El motor que lleva a los niños a querer explorar el mundo que les rodea es la curiosidad. Gracias a ella, el niño se interesa por su entorno, observa los objetos que lo rodean, intenta saber cómo suenan y saben las cosas ?los padres de bebés conocen ya la etapa en la que se llevan todo lo que encuentran a la boca o su especial inclinación por explorar los rincones más peligrosos de la casa, especialmente los enchufes- y cuando empieza a caminar intenta ampliar su campo de exploración llamado por su insaciable curiosidad.

Ese mismo afán de saber es el que marca a lo largo de nuestra vida nuestro aprendizaje. La curiosidad es así una poderosa forma de despertar nuestra atención y nuestro interés sobre un sujeto determinado, nos empuja a informarnos y a querer conocerlo mejor. Y, aunque a veces esa curiosidad por el mundo que nos rodea se atenúa con la edad, mantenerla viva es una excelente forma de mantenernos vivos, es decir despiertos e interesados por el fascinante mundo en el que vivimos.

El gran Albert Einstein dijo de sí mismo: "No tengo talentos especiales, pero sí soy profundamente curioso". Y es ese afán de saber, de probar, de conocer, el motor de las investigaciones en todos los campos, ya sean científicos, tecnológicos o incluso artísticos.

En la escuela, despertar la curiosidad de los alumnos es así el mejor recurso para lograr que mejore su aprendizaje. Por ello, la neurociencia lleva tiempo investigando cuales son los mecanismos que despiertan nuestra curiosidad y con ella nuestra atención. Conocerlos permitirá a los profesores lograr que sus alumnos se sientan realmente interesados por lo que les explican en clase, en vez de que su curiosidad se centre únicamente en lo que pasa fuera de los muros del colegio.