Cada vez que oigo “mi hijo y yo somos amigos” por parte de algunos de los padres que acuden a mi consulta, siempre sigo el mismo ritual: escucho atentamente, asiento con la cabeza, inspiro y mientras expiro el aire ladeo mi cabeza hacia un lado y digo: “pues lo siento mucho...”. Inmediatamente veo la cara de sorpresa en ese padre o esa madre que, muy tímidamente (algunos ni siquiera dicen nada), me preguntan “¿por qué...? Mi respuesta es clara y concisa: “porque acabas de dejar huérfano a tu hijo”. Ahí empieza gran parte de la terapia.

El rol de padres 

Entiendo la educación como la combinación de dos elementos fundamentales: amor y autoridad. Y a mí, mis amigos no me ponen normas ni límites. Tienen otra función. Pero mis padres sí lo hicieron en su momento, cosa que agradezco. De manera que, para poder establecer un vínculo sano, los roles deben estar claramente defi nidos. En muchas ocasiones, tras el “colegueo” paternal se busca una relación cercana con el hijo, algo que está muy bien, pero la comunicación que se establece no es la más adecuada. No hablamos del mismo modo con nuestros compañeros de trabajo que con nuestros amigos o con nuestros hijos. Las reglas del juego deben estar defi nidas. Aquí nos centraremos precisamente en el estilo paternal más adecuado y en el modo de comunicarse con los hijos de forma positiva, cariñosa y fi rme, sin ser su colega.

Cuidado con las críticas

Intenta siempre que tu hijo tenga ganas de hablar contigo, no que te rehúya con el típico “no me ralles” y “déjame en paz”. Si tu hijo te comenta “no me entiendes”, algo está fallando en vuestra forma de hablaros. Lo que más detestan los jóvenes son actitudes como las críticas destructivas, las interrupciones o las malinterpretaciones; que son las que, en la gran mayoría de los casos, los padres reprochan acerca de sus hijos. Quizás olvidando que ellos también reciben, en ocasiones, el mismo trato. Que no seas “colega” de tu hijo no es nada malo, créeme. Él te necesita como madre, le hace falta un referente porque hay ocasiones en que no va a saber qué hacer, por inmadurez, por falta de experiencia o por miedo. Tú eres esa guía que necesita para orientarlo y que pueda decidir autónomamente. No tengas miedo a que tu hijo sufra en la vida, desgraciadamente va a ser así. Ten miedo a que no sepa sufrir. Si lo educas en la evitación del sufrimiento (muy lícito pues nadie quiere ver sufrir a quien más quiere) es posible que lo hagas débil e inseguro ante las difi cultades de la vida. Habrá ocasiones en que no podrá evitar ciertas circunstancias pero siempre deberá tener un referente para tener una buena actitud que le permita hacer frente a ellas. Ese referente, durante los primeros años de su vida, eres tú. No pretendas ser su amiga, que ya los tiene, encamina todos sus esfuerzos para que tenga lo que más necesita: una madre.

Lo que no les gusta 

Tres actitudes que los adolescentes detestan en la comunicación con sus padres:

Interrupciones y no escuchar.

Acusaciones, críticas destructivas, insultos y reproches.

Malinterpretaciones o dar cosas por hecho sin que se hayan expresado.

Puedes aprender más sobre cómo gestionar la comunicación con tus hijos en el número de diciembre (el tercero) de la revista Objetivo Bienestar. Si no pudiste encontrarla, puedes acceder a su versión para iPad aquí