Uno de los errores más comunes que cometemos en relación a la motivación es basarla siempre en el futuro. Queremos lograr algo para lo que necesitamos llevar a cabo una serie de actividades y, cuando la motivación comienza a escasear, tiramos del futuro para coger impulso o de la 'temida' fuerza de voluntad.

Es útil, sí. Y funciona, también. ¿Pero realmente quieres pasarte la vida funcionando a base de promesas de algo mejor?

La visualización de aquello que queremos lograr es una herramienta muy poderosa. Bien guiada, nos permite experimentar las sensaciones que tendríamos al haber conseguido el objetivo y esto supone una fuente de motivación increíblemente eficaz. Sin embargo, no recomendaría utilizar siempre este tipo de herramientas porque terminamos actuando con el foco únicamente puesto en el futuro y nos olvidamos de algo que es mucho más importante: nuestro presente.

Ya eres suficiente, parte de ahí.

Dicho queda muy bonito, pero cuando nos hemos fijado un objetivo es porque queremos mejorar en algo. Si queremos mejorar el algo, es porque lo que tenemos ahora no nos vale y si no nos vale es porque no es, o no somos, suficiente.

Es una cuestión de perspectiva, y así es como queda por escrito la sensación que produce fijarse objetivos partiendo de la base de que necesitamos mejorar para ser valiosos. Terrible.

Déjame recordarte que este tipo de motivación es explosiva, está basada en el miedo y tiene buenísimos resultados a corto plazo, pero ¿qué pasa después? La presión a la que nos vemos sometidos cuando tratamos de motivarnos así a largo plazo, termina por ser contraproducente. Es muy explosiva, sí, pero roba mucha energía y pronto comenzamos a notar sus efectos secundarios: desgana, desmotivación, sensación de no estar avanzando o incluso dudas sobre si será posible lograrlo.

Si esta es tu situación actual –en relación a cualquier tipo de objetivo- te voy a decir algo: ya eres suficiente. Eres una persona valiosa con un gran recorrido a tus espaldas. Has aprendido mucho en estos últimos años, probablemente has logrado grandes cosas que ni siquiera tienes en cuenta, y puedes proponerte lo que tú quieras porque, independientemente de que lo consigas o no, crecerás con ello, aprenderás y evolucionarás como persona.

Si logras creer esto que te digo y logras amarte incondicionalmente –no hace falta que sea el 100% del tiempo-, podrás empezar a motivarte desde el amor, desde lo que ya eres y desde lo que te quieres ofrecer. Así, casi sin darte cuenta, estarás dejando menos espacio a la motivación basada en miedo, en lo que quieres mejorar y lo que tienes que hacer para lograrlo.

Y, dicho esto, vamos con cuatro puntos importantes a tener en cuenta sobre la motivación basada en el amor.

¿Cómo es la motivación basada en el amor?

Conseguir una motivación basada en el amor no es fácil cuando llevamos mucho tiempo, a veces toda una vida, funcionando desde la otra perspectiva; pero es posible y, lo mejor, hay muchos caminos diferentes que nos llevan a ella.

Así, si estás trabajando tu autoestima, probablemente llegues a tener una motivación basada en el amor. Y también, si estás en un proceso de ayuda, trabajando algunos aspectos que te impedían avanzar, quizás llegue el momento en que empieces a actuar desde el respeto y el autocuidado y, por tanto, tu motivación empezará a funcionar desde el amor.

No obstante, he identificado cuatro puntos importantes que me gustaría resaltar:

1. Crecer vs. Mejorar

Técnicamente siempre queremos mejorar en algo. Queremos mejorar nuestro inglés, queremos mejorar nuestra capacidad económica, nuestro aspecto físico, las condiciones de nuestro puesto de trabajo, nuestra paciencia, nuestra capacidad de atención plena y un interminable etcétera.

Lo que ocurre es que mientras tenemos en mente la frase «quiero ser mejor», a una parte de nosotras le llega el mensaje «ahora soy peor». Y ¿para qué vamos a decirnos algo tan negativo si podemos decirnos cosas más gentiles?

