Con esa frase, me presentaba cuando empecé como profesora de yoga. La escribí hace mucho tiempo y mantiene la misma fuerza que tenía entonces.

El yoga llegó a mi vida y no fui consciente de que se iba a convertir un una herramienta de sanación y de salvación. El yoga llegó a mi vida en una época en la que tenía un trabajo estupendo, un marido que me adoraba, dos hijos maravillosos y una fórmula aparentemente perfecta que, en mí, no daba resultado. Llegó como una actividad deportiva más, entre mis sesiones de nadar y bici (mi primera profesora de yoga fue Tara Stiles y sus vídeos allá por al año 2009) . Sin embargo, cuando mi vida se puso patas arriba, lo que me salvó fue un mínimo de nivel de conciencia que se debía a una semillita que empezó a germinar tras el descubrimiento del yoga.

Estudié Geografía e Historia y me especialicé en el Arqueología. Dadas las escasas salidas profesionales, tiré de idiomas y empecé a trabajar en gestión de comercio internacional durante 15 años. Los últimos fueron algo caóticos. Eso unido a un tremendo cambio personal, me hizo salir del mundo empresarial y con 40 años replantearme mi vida profesional.

El yoga ya estaba ahí y decidí indagar un poco más en la práctica formándome como profesora. Los comienzos no fueron sencillos, la inercia de los años pasados tiraba con fuerza y era un mundo profesional totalmente desconocido para mí, pero me daba cuenta que mi nivel de conciencia y reconocimiento interior aumentaban a medida que seguía avanzando en este camino, lo que me hacía querer seguir ahí.

No ha sido –ni es– fácil. Se necesita mucho trabajo, muchas horas de práctica y mucha energía. Hay alegrías y alguna que otra decepción. Por eso la clave para seguir es que te debe apasionar, porque si no, no duras en esto ni media hora.  Ahora bien, si estás dispuesto a asumir el nivel de intensidad, la recompensa es directamente proporcional.

Lo que más valoran mis alumnos es que enseguida se dan cuenta que transmito desde el corazón. La intensidad de los años pasados, las crisis personales, familiares, laborales, mis miedos, inseguridades y culpas y el proceso –que es contínuo, nunca termina– para sanarme, es el que comparto con ellos en cada clase. Por eso, tras cada sesión me siento llena de la energía que transmiten y agotada tras hacerles partícipes de mi proceso, porque les doy todo.

Una potente enseñanza

Elijo el yoga porque esta disciplina me ha enseñado a escucharme, quererme y respetarme, ha hecho que me deje llevar por el proceso y no por las expectativas. A través de la práctica cultivo vitalidad, valor, creatividad, inspiración, compasión, calma, honestidad, entereza e integridad, sobre todo hacia mi misma. Ha hecho que respete a mi cuerpo como el que alberga a quién de verdad soy y como vehículo a través del cuál acceder a mi historia, dolor y alegría.

Me ha enseñado que la relación más importante de mi vida es la que mantengo conmigo misma y desde ahí  a llegar a mi espacio de calma interno en el que se que todo está bien. Justo ahí en ese momento que te das cuenta, lo de fuera “mágicamente” empieza a armonizaqrse en sintonía con lo de dentro. Y la vida, la de fuera y la dentro, fluyen en paz.