En la actualidad, la vida moderna va demasiado deprisa: trenes de alta velocidad, aviones supersónicos, gente ajetreada por las calles, fast food, comunicaciones inmediatas? Entre todo este estrés, nace la llamada filosofía slow, una corrinete cuyo objetivo es devolver la tranquilidad a diferentes vertientes vitales y en muchos ámbitos. Uno de ellos es la educación, donde se habla de slow parenting, una nueva manera de criar a los hijos de manera sosegada y sin querer acelerar o ralentizar algunos procesos.

El fundador de este movimiento es Carl Honoré, autor varios libros relacionados con esta nueva manera de educar a los niños. Un matiz: el slow parenting no significa educar de manera 'lenta' (como se podría pensar por el término inglés), sino de la manera adecuada y, especialmente, en el momento correcto.

Así, se trata de dar prioridad a las relaciones humanas reales más que al mundo cibernético, de estar presente en la casa, de gozar de un hogar equilibrado y de dejar que los niños se esfuercen por conseguir sus objetivos.

El slow parenting busca dar el tiempo necesario a los hijos para descubrir el mundo a su manera, dejarles aire y no pretender que tengan una infancia perfecta dándole todo lo que quieren. Siguiendo este modo de educación, los niños crecen sin tener una gran relación con la tecnología, lo que fomenta las relaciones sociales, y también estimulan sus capacidades ya que son ellos los que ven el mundo a su propio ritmo.