Hace cuatro años se produjo un descubrimiento médico que pasó desapercibido pero que fue determinante para el futuro de nuestra salud: se concluyó la secuenciación genética de la flora intestinal. El tubo digestivo de los seres humanos tiene tres millones de genes que realizan unas veinte mil diferentes y sustanciales funciones. La buena salud de estos tres millones de genes influyen directamente en la salud global del cuerpo.

¿Por qué la población tiene cada vez más problemas intestinales?

Los datos son abrumadores. Según el estudio de Almax, la acidez de estómago es el más frecuente con un 24% seguida por las digestiones pesadas, las diarreas y los dolores de estómago. ¿Qué podemos hacer? ¿Nuestra alimentación debe cambiar? 

Entrevistamos a Miguel Ángel Almodóvar, autor de El segundo cerebro, un libro que explica la importancia del sistema digestivo para nuestra salud. Almodóvar expone que la relación entre el intestino y el cerebro es importantísima para el funcionamiento de nuestro cuerpo.

 

¿Por qué el intestino es el segundo cerebro? 

En el continuo que forma el aparato digestivo: esófago, estómago, intestino delgado y colon, existe un sistema nervioso autónomo formado por millones de neuronas que recientemente se ha descubierto permanece en contacto permanente y bidireccional con el cerebro. Ese “segundo cerebro” digestivo informa al cerebro craneal y a su vez recibe información de este. Su importancia es extraordinaria y ha dado lugar a una nueva disciplina, la neurogastroenterología, que en un futuro próximo permitirá mejorar los diagnósticos y tratamientos de multitud de dolencias físicas y mentales de manera eficaz, natural y mínimamente invasiva.

 

¿Cuáles son las señales de que algo no va bien en nuestro intestino? 

Los síntomas más habituales son flatulencia, lengua sucia, intolerancias a determinados alimentos, digestiones pesadas, estreñimiento, irritaciones y picores en la piel, nariz y ano, nerviosismo sin razón aparente, problemas para conciliar el sueño, cansancio y bajones anímicos.

 

¿Cuáles son las alteraciones más comunes? 

El desequilibrio o alteración del microbioma, lo que hasta hace algunos años llamábamos flora intestinal, y especialmente la disbiosis o permeabilidad intestinal, está en estrechísima relación con problemas como obesidad, diabetes, asma, alergias, celiaquía, enfermedades autoinmunes, varios tipos de cáncer y una larga lista de alteraciones psicológicas… en fin, con casi todo lo que nos hace enfermar o nos impide gozar de una razonable calidad de vida.

 

¿Podemos solucionar estas alteraciones con la dieta? 

Sin duda; la dieta es un factor esencial para prevenir enfermedades o tratarlas de manera natural y sin efectos secundarios. Esta constatación viene de lejos y ya hace veinticinco siglos que Hipócrates afirmó que somos lo que comemos. Ahora estaríamos ante un cambio de paradigma, porque sabemos que somos lo que comemos y lo que come el microbioma que vive en nosotros y nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida.

 
¿Cómo podemos cuidar nuestra flora intestinal? 

Evitando aquello que no nos nutre, nos inflama, nos intoxica y provoca alteraciones en nuestro sistema gastrointestinal, al tiempo que incluimos en nuestra dieta alimentos saludables y reforzadores del equilibrio intestinal. Deberíamos desterrar las grasas parcialmente hidrogenadas o trans, reducir al mínimo el consumo de carnes rojas, introducir en nuestra dieta y con papel protagonista alimentos prebióticos y probióticos, usar grasas saludables en la cocina, fundamentalmente aceite de oliva virgen,  incrementar el consumo de ácidos grasos omega-3, olvidarnos en lo posible de la comida procesada, chatarra o basura, y procurar introducir la menor cantidad de tóxicos en nuestro organismo.

 

¿Qué son los alimentos probióticos y prebióticos? ¿Puede darnos ejemplos? ¿Los deberíamos incluir en nuestra dieta habitual? 

