La suya no debió de ser una vida fácil: que a mediados del siglo XIX una mujer se empeñase en ser escultora, era algo que provocaba rechazo y burlas. Si además esa mujer era medio negra y medio indígena, las cosas debían de ser especialmente complicadas. Aun así, Edmonia Lewis logró llevar adelante su vocación e incluso obtuvo un éxito en el que nadie creía cuando comenzó su carrera.

Edmonia nació en 1844 en el norte de los Estados Unidos, donde la esclavitud ya no era legal, aunque todavía lo fuese en buena parte del país. Su padre era un hombre negro procedente de Haití, y su madre una india
 misisauga. Ambos murieron siendo ella
 muy pequeña, y sus tías maternas la
 recogieron y la criaron en su tribu,
 junto a las cataratas del Niágara.
 Allí tuvo una infancia feliz y libre,
 pescando, cazando y haciendo 
cestas de paja y mocasines para
vender a los turistas.

Su nombre era por entonces Viento
Salvaje, y parece como si algo 
de esa condición se quedase 
en ella para siempre.
 Cuando tenía doce años, un
 grupo de blancos abolicionistas
 –luchadores contra la esclavitud– decidieron hacerse cargo
 de su educación, y la enviaron a
 una de las raras escuelas que
 admitían a personas negras,
 y de ahí a un colegio de ense
ñanza media en el que se daba
 mucha importancia al arte. Sus
 años de estudio no fueron fáciles:
 Edmonia, quizá demasiado indomable, tuvo serios problemas. Incluso 
fue acusada de haber envenenado 
a dos compañeras, aunque en el
 juicio fue absuelta. Finalmente
 la expulsaron por haber robado 
material de las clases.

Es imposible 
saber si esas acusaciones eran o no 
ciertas, pero parece claro que ni su color ni su educación contribuían a facilitarle la vida. En cualquier caso, al abandonar el colegio, Edmonia ya sabía que quería ser escultora. Una elección sin duda difícil: si la presencia de las mujeres en el mundo del arte siempre era minoritaria, en el terreno de la escultura lo era aún más, por la energía y la fuerza que requería. Pero ella no era sin duda una mujer común.

Instalada en Boston, buscó un profesor que la ayudase a desarrollar su actividad, y sobrevivió entretanto vendiendo pequeñas obras. Después decidió trasladarse a Roma, donde ya residía un grupo de mujeres estadounidenses empeñadas, como ella, en ser escultoras. A los veintidós años, en 1866, estaba en la ciudad de los papas, y allí se quedó la mayor parte de su vida.

Resulta sorprendente imaginarse a esa mujer negra recorriendo en pleno siglo XIX las ruinas, los museos y las viejas iglesias romanas en busca de inspiración. Sin duda debía de llamar la atención en un lugar muy poco acostumbrado a que las mujeres protagonizasen la creación artística y, aun menos, a la presencia de personas de raza negra. Pero Edmonia Lewis lo logró: tratando temas relacionados con la negritud y el indigenismo, realizó una obra única que, durante algún tiempo, cosechó un notable éxito, tanto entre los viajeros norteamericanos que visitaban Roma como en Estados Unidos, donde sus esculturas eran a menudo exhibidas.

Sin embargo, en la década de 1890, su figura se oscureció. Se sabe poco de sus últimos años, aunque es probable que falleciese en 1907, a los 63 años, en Londres, donde debió de trasladarse en busca de un ambiente más adecuado para proseguir su carrera. Ese crepúsculo final no oscurece sin embargo los logros de una mujer que fue, sin lugar a dudas, una auténtica superviviente.

ILUSTRACIÓN: JUDIT GARCÍA-TALAVERA