En Objetivo Bienestar creemos que un relato que conduzca a una buena reflexión es el medio perfecto para gustar de una lectura fresca y ligera pero con la capacidad de aportarte plenitud y algo de alegría. Disfruta con nuestros cuentos para reflexionar.

 

Este relato es sobre la necesidad que tenemos de llorar, extraído de El pequeño libro de la felicidad de Ángel Rielo.


Cuantas veces hemos escuchado esta expresión y para referirse a lágrimas fingidas. Se utiliza porque los cocodrilos segregan lágrimas cuando están fuera del agua para mantener los ojos hidratados, pero no están tristes, solo esperando a que algún idiota se despiste para comérselo. Toda esta “tonturería” para hablarte de algo que aunque parezca que no es muy necesario, lo es: llorar.


¿Recuerdas la última vez que lloraste? Las lágrimas pueden ser de pena, de alegría, de emoción, de rabia, de impotencia, de cortar cebolla o de darle una patada al mueble con el detector de muebles en la oscuridad, el dedo chico del pie.


Si no has llorado en los últimos diez días ve a cortar cebolla ahora mismo.

 

“Hay que llorar para ser feliz”

 

Es curioso porque cuando alguien nos ve llorando nos suele intentar calmar sin darse cuenta de que llorar es necesario, terapéutico y relajante. Las situaciones no lloradas pueden quedar inacabadas. Las lágrimas no vertidas se cristalizan y nos harán más daño cuando decidan salir a la fuerza.

Decía el maestro Miguel Mochales que cuando lloramos suda el cerebro, y no se puede explicar mejor. Si hablamos de lágrimas de tristeza o rabia, dale rienda suelta a tu lagrimal, pero recuerda lo que hemos dicho antes: vive todas las emociones sin enroscarte en ninguna mucho tiempo.

Llorar no es síntoma de debilidad, sino de sensibilidad y ser una persona sensible nos hace estar más cerca del bien y del mal. Eso no quita para que a la vez que sensible seas fuerte para saber cuándo parar y plantarle cara a los acontecimientos.

Así que si llega el caso, llora, aunque seas un hombre, que Miguel Bosé estaba equivocado con eso de que los chicos no lloran y tienen que pelear. Mejor leer a Gustavo Adolfo Bécquer en una de sus rimas:

 

Como un libro abierto

Leo de tus pupilas en el fondo.

¿A qué fingir el labio

risas que se desmienten con los ojos?

¡Llora! ¡No te avergüences

de confesar que me quisiste un poco!

¡Llora! Nadie nos mira.

Ya ves: yo soy un hombre ¡y también lloro!