Es como estar perdido en un túnel sin luz e incapaz de encontrar ninguna de las salidas. Así describe el escritor Matt Haig su propia depresión. Si, además, va acompañada de ansiedad “sientes como una centrifugadora a toda velocidad dentro del cerebro que te inhabilita para tomar decisiones”. Sin entrar en aspectos clínicos, el inglés narra su experiencia a corazón abierto convirtiendo su libro en una gran herramienta para entender la depresión.

 

Eres filólogo y escritor, no psicólogo. Pero transmites muy bien qué siente el enfermo y cómo lo interpreta todo.

La depresión es una patología común pero aún muy desconocida. Eso me frustraba. Incluso para quienes conviven con un enfermo es duro de entender. Te dirán “intenta animarte” o “¿estás llorando porque no sabes qué calcetines ponerte?”. Con este libro pretendía relatar qué sucedía en mi cerebro y por qué actuaba así.

 

Escribir también te sirvió de terapia.

Uno de los peligros de la enfermedad es el aislamiento. Leer y escribir me ayudaron a reconectar con mi yo verdadero, a silenciar los demonios de mi mente y a sentir que tenía algo que contar al mundo. También me ayudó correr: el cuerpo sufre y eso alivia el dolor del alma.

 

No cuentas con las opiniones ni de psiquiatras ni de psicólogos.

Tengo pánico a la medicalización de la enfermedad mental, a las píldoras que atajan los síntomas sin resolver nada más. También odio esa manía de buscar un por qué, un origen, cuando la depresión le puede sobrevenir a cualquiera. Winston Churchill lo era y gobernó con destreza Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial. No hay un perfil único, afecta a personas de toda profesión y nivel social: la princesa Diana, Mozart, Newton, Al Pacino…

 

Quien no ha pasado por ella la asocia a tristeza y apatía. Tú hablas de un dolor insoportable.

Cuando te duele la espalda, el estómago o las piernas es terrible pero puedes separarlo de tu yo. Te tumbas o te das un masaje y remite. Cuando el dolor anida en tu cerebro, el 100% de tu persona sufre sin remedio.

 

Por eso intentaste suicidarte, para acabar con ese dolor.

No buscas matarte, pero no ves otra forma de aniquilar ese sufrimiento interior. El suicidio es la primera causa de muerte entre hombres menores de 35 años en el mundo desarrollado y apenas se habla de él. Nada espanta más al suicida que mirar cara a cara a la muerte. Cualquier persona ante esa situación siente terror y apego a la vida. Para el suicida hay un doble terror: por un lado, la decisión de matarse, por otro, una existencia terroríficamente dolorosa.

 

¿Qué le hizo no tomar esa fatal decisión?

Cuando estaba frente al acantilado pensé en mi novia y en mi hermana. Sabía que les haría daño. Y me aterraba saltar. ¿Y si me quedaba paralítico o malherido? No fue un instante de revelación religiosa ni nada así. Simplemente desistí. Lo viví como un fracaso. Ahora me alegro que así fuera.

 

Usted reconoce con franqueza haber llorado. No es lo normal.

A los hombres nos cuesta llorar, incluso reconocer nuestra depresión, porque se ve como una debilidad. Esta cerrazón solo agrava el problema. Por suerte siempre estuve en sintonía con lo que mis emociones me pedían.

 

Y les cuesta mucho hablar.

Contar cómo te sientes siempre alivia. Háblalo con tu pareja, con la familia, con un amigo o con un profesional. A veces piensas que no te van a entender, que solo te pasa a ti. O que te van a tomar por loco. Aunque asumas que algo no va bien en tu cabeza te da pánico la enfermedad mental. Y a los de fuera, más. No es lo mismo decir “mi pareja tiene cáncer” que “es un enfermo mental”. El reto de la sociedad es percibir la enfermedad mental como la física y entender que nunca estamos ni al 100% en lo físico ni en lo mental. Va y viene sin que te conviertas en inmune a la felicidad o a las relaciones sociales.

 

¿Qué parte de culpa tiene el arte en esta demonización de la enfermedad mental?

Mucha. Una de mis películas favoritas es Alguien voló sobre el nido el cuco, con Jack Nicholson. Cuando enfermé no solo me aterraba el dolor sino la idea de que me encerraran en un manicomio con una camisa de  fuerza. La literatura también ha dado mucha cancha a la depresión. En la Universidad me encantaba leer a John Clare. En su poema I am describe esa sensación de nada, de ruido y de no ser quien crees que eres.

 

¿Crees que ahora eres mejor persona?

Me conozco mejor. A los 24 estaba muy perdido. Ahora hasta agradezco la depresión porque me hizo descubrirme, de lo contrario quizá seguiría perdido. Ahora disfruto de las cosas pequeñas, antes todo tenía que ser extremo.

 

En el libro es constante la presencia balsámica de tu actual esposa, Andrea. ¿Estarías aquí sin ella?

No lo sé, pero en esos momentos ella fue un pilar. No tenía las respuestas pero me aportaba la confianza para descargar mi dolor sin esconderme. Ha sido duro para ella. Tener a una persona hundida a tu lado es muy frustrante. No ya en los peores momentos, sino cuando estás recuperándote pero no estás al 100% y hay recaídas. Haber pasado esto juntos nos ha unido más.

 

El otro pilar es tu familia.

Soy afortunado por tener a mis padres. Pasar por esto sin familia hace que el aislamiento empeore aún más tu situación. La depresión te miente sobre el futuro.

 

Hay un factor hereditario en la depresión. ¿Temes por tus hijos?

Era mi gran preocupación al escribir con tanta sinceridad el libro. Pero creo que es un error mantener a los niños al margen de los problemas de la familia. Cuando me rompí me hubiera gustado saber más de la depresión de mi madre y cómo la superó.

 

¿Está totalmente curado?

Siempre sobrevuela el riesgo de una recaída. Mi objetivo es modesto: ser moderadamente feliz, disfrutar de la vida, ver crecer a mis hijos…