Independientemente del ámbito social donde se de la relación (pareja, familia, amigos, trabajo, etc.), será considerada como tóxica cuando las personas involucradas en la misma terminan lastimadas física, emocional o psíquicamente. Se trata de relaciones que enganchan, sintiéndonos atrapados en una red negativa de la que nos es muy difícil salir.

Si a ratos preferirías no estar con esa persona porque te hace sentir mal, porque tu vibración cambia, porque te alteras hasta puntos que nunca creíste llegar, si te sientes manipulado cuando utiliza los sentimientos de culpa, sarcasmo o ironía para contradecirte, si sientes que no mereces ese trato pero no acabas de poner fin a esta relación, entonces estás atrapado en una relación tóxica.

Poniendo en una balanza nuestro estado emocional pasamos más tiempo sintiendo ansiedad o tristeza, que felicidad y paz. Una o ambas partes sufren más que gozan del hecho de estar juntos. Lo que les supone un importante desgaste emocional al tratar constantemente de convencerse de que ellos mismos pueden salvar esta unión.

Al tratar de llevar una relación cordial la persona que no transciende el malestar acaba por desvirtuar su propia realidad convenciéndose a sí misma que si no muestra la incomodidad que le producen ciertas situaciones, evitará una nueva confrontación. ¿Pero realmente esto es vivir o es dejarse llevar? No tener las riendas de tu propia vida hará que en cualquier momento la situación se desborde. Si no nos mostramos como somos ¿cómo nos van a entender los demás?. La comunicación será básica en la construcción de relaciones sanas.

Cada persona es diferente y maneras de mantener una relación hay muchas, aún y así, cuando hablamos de toxicidad encontramos ciertos rasgos comunes, ¿cuáles son?:

 

1. Baja Autoestima

La autoestima es un conjunto de percepciones, valoraciones y sentimientos que hacemos sobre nosotros mismos. Se considerará baja cuando nuestras creencias estén basadas en no ser merecedores de algo mejor, por lo que en el caso de este tipo de relaciones se tiene la idea de que no podemos estar sin esa persona porque ella es la que siempre ha estado ahí para ayudarnos en todo. Empiezan las preguntas recurrentes como ¿quién me va a cuidar? ¿quién me va a amar? ¿quién me va a animar a seguir adelante?

 

2. Creer que somos la solución a sus problemas

Por el contrario podemos tener la sensación de que nosotros somos salvadores de esa persona, que podemos calmar sus malestares y conseguir que vea la realidad desde otro punto de vista idóneo para ambos. Se fantasea con el hecho de que hemos llegado a su vida para hacerlo cambiar, que con nosotros la cosa será diferente. Esto provoca mucha frustración y mucho sufrimiento, ya que hemos basado nuestra relación en unas expectativas poco reales, en vez de basarla en el aquí y ahora.

Si bien es verdad que se pueden cambiar rasgos de personalidad en la otra persona, esto sólo sucederá cuando ésta esté dispuesta a cambiarlos y no antes. Por lo que el deseo de mejorar la vida del otro no tiene que significar que el otro la quiera mejorar, es ahí donde se produce la frustración. Como vimos, no podemos cambiar el entorno, pero sí la actitud con la que nos enfrentemos a él.

 

3. Yo soy la víctima en esta historia

Llegamos a creernos las palabras hirientes que nos dicen y pensamos ¿quién nos va a querer más que él/ella?. Si tan mala persona soy y no me merezco nada, ¿cómo voy a dejar esta relación con la suerte que he tenido de dar con alguien que si me aguante?. Ese miedo a quedarnos solos y pensar que tenemos lo que merecemos, es lo que acaba siendo más limitador. Una vez se trata de una cuestión de inseguridad.

 

4. Dependencia Emocional

Tratamos de suplir carencias afectivas, pretendemos que el otro nos de lo que nosotros mismos no somos capaces de gestionar. Esta sensación en ocasiones nos lleva a mendigar cariño y es cuando empiezan los desencuentros emocionales. Tendemos a conformarnos con las migas del pan, pudiendo luchar por tener el pan completo, por lo que la sensación de querer llegar y no conseguirlo, se acaba convirtiendo en una fuente de estrés importante.