No sé si has notado que esto te afecta o si, por el contrario, te parece una tontería; pero si crees que podría estar afectándote de algún modo, prueba a sustituir la palabra mejorar por evolucionar, crecer e, incluso, cambiar. Así tu mente comenzará a enviarte mensajes más amables sobre ti y tu trabajo por tu objetivo, y esto logrará cambiar la relación que tienes con el proceso.

2. Atención plena vs. Ocultar señales

Cuando estamos inmersas en la obligación y nos presionamos con los famosos «tengo que» -tengo que bajar de peso, tengo que trabajar más, tengo que llamar a los del gas, tengo que estar más tranquila, etc- es común que tendamos a ocultar las señales que van en contra de todo eso que tenemos que hacer.

Ocultamos las señales de hambre, ocultamos las señales de cansancio, ocultamos las señales de que el estrés nos está consumiendo, etc. Básicamente ocultamos todas las señales que se refieren a nuestras necesidades y nos obcecamos en rendir. Como si nos fuera la vida en ello, lo cual, por cierto, puede tener consecuencias catastróficas nada agradables.

Por poner un ejemplo, si te dedicas a ocultar señales de miedo/estrés, fácilmente puedes llegar a experimentar una crisis de ansiedad que no sabes identificar y que, por supuesto, no sabes de dónde ha salido porque has estado ocultando los avisos recibidos.

¿Cómo saber si estás ocultando señales y cómo dejar de hacerlo? Practica atención plena. Y para no extenderme mucho, te dejo dos enlaces sobre ello:

3. Esfuerzo vs. Forzar

Hace algún tiempo que trabajo personalmente la diferencia entre esforzarme y forzarme. La línea que separa ambas situaciones es extremadamente fina y muy confusa, pero trataré de explicarme lo mejor posible.

Hace algún tiempo, mi maestra de yoga dijo en clase algo así como que llegar al máximo requería esfuerzo físico y sobrepasar ese máximo implicaba forzar la capacidad de nuestro cuerpo. En ese momento la distinción me resultó sencilla porque me esforcé en dar el máximo de mí y rebajé intensidad cuando apareció dolor e incomodidad. Fácil.

Pero, ¿cómo llevamos esto a la vida diaria? Escuchando a tu cuerpo, principalmente.

No normalices el cansancio y ofrécete descansar. Si te notas acelerada, haz una pausa. Si estás confusa, no logras poner las cosas en orden y ni siquiera sabes por dónde empezar, detente, haz silencio y ordena tu mente.

Cuando queremos algo, generalmente debemos esforzarnos. Madrugar para ir a trabajar, estudiar horas y horas, ir a clase, atender la casa, ¡mil cosas! Mil cosas que pueden requerir un esfuerzo por nuestra parte; pero si comenzamos a forzar nuestro cuerpo y no atendemos esas señales de cansancio de las que hablaba, tarde o temprano te hará parar.

Te parecerá una tontería, pero yo tengo comprobado que, cuando me pillo un resfriado, es mi cuerpo diciéndome «no has querido parar, pues no te preocupes que te paro yo».

4. Amor vs. Miedo

Finalmente, el cambio más poderoso de todos. Cambiar el miedo por el amor y empezar a actuar desde, por y para él.

Cuando haces algo ¿por qué lo haces? ¿Porque te amas y quieres darte lo mejor o porque no te amas y quieres cambiar cosas para amarte?

Aunque pueda parecer imposible, puedes empezar a amarte desde ya y comenzar a actuar porque te quieres, en lugar de para quererte. Por supuesto que, en algunos casos, es un trabajo muy duro que se debe hacer acompañado de un profesional y que, además, puede llevar su tiempo. Pero te dejaré un apunte por aquí, por si quieres reflexionar sobre ello.

El amor que tú tienes hacia ti misma ya existe. Quizás está apagado o escondido, pero está ahí. Es algo con lo que nacemos, como un derecho fundamental que no depende de lo que hagamos o logremos en la vida. Tu amor por ti se debe únicamente a que existes y, precisamente por existir, ya puedes empezar a amarte.

Puedes continuar postergando el quererte, pero también puedes probar a observarte con unas gafas distintas a las habituales. Si quieres cambiar, que sea porque te amas y quieres lo mejor para ti.

Nota si el miedo a no ser suficiente mueve tus días. Si el estrés y las prisas por llegar siempre a algún lugar tienen su base en ese miedo y, si quieres, comienza a trabajar en ello.