La rutina a veces se puede convertir en un obstáculo para conectar contigo misma. Repites, de forma mecánica, algunas acciones cada día: te levantas, trabajas, reservas una pequeña parcela para el ocio –si es que consigues abrirte paso entre las obligaciones– y te vas a dormir. Llega mañana, y vuelta a empezar. En medio del camino puede que hagas una parada y te aborden algunos porqués: ¿estoy viviendo como un autómata?, ¿me gusta lo que hago? o ¿qué es lo quiero? Estos interrogantes están sujetos a la condición de existir. Si la respuesta no te gusta puede producir una sensación de insatisfacción angustiosa, pero que abre la posibilidad a mejorar tu cotidianidad.

El estrés o la ansiedad, trastornos tan presentes en la actualidad, son reacciones muy molestas y casi inmovilizantes para quien las sufre. Sin embargo, al experimentarlas también te invitan a reconsiderar cómo estás viviendo y qué puedes hacer para sentirte mejor. Todo ese proceso requiere un tiempo y un espacio propios. En Inteligencia espiritual (Plataforma editorial), el filósofo y teólogo Francesc Torralba da estrategias para poder reflexionar sobre los porqués vitales y conocerse de forma plena.

Disfrutar de la soledad

“Para escapar de uno mismo, uno se llega incluso a contentar con la mala compañía y puede llegar a tolerar la incomodidad de su presencia, con tal de no estar consigo mismo”, apunta Torralba. La soledad buscada, esa en la que deseas encontrar un rato para ti misma, es una de las vías para cultivar la madurez. Estar sola y en silencio propicia la posibilidad de reflexionar y es una práctica que te colmará de bienestar.

Avivar el diálogo

En una conversación hablas y escuchas, pero el diálogo, cuando atiende a reflexiones profundas, exige aceptar las ideas ajenas y conectar con la persona que tienes enfrente. Aparte de intercambiar palabras y silencios, dialogar permite conocerse mutuamente y ampliar la percepción propia sobre las cosas.

Ejercitar el cuerpo (y la mente)

Torralba señala que “todo ser humano se puede proponer objetivos tras una reflexión meramente espiritual, pero no puede alcanzarlos sin la colaboración de su cuerpo”. El filósofo destaca que aunque, aparentemente, el ejercicio sea una práctica corporal, en el fondo contribuye a desarrollar la valentía, la superación, a canalizar las emociones negativas… En definitiva, el deporte te ayuda a fortalecer el carácter mediante la práctica física y a trascender los límites que estableces en el plano mental con lo que dedícale al deporte al menos 30 minutos de tu día.

Aprender a aburrirse

Trabajas o estudias, cuidas de la familia, pones orden en casa; y cuando llega el tiempo del ocio confeccionas una agenda de encuentros, actividades, vacaciones de verano en la otra punta del mundo… Con todo, te queda poco margen para la inactividad. Tener la posibilidad de aburrirse y de gozar del dolce far niente brilla por su ausencia en una sociedad llena de estímulos tecnológicos, en un entorno donde el que más hace –o el que más muestra qué hace– es el que más gusta a golpe de clic. Pero un parón para no hacer absolutamente nada –aparte de aportarte los beneficios físicos de un buen descanso–, es también una forma de entretenerte. Y, además, una oportunidad para ir encontrando el sentido de todo lo que vives.