrido por él porque no tenía esa capacidad de protegerme. El recuerdo de mi padre me duele mucho. Me pasé la infancia, la adolescencia y casi la madurez buscando su aprobación, pero es bastante frecuente. Me he encontrado con gente muy brillante –creadores, pintores...– a los que les ha pasado lo mismo que a mí y para los que, al revés, encontrarse con una figura de esas características ha sido un acicate. Creo que a mí me ha servido para ser más cuidadosa con mis propios hijos. Pero sí es verdad que hay un punto de tristeza y que no lo pasé bien. Cuando no tienes esa protección en la infancia no desarrollas bien esas armas para poder relacionarte con el mundo. Así que lo que te sucede es que vas buscando la aprobación de todos, no solo la de tu padre... Cuando eso pasa te comparas con los demás y te sientes mal, y no sabes decir no. Dices que sí por si acaso no sea que no te quieran. 

¿No crees que debió influir la falta de educación emocional en aquella época? 

Los padres de entonces eran distintos. La hiperprotección de mi madre era casi de mujer a mujer, pero hoy los padres helicóptero no dejan ni que sus hijos se confundan y no les dejan avanzar. Mi madre era lo que tocaba. Como muchísimas mujeres de entonces que les decían a sus hijas: “Ay, no hagas esto, que te pasará lo otro...”. Mi padre también era una figura de su tiempo, pero él tenía sus características propias que yo sufría. Y eso sigue pasando: los padres no somos conscientes de cómo influye todo lo que hacemos o decimos, de nuestra manera de vivir, en nuestros hijos. 

¿Te sigues comparando con los demás? 

Bueno, lo sigo haciendo, y me digo, ¡qué horror! Pero intento hacerlo menos y ya sé lo que me pasa. Cuando tengo esa querencia de no saber decir que no, de transigir, intento enfrentarme a ello y me digo: “Eso es un arranque de inseguridad en exceso y no lo puedo permitir”. 

¿Y cómo bloqueas esos pensamientos? 

Cuando me pongo muy nerviosa con algo que me agrede mucho, busco la solución dentro de mí, trato de desarrollar la paz interior. A estas alturas de mi vida sé manejar los impulsos que me corroen cuando tengo un ataque de inseguridad. 

Por tu profesión te expones continuamente al juicio de los demás. ¿No hace que te sientas insegura? 

Cuando me pongo en mi papel de comunicadora o creadora es como ponerme los tacones. Muchas veces me siento más insegura en mis relaciones personales. Cuando me siento traicionada o me hacen daño siempre pienso que se debe a mí, y eso no me lo he conseguido quitar... Siempre pienso que algo habré hecho mal. Afortunadamente, mi marido –a quien dedico el libro como también a mi madre y a mi primer novio– es una persona muy segura, racional, con una formación humanista enorme... Eso me ayuda. La verdad es que los inseguros cuando tenemos a nuestro lado a alguien que nos quiere y que cree en nosotros podemos alcanzar la luna. 

¿Del 1 al 10 cuánto te quieres? 

Depende de los días. Hay días que no me quiero nada, y me siento pequeñita y fatal. Otros que me quiero un poco más. Pero nunca me quiero mucho. 

¿Y los demás? 

Me he llevado grandes desilusiones, grandes chascos, pero creo que quien me quiere me quiere mucho y, parafraseando a Oscar Wilde, “pese a mis defectos y a sus reproches”.