No son muchos los nombres de mujeres que han llegado hasta nosotros desde el mundo antiguo, el anterior a la extensión del cristianismo. Se recuerda a algunas reinas poderosas –y a menudo malignas–, o a ciertas protagonistas de grandes hazañas. La historia se ha ocupado en cambio muy poco de las que destacaron por su talento, su inteligencia o sus conocimientos. Debieron de existir, pero apenas han dejado memoria en las fuentes escritas a las que podemos recurrir para reconstruir aquel pasado lejano. El caso de Hipatia de Alejandría es una excepción: como filósofa, astrónoma y matemática, su nombre ha permanecido a lo largo del tiempo, rodeado de un aura muy poco común de mujer sabia. Hipatia vivió hace 1.600 años, a caballo entre el siglo IV y el siglo V, en esa ciudad del norte de Egipto, que por aquel entonces pertenecía al Imperio Romano y era muy importante por su vida intelectual y cultural. Su padre, Teón, era un astrónomo muy respetado en su época. Él educó personalmente a la niña desde pequeña, ayudándola a desarrollar su capacidad para las ciencias y el pensamiento, actividades que entonces se consideraban unidas: como otros padres amantes, no quiso convertir a su hija en un puro recipiente para procrear.

Hipatia pronto se hizo famosa por su sabiduría. Tanto, que acabó siendo la cabeza de la escuela de filosofía neoplatónica que se desarrolló por aquel entonces en Alejandría. Convertida en una maestra de gran prestigio, comenzó a enseñar a numerosos discípulos, jóvenes que acudían desde lugares muy distantes para asistir a sus clases, igual que ahora los buenos estudiantes buscan las mejores universidades nacionales y extranjeras. Con sus conocimientos, su honradez y sus buenos consejos, se ganó el respeto de los gobernantes de Alejandría y, en particular, el del prefecto Orestes, el máximo responsable de la ciudad, que era gran amigo suyo y confiaba plenamente en sus criterios políticos y éticos. Pero las luchas por el poder eran en aquellos momentos terribles. Giraban en especial en torno al cristianismo, proclamado poco tiempo atrás religión oficial del Imperio por el emperador Teodosio, en el año 380. Esa decisión provocó numerosas tensiones entre los no cristianos, o paganos, y los cristianos, que ahora se veían plenamente respaldados para extender su dominio a todos los aspectos de la vida.

En el año 415, el Patriarca de Alejandría, Cirilo, soberbio y ambicioso, combatía contra el prefecto Orestes por hacerse con el poder en la ciudad. Hipatia, consejera de Orestes y para colmo pagana, fue víctima de esa lucha: Cirilo y los suyos comenzaron a acusarla de ser la culpable de la enemistad entre ambos hombres y a tratarla como a una bruja. El odio contra ella fue creciendo, y un día, en plena Cuaresma, su carruaje fue asaltado por cristianos fanáticos que la arrastraron hasta la catedral. Allí la desnudaron, la golpearon con piedras y finalmente la descuartizaron, paseando sus restos en triunfo por la ciudad hasta prenderles fuego. El horrible asesinato de Hipatia suele ser considerado como un símbolo del final del antiguo mundo pagano, mucho más libre y relajado, vencido por la estricta moral del joven cristianismo, a menudo muy cruel. También como el fracaso de la razón filosófica frente al oscurantismo supersticioso. Al menos, su recuerdo permaneció rodeado de luz, mientras que el del patriarca Cirilo quedó para siempre ligado a aquel crimen injustificable.