Meditación es una palabra grande, de esas que conllevan un montón de mitos y prejuicios asociados que la convierten en una especie de ritual lejano, reservado solo para unos pocos. Pero la verdad es que, cuando empiezas, te das cuenta de que meditar es un acto sencillo e íntimo con grandes beneficios.

¿Por qué medito? Básicamente, porque yo me gusto más cuando lo hago, el mundo me resulta más dulce y mis relaciones son más auténticas. Porque cuando conectas con ese espacio o lugar de tranquilidad en ti, desaparece el ruido, y sabes que siempre puedes volver ahí. Por eso lo hago. Me llena. ¿Por dónde empezar? Por la intención con la que te sientas a meditar. Esto es algo básico.

Olvídate de dejar la mente en blanco porque la mente está diseñada para producir pensamientos sin parar. El vacío total puede ocurrir un día, o no, pero la meditación se produce en el camino. No pretendas alcanzar el nirvana, ni obtener resultados inmediatos. La meditación no funciona como una aplicación de móvil, es un gesto sutil hacia ti misma.

Busca un lugar tranquilo o crea tu propio espacio, que puede ser con una música tranquila en los oídos mientras vas en tren, por ejemplo. Cierra los ojos y abre la mirada hacia adentro como quien contempla un paisaje. Ese paisaje eres tú. Observa sin juzgar, sin colgar etiquetas, como quien mira el cielo y ve las nubes pasar. Sé curiosa contigo, reconociendo cómo está tu cuerpo, tu columna erguida, creando espacio para que fluya la respiración.

Mi truco infalible: sigue tu respiración con la conciencia. Inhala y exhala por la nariz, y cada vez que tu mente te boicotee la experiencia, vuelve a observar el movimiento de la respiración en tu cuerpo. Puedes contemplar todo el cuerpo como un gran pulmón, que se expande con cada inhalación y se contrae cuando exhalas. Empieza por un minuto, ponte una alarma, pon música, utiliza incienso o una vela para crear ambiente... O no hagas nada. Sé creativa, prueba y ensaya, se trata de encontrar la fórmula que funcione para ti.

Quizás lo más difícil sea encontrar la motivación que te lleve a cerrar los ojos unos minutos. Si lo piensas, es curioso que nos cueste tanto regalarnos un pequeño paréntesis cada día. Mi recomendación sería empezar, curiosear. Si sientes que puedes ser más, que hay una versión mejor de ti misma, empieza hoy. No mañana. Con el tiempo observarás que la mente es muy agradecida, y los beneficios se empiezan a notar rápidamente, ¡solo tienes que estar dispuesta a reconocerlos!

Verás que la meditación puede ocurrir también con los ojos abiertos, en tus quehaceres cotidianos. Entonces ésta se traduce en conciencia, en presencia. Conéctate con tu respiración, que está ahí desde tu primer día en la Tierra y hasta el final. Es una herramienta que está siempre a tu disposición. Respirar es sinónimo de vida, y la respiración consciente equivale a presencia. Cuando estamos presentes, vivimos la vida en vez de meternos en el torbellino que vive por nosotros.

La meditación es una elección personal, un experimento que creo que vale la pena hacer. Sé buena contigo, recorre a menudo el camino hacia ti misma y pásatelo bien. Que tú motivación sea simplemente eso: disfrutar de ser una misma. ¡Te deseo un bonito paseo!