Con los años he aprendido dos cosas. Los problemas digestivos tienen mucho que ver con la cabeza y las emociones, sí. Pero también tienen que ver mucho con lo que entra en tu cuerpo, es decir, con lo que comes. Y es que como digo en el título de este testimonio, la digestión depende del corazón y la olla.

Me ha llevado años firmar la paz con mi estómago. Y esto ha supuesto un camino largo de conocimiento mutuo, de exploración y reconciliación conmigo misma, con mi vida y con mi cuerpo. Lo explico en el libro Digerir la vida (Plataforma). El título no es una frase hecha, sino pura experiencia: aprendiendo a hacer buenas digestiones he aprendido a digerir mi vida.

¿Cómo resumir este proceso? Voy a ser muy clara. Si no haces las paces contigo mismo y tu sistema digestivo es tu punto débil, harás malas digestiones, por muchas terapias que sigas y aunque tu dieta sea la más saludable. Pero también es cierto lo contrario: aunque seas la persona más feliz y equilibrada del mundo, si no comes bien y tu estómago es vulnerable, harás malas digestiones.

No podemos simplificar. Ni todo está en la cabeza, o en el corazón, ni todo es una cuestión puramente física y química. Pero vamos por partes. ¿Tu estómago sufre, y los médicos te dicen que “no tienes nada malo”? ¡A investigar toca! Te propongo centrarte en estas dos direcciones: el corazón y la olla.

La olla

Qué comes y cómo lo comes es fundamental. El estómago protesta si: a) no le echas buenos alimentos, b) le echas demasiada comida, c) le metes combinaciones explosivas. Así de claro.

malas digestiones frutas y verduras

¿Qué son buenos alimentos? En mi experiencia, todo lo que es natural, no procesado, no envasado, triturado, extraído o concentrado se puede catalogar de alimentos digestivos. Para resumir: plantas y “bichos”. Todo lo que puedes reconocer desde el campo hasta tu mesa. Si eres vegetariano, echa mano de todo lo que crece en el reino vegetal, especialmente carbohidratos complejos que te aporten suficientes calorías y proteína (cereales, legumbres, tubérculos), fruta y verdura a placer –mejor si es de temporada–.

Si tomas carne, pescado y huevos, procura que todo sea orgánico y tómalo en pocas cantidades, y no a diario. Evolutivamente hablando, nuestro tracto digestivo no está preparado para tomar carne y grasas animales dos y tres veces cada día. Son los alimentos que más cuestan digerir y tienden a provocar atascos en los intestinos. Por otra parte, elige formas de cocinar lo más sencillas y sanas posibles, sin frituras ni salsas: vapor, cocción, horno, plancha son las mejores. Si tu estómago es delicado, evita los crudos y tómalo todo cocido.

Con las cantidades no te pases, esto es sentido común. Intenta que tu estómago, como mucho, esté al 80 % de lleno. Quédate con la sensación de que podrías comer un poco más (quizás te apetecería), pero no lo hagas. Esto facilitará mucho tu digestión.

Y con las mezclas, ¡atención! Hay mucha teoría sobre la incompatibilidad de alimentos, puedes investigar por Internet y aprenderás (la página del Dr. Raúl Flint es muy clarificadora). Las mezclas más típicas que deberías evitar son: féculas con proteína animal, grasas con azúcares y frutas con cualquier cosa (la fruta es muy “señora”, siempre debería tomarse sola). No tomes postres dulces, eso te puede arruinar la digestión. Recuerda que una mala mezcla genera fermentaciones en tu estómago e intestino, y la fermentación produce gases, hinchazón, dolor, alcoholes y tóxicos que no te alimentan y te causarán daño al cuerpo.

Una regla sencilla que suelo seguir es esta: lo que no mezclarías en el plato, no lo mezcles en el estómago. ¿Quién se comería un bistec bañado en natillas? ¿Unos macarrones con yogur de fresa? ¿Un pescado con helado chocolate? Tú mismo...

En resumen: buenos alimentos, preparados de forma sencilla, sobriedad y evitar mezclas explosivas. A esto añádele el cómo lo ingieres: mastica bien, con calma, ensalivando y saboreando. Procura comer en la mesa, con tranquilidad, con los cubiertos bien puestos... y en buena compañía. Nada de comer de pie, en el sofá ante la tele o de forma apresurada. Nada de “comidas de trabajo”. Comer es un acto íntimo para compartir con personas queridas. Debe ser un momento relajado y agradable. Plantéate un cambio radical en tu forma de comer: esto hará maravillas en tu estómago, más que el mejor antiácido.

Qué evitar

Evita algunos ingredientes irritantes para el estómago. Los peores y que portanto no son alimentos digestivos son: alcohol, café, carnes rojas, especias picantes, chocolate (ay), leche, quesos y los dulces que lleven harina, azúcar y grasa (es decir, casi todos). Algunas personas pueden ser sensibles a ciertos vegetales: cebolla, ajo, pimiento, tomate, incluso algunas frutas. Prueba y observa. Si te sientan mal, aunque sean sanos para otros, evítalos.

