Para muchos de nosotros nuestro día a día se resume en un eterno y gigantesco «tengo que». Tenemos que ir al trabajo, tenemos que aguantar al jefe, tenemos que llevar los niños al colegio, adelgazar, hablar con la pareja, pagar las facturas, llamar a la amiga que no aguantamos pero con la que tenemos una relación estrecha, ir a la comida con la familia política y un larguísimo etcétera. Todo ello porque creemos que llegando a todo, al final de la maratón, encontraremos la felicidad.

¿Has contado alguna vez las veces que dices a lo largo del día «tengo que»? Tengo que irme ya, tengo que presentar los informes, tengo que salir al banco, tengo que llamar a la compañía del teléfono, tengo que quedar con fulanita, tengo que hacer el disfraz del niño, tengo que comer mejor, tengo que apuntarme al gimnasio, tengo que entrar en esos pantalones, tengo que mejorar el aspecto de mi celulitis, tengo que recuperar la figura, tengo que teñirme las raíces, tengo que, tengo que, tengo, tengo, tengo. ¡Qué agotador!

Tenemos tantas cosas que hacer que no somos capaces de invertir algo de tiempo en replantear cuántas de esas cosas realmente son importantes, imprescindibles o urgentes. Y lo peor todo, el «tengo que» ha echado raíces en un tema que jamás debería haber colonizado: la felicidad.

Actualmente podemos encontrar mucho contenido acerca de la felicidad, la felicidad no está aquí, está allí, eso no es felicidad, esto sí, la felicidad es un estilo de vida, una actitud, una decisión, la felicidad para arriba y la felicidad para abajo. ¡Yo misma escribo sobre la felicidad muy a menudo! Y es precisamente por ello, que hoy vengo a darte el siguiente mensaje: no tienes que estar siempre feliz.

A menudo me levanto por la mañana y me dirijo a la cocina cual zombie, con un ojo todavía cerrado y el otro muy a la mitad, abro el armario de las tazas y los vasos y ahí la veo; ahí está la taza que me dice «Sonríe que la vida vuela». Emito la onomatopeya de rigor y espeto algo como «¿y si no quiero, qué pasa?».

Tengo la sensación de que todos los mensajes que recibimos en relación a la felicidad tratan de dejarnos dos cosas claras: es muy fácil ser feliz y hay que estar feliz todo el tiempo. Como podrás imaginar, nada más lejos de la realidad. Ni tenemos un concepto sano de felicidad, ni es fácil alcanzarlo, ni es viable mantenerlo eternamente.

 

¿Tengo que ser feliz?

 

Partamos de una distinción fundamental, la felicidad que vende y la felicidad real. La primera es un estado de alegría permanente y la segunda responde a «un estado de grata satisfacción espiritual y física», así lo define la RAE.

El estado de grata satisfacción o, lo que yo llamo, de paz interior y equilibrio corporal, mental y espiritual es perfectamente compatible con los días malos, los momentos de tristeza, los enfados rutinarios y los vaivenes generales de la vida. La alegría permanente no.

Dicho esto podemos responder a la pregunta que da título a este apartado: no tienes que estar alegre todo el día, pero sí puedes ser feliz pese a los altibajos.

No tienes que estar siempre alegre, no tienes que sonreír todo el tiempo, no tienes que tener un humor estable, ni ser siempre sociable, ni tener siempre la misma paciencia. Somos humanos, tenemos aspectos físicos y mentales que alteran nuestra percepción de la realidad, nuestro estado de ánimo y nuestra forma de comunicarnos. Por muy felices que seamos, muy tranquilos que vivamos y mucha paz interior que estemos cosechando, nuestros días no siempre van a ser buenos.

No te tortures, después de una meditación hay una vida real.

 

¡Lo tengo todo! ¿Por qué no soy feliz?

 

¿Qué te parece si le damos una vuelta más a la explicación que te estoy ofreciendo antes de responder? Piensa que ser feliz es un estado interior de paz y conexión contigo y con el Todo. Esa es la verdadera felicidad, el equilibrio que se mantiene cuando ocurre lo que esperas y cuando no. ¿Crees que esa paz interior depende de lo que tienes?

Si la felicidad dependiese de las cosas que tenemos, ninguno de nosotros sería feliz porque nunca tenemos tanto como nuestra mente quiere llegar a tener. ¡Si fuera por la mente estaríamos constantemente en un eterno «tengo que» buscando una felicidad que nunca llega!

Entonces, si no depende de lo que tenemos o de lo bien que nos va en la vida, ¿de qué depende? De la aceptación.

Si logramos comprender y aceptar que la vida no es como queremos que sea, que van a ocurrir cosas que no nos gustan lo queramos o no, que las discusiones vienen para aprender y no para batallar, etc, podremos alcanzar una paz interior y, por tanto, una felicidad tan estable que será mucho más fácil sobreponerse a todo cuanto nos ocurra.

 

Pero… ¡Y si mi insatisfacción me impide llevar una vida normal!

 

Sí, a veces esa sensación de infelicidad nos sobrepasa. Cuando eso ocurre podemos acudir a profesionales que nos ayuden, al deporte, a la meditación y a otras herramientas concebidas para el bienestar. Sin embargo, no está de más trabajar ahora una buena base de equilibrio interno que nos permita comprender la realidad y atravesarla como podamos y sepamos en ese momento. Siempre con ayuda, siempre con herramientas, pero será un camino que andaremos nosotros con nuestra buena base de calma diaria.

Recuerda que somos seres espirituales viviendo una experiencia humana, cuando se trate de tu felicidad, piensa más allá de lo que ves, nota lo que sientes y encuéntrate con la energía que te habita. Destierra la obligación de estar siempre al 100% y casi de forma automática podrás encontrarte en tu oasis de calma.