"No te fíes de las aguas mansas”, dice el refrán. Y la sabiduría popular es incuestionable. En agosto, en vacaciones, es cuando tantas almas cambian los benditos quehaceres de cada día, por la diabólica calma. Diabólica, sí, como lo leen. Sobre todo porque no es más que un espejismo. Al menos cuando se comparte el mes de asueto con la familia.

Para empezar, es raro que exista colectivo con consanguinidad que no se queje si alguno elige precisamente la calma y el silencio. Un “qué callado estás” o un “¿te vas a quedar ahí parado y hecho un muermo?” siempre están al acecho para quien lo pretende. Pero es que además de las actividades organizadas e incluso programadas del verano, resulta que, en los días en los que se supone que se dejarán de hacer cosas, para descansar, las obligaciones se multiplican.

Además de tener que ir a bañarse a la playa o a caminar por la montaña o a ver iglesias o a recorrer puentes resulta que hay que compartir todos los planes, apetezcan o no, acomodarse en espacios generalmente mucho menos agradables que la propia vivienda, mirar los precios de todo con atención, porque los sablazos del verano no hay bolsillo que los resista y acostumbrarse a que resulta difícil leer o dormir la siesta sin que alguien requiera atención de manera implacable.

Por si fuera poco, aunque también el refranero dice que “el roce hace el cariño”, resulta que no determina a qué cantidad exacta de roce se refiere. O lo que es lo mismo, ocurre que, igual que el amor se acaba a veces, de tanto usarlo, como decía la canción, la paciencia de las parejas desaparece cuando ese mencionado roce, en vez de ser esporádico se convierte en permanente. No se crean que exagero. El verano es terreno abonado para los enfados e incluso germen de separaciones que llegan con la cuesta de septiembre y la vuelta al cole.

Las vacaciones, como tantas otras cosas, están sobrevaloradas. Aunque también es verdad que, como decía el gran Steinbeck ,“el arte del descanso es parte del arte del trabajo” y deberíamos aprender a disfrutarlo. Lo que pasa es que, mientras el trabajo está lleno de reglas escritas, el descanso viene sin manual de instrucciones, como la familia, y ahí es donde se nos complica la cosa.

En todo caso, cuando uno no sabe a qué atenerse, no está mal que eche mano de la perfecta receta de la ética Kantiana y decida, como el filósofo alemán, no hacer a los demás lo que no quiere que le hagan a uno. Si tal regla, de puritito sentido común, y que sirve para cualquier estación, se aplicara durante ese delicado periodo de diabólica calma estival, muchas parejas se salvarían del naufragio y volverían a puerto, es decir, a su casa, incluso con el amor reforzado. Prueben.

  1. Como septiembre está a la vuelta de la esquina y hay que ponerse a punto, nada como visitar el centro de belleza de toda la vida Tacha en El Plantío (Ochandiano, 35) o el nuevo local (Castellana, 60). Ambos en Madrid, claro. Y ambos un lujo incomparable por servicios, instalaciones y trato personal.
  2. Precisamente en Tacha acogen al equipo del doctor De Benito, que engloba cirugía plástica y medicina estética. Aunque también tienen su propia sede en Barcelona (Avinguda Diagonal, 490). Si se opta por la segunda opción y se busca mucha naturalidad, nada como recurrir a una experta en ese “no pasarse” tan primordial: la Dra. Neus Tomás.
  3. Para quien esté cansado de todos sus perfumes y ya no sepa cuál elegir, el agua de colonia de Beregamota de Angel Schlesser es perfecta. Original y fresquita. Ideal para el verano.