Ya puedes ver que la comida rápida y la bollería son enemigos del estómago. Evita hornos, panaderías, pizzerías y hamburgueserías. ¡No hay otra!

Tampoco recurras a los antiácidos. Son el remedio fácil y rápido ante una mala digestión, pero lo único que hacen es atajar los síntomas y dar un alivio efímero. Consumidos de forma crónica los antiácidos causan estragos en tu estómago: evitan que los jugos digestivos hagan su trabajo, la comida no se digiere bien y lo que pasa al intestino es una mezcla indigesta que provoca desde gases hasta estreñimiento, inflamación o diarreas.

Además, muchos antiácidos contienen aluminio, un mineral que favorece la degeneración neuronal y enfermedades como el temido Alzheimer. Más vale que comas bien antes de tener que recurrir a estos fármacos. Recuerda: ningún medicamento es inocuo ni debería tomarse de manera continua durante años. Te lo dice una ex adicta al Almax Forte... Cuando una amiga doctora me explicó lo que el jarabecito blanco hacía en mi organismo, tiré el que me quedaba en la nevera y jamás he vuelto a comprar una botella nueva.

Cómo he ganado mi batalla

Te voy a explicar los pasos que, en mi caso, han sido decisivos para mejorar mis malas digestiones de forma espectacular. Ojo, porque cada persona es única y quizás lo que para unos va bien para otros no tanto. No tomes decisiones sin informarte bien y consultar a tu médico. Pero lo que es bueno para estómagos muy delicados, como el mío, difícilmente perjudicará a nadie. ¡Te invito a probar y comprobar! Si algo te va bien, escucha a tu cuerpo. Nadie mejor que tú para saberlo. El estómago nunca te engaña.

malas digestiones evitar los dulces

Lo primero que hice fue eliminar el azúcar y los postres. ¡Gran cambio! Se nota desde el primer día. Una comida sin postre dulce quizás nos deja con el paladar ansioso (el azúcar es una droga dura, de lo más adictiva). Pero el estómago te dirá: ¡gracias! En pocos días te acostumbras y el bienestar digestivo que sientes compensa con creces.

Lo segundo, renuncié a los lácteos. Incluso los yogures. La mayoría de adultos no tenemos enzimas suficientes para digerir los componentes de la leche y sus derivados, y esto causa problemas de todo tipo. Si crees que los yogures están llenos de bacterias beneficiosas, desengáñate: con el proceso de pasteurización o uperisación de la leche las bacterias mueren.

En cuanto al calcio, como la leche químicamente es ácida, el cuerpo tiene que contrarrestar la acidez con el calcio de los huesos, así que no te va a proteger contra las fracturas ni la osteoporosis. Hay muchos otros alimentos ricos en calcio y no ácidos, como las verduras de hoja verde, la soja, las almendras, los orejones y los higos. Los supuestos beneficios de los yogures son excelente marketing, pero con poca base real.

Tercero: eliminé el pan. Para muchas personas el gluten del trigo y otros cereales es indigesto y causa problemas digestivos. Hoy día no necesitamos pan para estar bien alimentados. Quitar el pan también da resultados inmediatos: aligera la digestión, baja la hinchazón y los gases. Las harinas en general son comida muy concentrada que cuesta de digerir. Mejor toma cereales enteros bien cocinados (arroz, cebada, centeno) o granos como la quínoa o el alforfón. Deliciosos y sanos. Estos dos últimos son súper digestivos y favorecen el tránsito intestinal.

Cuarto: los crudos. Aunque la comida cruda, en sí, es muy sana y nutritiva, no todo el mundo la digiere bien. En mi caso, tras décadas de consumir ensaladas, pan y lácteos, mi tracto intestinal se irritó muchísimo. Energéticamente hablando, los crudos producen mucho frío y humedad en el organismo. Así que una parte de mi curación la debo a haber abandonado la comida cruda y a tomarlo todo cocinado, hervido, al horno o al vapor. Si tu estómago es muy delicado, toma nota.

Quinto: la gran revolución en mis problemas digestivos fue dejar el aceite. De todo tipo, incluidos los vírgenes de prensión en frío. Sé que esto es una «herejía» en nuestra cultura mediterránea. Decir no al aceite de oliva parece una locura. Mi decisión fue muy meditada. Leí mucho y tardé en decidirme.

malas digestiones evitar el aceite

Me apoyé en el trabajo de varios médicos americanos (John McDougall, Neil Barnard, Caldwell Esselstyn) que hace décadas tratan a sus pacientes con dietas sanas y sabrosas, y con excelentes resultados. Uno de los alimentos que erradican de sus regímenes son los aceites, pues se trata de concentrados de grasa pura, muy potentes y artificiales, una bomba en el cuerpo.

