¿Ha llegado el momento de que el Hygge danés se eche a un lado? Directo desde oriente, cuna de tradiciones milenarias para el bienestar, llega un último fenómeno. Y evidentemente, no, el nombre tampoco es sencillo de pronunciar. Hablamos del ikigai, un término japonés que une las palabras ikiru (vivir) y kai (que lo que esperamos se haga realidad) y que resulta en una filosofía de vida que viene a significar la idea de tener un objetivo para vivir.

Y es que el ikigai no busca la felicidad con trucos mágicos o atajos si no que nos propone un viaje interno, un conocimiento personal para buscar y reconocer aquello en lo que somos buenos, lo que se nos da bien y nos gusta hacer. Nuestras capacidades natas tomaran el protagonismo con el menor gasto de energía que eso supone.

El ikigai se podría considerar como nuestra razón de ser, nuestro objetivo para abrir los ojos cada mañana y vivir plenamente. Supone, además, nuestra aportación al resto del mundo. Nuestro pequeño lugar en el tejido de las cosas. Nuestra existencia está justificada, tenemos –sin pasarnos de místicos– una “misión” que nos gusta realizar y que se nos da bien. Y eso suena como una muy buena receta para el autoestima…

Este concepto apareció en el camino de los españoles Héctor García y Francesc Miralles, autores de Ikigai: los secretos de Japón para una vida larga y feliz y de El método Ikigai, cuando se desplazaron a una de las zonas del mundo con personas con una vida más longeva: la isla de Okinawa.

Ahí comprobaron que un gran número de personas mayores de 100 años vivían una vida con la filosofía ikigai como ingrediente básico. Mostraban, además, una muy buena salud gracias a combinar esta filosofía de vida con una serie de hábitos como mantenerse activo siempre, dejar a un lado las prisas, rodearse de un buen círculo de amistades o vivir el momento.

 

Lo llevas dentro

Todas las personas tienen un ikigai, lo llevamos dentro pero no todo el mundo lo ha encontrado. A pesar de que es una filosofía que trae cosas positivas para toda nuestra vida, tiene un impacto especial y va íntegramente unida con la actividad laboral.

Convertir nuestro ikigai en nuestro trabajo puede ayudar a eliminar toda esa energía negativa y desgaste que se vive en un trabajo que no nos llena o que no satisface –e incluso destruye– nuestros deseos e instintos más personales.

Hay algunos momentos clave en la vida de una persona en los que la búsqueda del ikigai puede resultar en un cambio de rumbo muy deseado o en un esclarecimiento del camino a seguir. La adolescencia sería uno de los momentos ideales pero, quizá, los jóvenes no están preparados para hacer este trabajo de introspección ya que la baja autoestima es una característica habitual en muchos adolescentes.

Buscar y encontrar el ikigai nos puede cambiar la vida en ese momento de la madurez cuando sentimos una desconexión total con nuestro trabajo y el cuerpo nos pide un cambio. El ikigai nos está llamando desde nuestro subconsciente. Muchas personas maduras que han dejado trabajos de oficina para, por ejemplo, tener su propio huerto o dedicarse a trabajos más artesanos estaban abriéndole la puerta a su ikigai sin ni siquiera saberlo.
 

Ikigai secreto japones para vivir mejor pintura

 

Se busca: Ikigai

Todos lo tenemos pero, ¿cómo lo podemos encontrar entre el caos que somos nosotros mismos?

 

  • Los expertos proponen una serie de preguntas básicas empezando por identificar aquellos ambientes en los que nos sentimos cómodos. Así, por ejemplo, si sabemos que nos encontramos en nuestro elemento en comunidad, acompañados, podremos establecer que quizá nuestro ikigai sea realizar actividades de cara al público o con grupos de gente.
     
  • Tener claras qué actividades se nos hacen llevaderas. Esos momentos en los que, por ejemplo, te pones a escribir con la inspiración a flor de piel y, cuando miras el reloj, han pasado horas desde que escribiste la primera palabra. Es habitual hacer actividades en las que los minutos parecen horas. Cuando es al revés, hay que prestarle atención a lo que esto significa.
     
  • ¿Qué se te da bien? Esta es una pregunta que nos puede resultar más difícil de responder de lo que parece. Cuando no presumimos de tener una autoestima alta nos puede costar identificar aquellas actividades que nos resultan naturales. Pero si miramos bien, allí las tenemos. Quizá preparar un plato de cocina elaborado nos resulta pan comido. Quizá esa es la puerta a un largo camino.
     
  • Si este último punto no produce resultado a primera vista. Si creemos que en el fondo nada es lo nuestro, la solución la podemos encontrar con un sencillo viaje en el tiempo. Un buen truco es intentar recordar qué cosas se nos daban bien de pequeños. Con el paso de los años, los estudios y los palos de la vida, muchos de los talentos que tenemos se van ocultando. Hagamos buena memoria y eso puede ayudar a hacer un efecto de reseteo a nuestro sistema.

 

Si estas recomendaciones han dado resultado y lo tenemos identificado, cabeza fría. Para tirar adelante plenamente nuestro ikigai, como todo, tenemos que establecer un plan de ataque para ir acostumbrándonos o desempolvando una actividad que puede ser que tengamos atrofiada.

De la misma manera, cuando tenemos el ikigai muy claro y suponga un cambio radical, puede ser que debamos replantear nuestra vida a muchos niveles. No hay que tener miedo. Valdrá la pena, será para bien y afinaremos nuestra existencia como un violín.