Ya se sabe que los hijos vienen sin manual de instrucciones, pero es que, además, cuando pensamos que ya le hemos cogido el punto al tema de la paternidad, van y se convierten en adolescentes. Y entonces todo lo que sabíamos ¡ya no sirve! Como dice Lourdes, mi pareja, un día miras a tu hijo adolescente y dices: “¿Dónde está mi hijo? ¿Quién es este ser?”.

Es cierto que hay libros muy interesantes y prácticos sobre la adolescencia, como el de Eva Bach, que se titula justamente así, Adolescentes: qué maravilla. Pero la realidad siempre supera cualquier intento de acotarla. Además, como dice la propia Eva, los adolescentes a veces son una maravilla y otras “vaya maravilla”.

Así que el reto de educar, ya difícil de por sí, se convierte casi en misión imposible cuando los peques crecen y empiezan a hormonar. ¿Qué podemos hacer los padres? Varias cosas. La primera es practicar la empatía. Ya sé que ahora estás al otro lado de la trinchera, pero ¿qué tal si haces memoria y recuerdas cuando tú mismo/a eras adolescente y volvías locos a tus padres? Tal vez eso te haga ser un poco más empático/a. Porque la adolescencia es justamente la edad en que empezamos a buscar nuestro propio sitio en el mundo, ya no como hijos de, sino como individuos. Y eso no es fácil, como lo demuestra el hecho de que incluso los adultos a veces no sabemos cuál es.

Eso no quiere decir que se lo consintamos todo, claro, pero sí que los dejemos explorar y equivocarse. Nuestro papel como padres, especialmente hacia el final de la adolescencia, no puede seguir siendo el de mamíferos protectores, porque entonces no los dejamos crecer. Nuestro lugar no es “encima”, ni siquiera “al lado” (para eso ya tienen a sus amigos, sus “pares”), sino detrás. Detrás para ayudarlos a volar, a dejar el nido. Poco a poco, sin presionarles en exceso, pero soplando a su favor para que desplieguen las alas. Cerca, pero sin agobiarlos. Escuchando más que hablando, observando más que actuando.

Hace un par de años, ante mi desconcierto sobre cómo acompañar a mis dos hijos, por entonces de 18 y 14 años de edad, reflexioné y decidí escribir El pequeño libro para mis hijos adolescentes (Alienta Editorial). No es un libro de instrucciones sobre qué hacer y qué no, sino más bien una reflexión sobre cómo podemos hacer para conseguir que nuestros hijos adolescentes sean unos adultos sanos y fuertes. Y, sobre todo, para que tengan una buena vida. ¿Cuál es su mensaje principal? Por resumirlo en una frase: si nosotros no tenemos una buena vida, si no estamos contentos con la vida que llevamos, ¿cómo vamos a enseñarles a ellos a tenerla? Porque no podemos dar lo que no tenemos ni enseñar lo que no sabemos. Si no hacemos todo lo posible por mejorar como personas, ¿cómo vamos a enseñarles a ellos a ser buenas personas? Si no sabemos cómo ser felices, ¿cómo vamos a enseñarles a ellos a ser felices? Así que el único manual de instrucciones para lograr que tus hijos sean felices es darles ejemplo siendo feliz tú mismo/a. Y ese es un trabajo de cada día.

Educamos desde el miedo, el miedo a que no les vaya bien, a que sufran, a que no sean capaces. Hay que educarlos desde la confianza en su capacidad, incluso cuando se equivoquen. Mejor dicho, sobre todo cuando se equivocan. La confianza es el abono del amor, el amor es el antídoto contra el miedo. Y la buena vida, como dijo Bertrand Russell, “está inspirada por el amor y guiada por el conocimiento”.

Josep López Romero es autor de varios libros de crecimiento personal y coach literario, y ha acompañado a más de 100 autores en la escritura de sus libros. Es padre de dos hijos adolescentes, Martí y Rita y autor de ‘El pequeño libro para mis hijos adolescentes’'(Alienta).