Desde el punto de vista digestivo, las grasas son el compuesto químico más duro de digerir. Se descomponen en el duodeno, con las sales biliares que segrega el hígado a través de la vesícula. Cualquier problema o debilidad en estos órganos va a dificultar la digestión de las grasas, y esto sucede a muchas personas que son intolerantes a las grasas y no lo saben. Ignorantes del hecho, creen que un buen chorro de aceite de oliva virgen les va a beneficiar, incluso para la digestión.

Mi experiencia al dejar el aceite fue reveladora. En un día me desaparecieron los típicos ardores de estómago que me había acostumbrado a sufrír, día sí y día no. No podía creerlo, pero es así: desde que dejé los aceites, mi estómago ha dejado de estar en llamas. Luego, en algunos foros de pacientes, he comprobado que muchas personas han tenido la misma experiencia. Para mí ha sido el cambio más decisivo.

¿Quiere decir esto que no tomo nada de grasas? Sí, las tomo en su forma natural. Mis grasas son las que se encuentran en una nuez, una almendra, un plato de legumbres o un aguacate. Grasas acompañadas de agua, fibra, vitaminas... en su “cápsula” natural, digestivas y sin procesar ni refinar. Esta es la forma ideal de tomar grasas, ni más ni menos. Nuestro cuerpo no necesita mucho más.

Finalmente, he aprendido a comer con más calma, me esfuerzo por masticar y saborear más y evito comer mientras trabajo, algo que muchas personas que comemos solas estamos tentadas a hacer. Olvídate de comer mientras revisas tu correo, escribes, lees la prensa digital o repasas un informe en el ordenador. No comas mientras ves la tele.

Cuando comas, practica la consciencia plena, el estar presente. Saborea el momento y el bocado. Nada más. Cuesta, sí, pero cuando te acostumbres a disfrutar de la comida de esta manera no querrás comer de otra forma. Recuerda: comer es darte energía, es alimentar tu vida... Es un acto sagrado. No lo banalices. No vale comer de cualquier manera.

El corazón

¿Qué decir del corazón? O sea, del mundo emocional, mental, espiritual... de esta realidad ―llamémosla alma― que es inseparable del cuerpo y con el que siempre interactúa. Pues que el alma también influye en la digestión, claro. Muchas indigestiones vienen de un estado de estrés continuo, un miedo, una angustia, el sufrimiento causado por un desamor o una relación conflictiva.

malas digestiones problemas digestivos

Cuando nuestro cuerpo está bajo estrés, el sistema nervioso vago, que regula la digestión, se pone en huelga. Toda nuestra energía va al cerebro, a los músculos, a los tejidos que nos preparan para la acción: lucha, huída, alerta. El sistema digestivo queda poco estimulado, a medio gas. El estómago no segrega suficientes enzimas y jugos, el intestino se paraliza, el bolo alimenticio que tenemos dentro se estanca, fermenta, se pudre y se desliza con torpeza acumulándose en nuestras tripas... Las bacterias del colon se desesperan: algunas proliferan con los alcoholes de la fermentación y nos piden más y más azúcar, pero otras, las más beneficiosas, se mueren de hambre y no hacen su trabajo. Dejan de producir las sustancias que necesita nuestro cuerpo: desde ácidos grasos hasta hormonas y neurotransmisores. Todo el proceso digestivo se ve dañado por el estrés y las emociones negativas. Y, a su vez, una mala digestión provoca cansancio, desánimo y mal humor. En casos extremos, incluso depresión.

Enfrentarse a este problema puede ser más desafiante, aún, que cambiar la forma de alimentarse. Pero ¡se puede! Tu estómago y tu tripa te están avisando. Los problemas digestivos crónicos pueden ser la somatización de un conflicto interno, algo muy profundo que debes resolver. Son los mensajeros que te envían señales de alerta: ¡escúchalos! No son tus enemigos, sino tus aliados. De su mano puedes ir desentrañando no sólo lo que está mal en tu tripa, sino en tu vida.

Toma las riendas y camina con paciencia. Escucha, observa, prueba, reflexiona... Tu estómago es un reflejo de ti mismo. ¿Qué te está diciendo con una mala digestión? ¿Qué le estás echando, que no admite más? ¿Qué le hace daño? ¿Le estás haciendo tragar demasiadas cosas? ¿Lo estás envenando? ¿Por qué te niegas lo que te es necesario? ¿Te está pidiendo más mimos, más tiempo, más cariño y atención?

Es un camino largo y a ratos duro, pero fascinante. Puedes tener momentos de duda y confusión. Necesitarás experimentar, y tener fuerza de voluntad. Pero la meta es prometedora, te lo aseguro. Es una meta donde se atisba una vida más sana, más completa, con más sentido para ti. Y con mayor bienestar y alegría. ¡Vale la pena! Esta es mi experiencia.

foto montse mar

Montse de Paz es autora del libro Digerir la vida (Plataforma) y del blog
Buenas digestiones donde aborda las causas y remedios de la salud digestiva.