Cada vez lo tenemos más difícil para llegar enteros al 7 de enero. Las Navidades se han convertido para muchos en una competición contra ellos mismos. Los regalos, las cenas de empresa, los amigos invisibles, las comidas o cenas familiares, la decoración, la casa… hacer cábalas con la economía familiar para llegar a todo.  Unos días que deberían ser placenteros, para disfrutarlos con las personas más queridas, se pueden convertir en angustiosos y estresantes para muchos, ya no solo es el dinero son la cantidad ingente de planes y la presión de querer siempre que la Navidad sea perfecta.

Saborear debería ser lo fundamental. Saborear lo preciosa que está la ciudad iluminada, un paseo muy abrigado y una taza de chocolate o un vino caliente, las ferias de navidad, el momento de decorar el árbol, montar el pesebre, buscar o crear un calendario de adviento diferente, compartir los décimos de la lotería de Navidad, reencontrarte con los que están lejos, descorchar una botella de cava y brindar porque estamos juntos, contemplar las sonrisas de nuestros seres queridos al descubrir nuestros regalos… Pero muchas veces nos perdemos por el camino, nos creamos muchas obligaciones que nos molestan y llegamos a ese momento agotados.

La cultura japonesa tiene un precepto con el que no puedo estar más de acuerdo. Dice que, si tienes afecto por alguien, no le compres un regalo, obséquiale con una cosa que tú poseas y que te guste. Soy enemiga del consumismo desenfrenado, por lo que me veo muy reflejada en esta máxima japonesa.

Existen muchas formas de aliviar el peso que puede suponer esta etapa. Lo que yo siempre recomiendo en mis terapias es la organización y la anticipación. Decidir lo que nos da placer y lo que no, quizás porque no sabemos hacerlo – por ejemplo, preparar una comida de Navidad – o por sentirlo como una obligación.

Si todos tenemos de todo, comprar cosas porque sí, para cada miembro de la familia o reunión puede ser bastante inútil. Yo creo que más divertido en estos casos celebrar un amigo invisible familiar. Con ello podemos disfrutar del proceso, dedicando toda la energía a la sorpresa de uno de los miembros, compincharnos con los demás, etc…

Con una determinada anticipación, y solicitando ayuda, podemos convertir las “obligaciones” en placer: involucrar a tu suegra en el diseño del menú de Navidad puede resultar clave para limar asperezas; elegir cómo vestir la mesa con tu hija adolescente o con los pequeños, dejándoles aportar una felicitación o dibujo para cada uno, organizar juegos para las largas sobremesas... De esta manera, transformaremos este proceso en un cúmulo de pequeños momentos de magia y de placer.

 

Ana Lombard, terapeuta y creadora del método ANA LOMBARD de gestión del estrés y de la aplicación idstress