Aunque puedan existir más opciones, estos son los caminos donde más he visto transitar a la gente que logra perdonar de verdad. El camino del amor. Al amor verdadero le sobra el perdón porque no alberga rencor. ¿Qué cosa no le perdonarías a un hijo? El amor es el antídoto principal. Aún así, ¿es posible pasar del odio al amor? ¿Amar al enemigo? No sé, quizás sea suficiente con no odiarlo.

El camino de la compasión. Compartir el dolor no es perdonar, pero a veces al ver sufrir al infractor e involucrarse en su dolor, el perdón empieza a gestarse, el corazón se ablanda. A mi modo de ver, la compasión prepara el camino para dar el salto hacia el perdón. El camino de la compresión. Es el preferido de los psicólogos clínicos. No obstante hay muchas dudas al respecto. ¿Perdonar es comprender? No necesariamente. Ante una agresión, puedo buscar razones y atenuantes y pese a todo sentir odio por quien me infligió el daño.

Jankélévitch afirmaba que además del conocimiento se necesita un impulso agregado, una energía suplementaria, para que el perdón tenga lugar. De tanto machacar, de tanto ponerse en los zapatos del otro, hay ocasiones en que el perdón asoma como una bendición, más o menos “comprensible”. El camino del desgaste. En los tres puntos anteriores, el proceso estaba centralizado en el otro: amarlo, compadecerlo o comprenderlo. En este caso el camino es más autorreferencial.

Hay ocasiones en que el desgaste que genera el rencor es tal que la persona decide perdonar como un acto de supervivencia: “Me casé de sentir tanto resentimiento”. No hay amor, ni compasión, ni comprensión, solo cansancio esencial que se revierte sobre sí mismo: odiar el odio. El perdón como mecanismo de defensa, como un recurso del yo sin importar tanto el tú: un autoregalo, lo hago por mí. “Te perdono porque quiero seguir viviendo en paz”; y el ofensor ni siquiera debe enterarse. El camino de la comparación. Es una forma de identificación por lo bajo: “El que esté libre que tire la primera piedra”, nos enseñó Jesús.

Existe otra entrada al perdón y es la de compararme con la persona que me lastima. ¿Cómo odiar a quien se me parece sin odiarme a mí mismo? Aquí el yo se involucra de otra manera. El mecanismo de identificación con el agresor no se hace desde el afecto sino desde la razón que coteja: “¿Cómo no perdonarte si yo hubiera hecho lo mismo?”. Cada uno transita su propio camino. Cada quien es el dueño de su dolor. Está claro que el perdón, como el amor, no se obliga ni se impone: es una decisión.

Dos aclaraciones importantes. Perdonar no es olvidar, es recordar sin dolor y sin rencor. Tampoco implica negociar los principios y los valores que nos definen o doblegar la propia dignidad. Uno puede dejar de aborrecer al culpable y aún así seguir defendiendo los derechos personales frente a ese individuo en cuestión. No implica abdicar de lo que creemos justo, sino protegerlo, sin violencia física o psicológica. Perdonar no exime de la justicia.