 

5. Miedo a quedarse solo

Quizás esta sea la característica más común, ya que por miedo a no quedarnos solos toleramos cualquier tipo de relación, aunque ésta nos haga sentir mal. Pero lanzo una pregunta al aire ¿no es peor la sensación de estar sólo aún estando acompañado?

No debemos confundir soledad con desolación, la soledad es un estado en el que la persona encuentra la paz interior, la desolación es sentir esa carencia de no estar acompañado de alguien que consideramos que nos aporta lo que nosotros no sabemos darnos.

 

6. Miedo a lo que está por venir

Otras personas se acomodan dentro de esta relación, por mucho malestar que les aporte, por miedo a seguir adelante con su vida y abrir nuevos caminos que les ayuden a crecer, desarrollarse, cambiar y superarse. Es lo que llamamos la zona de confort, aquella que nos aporta cierta seguridad aunque sea dentro de un malestar.

 

7. Vemos sólo aquello que queremos ver

Muchas veces acabamos aburridos de nuestra propia existencia y buscamos en el otro facetas más favorecedoras al estado de ánimo, que nos ayuden a dejar atrás la desidia que arrastramos. La complicación aparecerá cuando al sólo prestar atención a aquello que queremos ver, obviamos la parte contrapuesta donde se hallan los comportamientos tóxicos que no queremos identificar.

 

8. Necesidad de cumplir un rol social

Sucede cuando hacemos las cosas por que “es lo que toca”. Nos casamos a cierta edad porque consideramos que ya nos hacemos mayores, tenemos hijos porque se nos va a pasar el arroz o renunciamos a ciertas conductas individuales porque socialmente no está bien visto que tengas libertad al estar en pareja, entre muchas otras cosas. Todo este tipo de decisiones sociales en vez de pensadas en función del sentir, hace que se priorice lo que se espera de uno y no se entra a valorar si la relación funciona o no funciona. A veces, tratamos de enmascarar la realidad por tal de aparentar, lo cuál es un sin sentido, porque estaremos tirando piedras a nuestro propio tejado y eso no nos aportará felicidad.

 

Amar no significa dar sin ninguna clase de límites, es algo que debemos estar muy en cuenta. ¿Cómo establecer dichos límites?

- El respeto y el amor a uno mismo tiene que estar por encima de todo, sin una buena valoración propia no podremos construir relaciones emocionalmente saludables. Si no nos queremos, no nos hacemos valer y ensalzamos las cualidades de la otra persona pese a que éstas pueden ir en nuestra contra.

- Si la comunicación con el otro te hace daño, sientes que impide que te sigas desarrollando e impide que relegues aquello que para ti es importante, hay que establecer un límite y no tolerar abandonarnos. No hay que dejar de lado nuestras ilusiones, deseos y sueños por intentar mantener una relación que a la larga acabará por resultarnos insostenible.

 

¿Se puede salir de una relación tóxica?

La respuesta es sí. No diremos que es un camino fácil, porque no lo es, pero tampoco es imposible. ¿Qué pasos daremos?

1. Lo primero será identificar si realmente estamos inmersos en una relación tóxica o no.

2. Si llegamos a la conclusión de que sí, entonces trataremos de averiguar que papel jugamos dentro de la relación: salvador, maltratado, sumiso, etc.

3. Teniendo clara nuestra participación dentro de la trama, decidiremos abandonar nuestro rol buscando así un cambio de actitud en la otra persona. Por ejemplo, para que sea factible un rol de “verdugo” debe existir alguien que asuma el rol de víctima.

4. La comunicación siempre será la herramienta emocional básica en toda interacción. A través de ella comunicaremos nuestras emociones y sentimientos, y tomaremos las decisiones que sean más acordes a nuestro bienestar.

5. Debemos tener siempre claro que nada nos ata a nadie, que somos libres para decidir con quien queremos y con quien no queremos estar, y para ello el concepto de uno mismo es importantísimo, ya que así como yo me valore construiré mi relación con los demás.

Toda relación tiene que estar basada en el amor, el respeto, la comunicación, la libertad y la confianza, ya sea una relación de pareja, de amistad o de cualquier otro tipo.

 

CIARA MOLINA, de su libro Emociones expresadas, emociones superadas (Oniro)

Psicóloga Emocional