Hasta tiempos muy recientes, las mujeres han permanecido al margen de los ejércitos, salvo algunas excepciones muy señaladas. María Pacheco, la mujer que se enfrentó a Carlos I, fue una de ellas.

María nació a finales del siglo XV en Granada y era miembro de dos de los grandes linajes castellanos de su tiempo: los Mendoza y los Pacheco. Se crió en la corte renacentista de su padre en la Alhambra, de la que era alcalde perpetuo, y recibió una exquisita educación.  Sin embargo, él la utilizó como un peón de sus propios intereses –algo habitual en su tiempo– y la prometió con tan solo 14 años con un hombre de rango inferior, el toledano Juan de Padilla, que era sobrino del comendador mayor de la poderosa Orden de Calatrava, con la cual le interesaba establecer buenas relaciones.

Parece que a María le molestó en principio esa boda, pero la relación entre los esposos fue muy buena desde el comienzo. En 1518, el joven matrimonio se instaló en Toledo, donde Padilla había heredado de su padre el cargo de jefe militar de la ciudad. Hacía dos años que Carlos I gobernaba en España, y el ambiente entre la nobleza no era muy favorable para el joven rey. Criado en Flandes, Carlos se había traído desde allí a todos sus altos cargos, humillando así a los castellanos. En 1520, cuando el monarca exigió además dinero para marchar a Alemania y ser elegido emperador, el malestar se convirtió en una rebelión abierta que dio lugar a la Guerra de las Comunidades de Castilla. 

Juan de Padilla fue uno de los cabecillas de los comuneros. Pero el movimiento se debilitó rápidamente: los nobles más destacados del reino dejaron de apoyarlo cuando se dieron cuenta de que estaba siendo aprovechado por el pueblo llano para reivindicar ciertos derechos. Abandonados a su suerte, los comuneros fueron derrotados en la batalla de Villalar, el 23 de abril de 1521. Al día siguiente, Padilla y los otros dos dirigentes, Bravo y Maldonado, fueron decapitados. Cuando la noticia llegó a Toledo, María Pacheco se sobrepuso a su dolor manteniendo viva la rebelión. Mientras todas las ciudades levantadas contra Carlos I se rendían, ella tomó el mando y siguió desafiando el poder del rey desde el Alcázar.  

Vestida de negro, como correspondía a su condición de viuda, aquella mujer de 25 años se comportó como un auténtico caudillo militar. Ni siquiera dudó en requisar los objetos de plata del Sagrario de la Catedral para pagar a sus tropas cuando se quedó sin dinero ni joyas que vender, aunque lo hizo recorriendo el templo de rodillas. María Pacheco mantuvo la resistencia de Toledo durante nueve meses.

Al fin, en febrero de 1522, cuando la ciudad estaba a punto de caer definitivamente, huyó disfrazada de campesina. Ayudada por algunos miembros de su familia llegó hasta Portugal, donde a duras penas pudo sobrevivir gracias a la caridad del arzobispo de Braga y el obispo de Oporto. Carlos I concedió un perdón general a quienes habían participado en la rebelión de las Comunidades, pero no incluyó a esa mujer que se había atrevido a enfrentarse a él: María fue condenada a muerte en rebeldía y jamás pudo regresar a España, a pesar de las súplicas al rey por parte de sus poderosos hermanos.  

Murió en Oporto en 1531, a los 35 años, y fue enterrada allí, pues el monarca ni siquiera permitió que su cuerpo fuera traído de vuelta a España: había demostrado, sin duda, demasiado valor