Los nombres de Eloísa y Abelardo han sobrevivido durante casi mil años convertidos en ejemplo de una de esas legendarias parejas de amantes desdichados que siempre emocionan, por mucho tiempo que pase. Han sido protagonistas de novelas, poemas, óperas, cuadros, películas y ballets y, sobre su tumba en el cementerio parisino del Père-Lachaise, muchos enamorados aún les dejan flores. Vistos desde el mundo actual, es probablemente ella quien resulta más asombrosa.

Eloísa nació en algún lugar de Francia a finales del siglo XI, como hija ilegítima de un noble, y fue criada en París por su tío Fulberto, canónigo de la catedral. Por alguna razón desconocida, quizá la inteligencia de la niña, el tío decidió darle la educación que en aquel entonces se reservaba tan solo para los niños varones de las familias ilustradas, enseñándole latín, griego, hebreo, retórica, aritmética, geometría, astronomía y música.

En 1113, cuando ella tenía unos veinte años, Fulberto alquiló una de las habitaciones de su casa al filósofo Abelardo, una auténtica estrella en París por su sabiduría. Trece años mayor que Eloísa y muy atractivo, Abelardo no tardó en conquistar a aquella mujer que estaba extrañamente a su altura en lo intelectual. Tras muchos meses de relaciones secretas, Eloísa se quedó embarazada y huyó de casa de su tío para dar a luz un niño que quedó al cuidado de la hermana de Abelardo. Este decidió que, ya que había deshonrado públicamente a la joven, debía contraer matrimonio con ella. Ahí fue donde Eloísa dio prueba de su extraordinario sentido de la libertad: se negó a casarse, argumentando que el matrimonio era para las mujeres una especie de prostitución y que para Abelardo supondría además el final de su carrera, pues tendría que dedicar sus esfuerzos a ganar dinero para mantenerlos a ella y a su hijo, y no a desarrollar su intelecto. Finalmente, aceptó con la condición de que su boda fuese un secreto, sin llegar a constituir un hogar familiar. Ya casada, Eloísa volvió a vivir con su tío. Pero el canónigo quería que ambos reconocieran en público su matrimonio y comenzó a darle palizas para presionarla. Ella terminó por huir de nuevo y refugiarse en un convento, donde su marido siguió visitándola en secreto. Violento y vengativo, el tío dirigió entonces su ira hacia Abelardo: una noche, mientras dormía, unos hombres enviados por él lo castraron. Aquello supuso el final de la vida en común de la pareja.

Unos meses después, Eloísa, sintiéndose culpable por lo que le había sucedido a su marido, tomó los hábitos. Más tarde, apoyada por Abelardo, fundó la abadía del Paracleto, que se convirtió en uno de los primeros monasterios exclusivamente femeninos existentes en Europa, el primero en el que su abadesa, la propia Eloísa, no estaba sometida a las órdenes de un abad. Allí vivió hasta su muerte a los sesenta años, veinte después que su marido, tras haber hecho de la abadía un importante centro intelectual y musical. De su propia obra, sus poemas, canciones y textos en prosa, tan solo se conservan una oración fúnebre y cuatro de sus magníficas cartas a Abelardo, escritas ya desde el convento. En ellas defiende con intensidad e inteligencia su extraordinaria pasión y la fuerza de su deseo hacia aquel hombre, convirtiéndolas así en las primeras reflexiones sobre el amor realizadas por una mujer en la cultura occidental.

ILUSTRACIÓN: JUDIT GARCÍA-TALAVERA