Los probióticos, son organismos vivos no patógenos, fundamentalmente de las especiesLactobacilus y Bifidobacterium, que  mejoran sustancialmente las funciones digestivas y el tránsito intestinal, y contribuyen a la prevención y tratamiento de la disbiosis o permeabilidad intestinal, a lo que se añade un posible potencial en la reducción del colesterol y en la prevención de accidentes cardiovasculares o infecciones. Alimentos ricos en probióticos son el yogur natural, sobre todo el de cabra, determinados quesos, el kéfir, el chucrut, el chocolate negro, algunas microalgas, la sopa de miso, los pepinillos encurtidos, el tempeh, y el kimchi.

Por su parte, los prebióticos son ingredientes no digeribles de la dieta o fibra dietética, que producen efectos beneficiosos en las bacterias intestinales, estimulando selectivamente su crecimiento y actividad, disminuyendo la cantidad de microorganismos potencialmente patógenos, estimulando el sistema inmunitario, favoreciendo la síntesis de ciertas vitaminas, reduciendo el riesgo de padecer enfermedad inflamatorio intestinal y cáncer de colon, y mejorando la salud general.

Los diez alimentos más abundantes en fibra y por tanto prebióticos son las alubias, las habas secas, los higos secos, las ciruelas secas, los guisantes secos, el puré de patata, los garbanzos, las almendras, las lentejas, y los pistachos. En orden decreciente pero muy interesantes se sitúan avellanas, maíz, dátiles, cacahuetes, membrillo, espinacas, acelgas, nueces, aceitunas, cereales de desayuno, plátanos, col y repollo, judías verdes y las zanahorias, higos y brevas, peras, puerros, kiwi, coliflor, albaricoques y ciruelas frescas, manzanas y naranjas. 

Nuestra dieta habitual debería ser simbiótica; es decir una suma de prebiótoicos y probióticos.

 

¿Tiene algo que ver con el intestino la ola de intolerancias alimenticias que estamos viviendo? 

Tiene todo que ver porque la relación entre el microbioma y el sistema inmunitario es estrechísima. Las alergias e intolerancias alimentarias son el resultado de reacciones inmunológicas exageradas ante un estímulo no patógeno y consecuencia de un sistema inmunitario desinformado o mal informado. Los billones de microorganismos que pueblan el intestino humano son responsables de la información inmunitaria desde el mismo momento del nacimiento e incluso un poco antes, al punto de que, por ejemplo, el incremento de cesáreas que ha registrado en los últimos años es una de las razones fundamentales para explicar el crecimiento exponencial de alergias infantiles, ya que el bebé recibe una información inicial infinitamente menor que la que normalmente hubiera recibido a través de las vías vaginal y anal.

 

¿La sociedad de hace 100 años tenía los mismos problemas intestinales que la de ahora? 

Desde luego que no, fundamentalmente porque en su dieta había mucha más fibra prebiótica procedente de harinas poco refinadas, legumbres, verduras y frutas; y muchos más probióticos de alimentos fermentados que prácticamente hemos borrado de los menús contemporáneos. A todo ello hay que añadir que no se usaba el arsenal de pesticidas que actualmente es protagonista en la agricultura, no se habían inventado las indeseables grasas trans, hoy tan presentes en bollería industrial y comida preparada, la carne roja se consumía escasamente y los aditivos alimentarios brillaban por su ausencia.

 

¿Qué trastornos psicológicos podrían mejorar con una dieta adecuada? 

Básicamente se podría poner freno a problemas emocionales como la depresión y la ansiedad, desgraciadamente cada vez más comunes en nuestra sociedad, de lo que da idea el hecho de que en España y en la última década se haya duplicado en consumo de antidepresivos. En los últimos años, distintos experimentos e investigaciones científicas han evidenciado una estrecha relación entre el microbioma, la inflamación intestinal y los procesos depresivos. Además, hay dietas destinadas a reestablecer el equilibrio del ecosistema intestinal, como la GAPS ideada y probada con éxito en su hijo autista por la doctora Campbell-McBride, que brindan fundadas esperanzas para el tratamiento natural de problemas como hiperactividad con déficit de atención, epilepsia, esquizofrenia, dislexia o trastorno bipolar.