El aburrimiento y el "me aburro" siempre ha tenido mala prensa, pero recientes estudios en el campo de la neurología lo empiezan a ver desde otro punto de vista, es decir, como un potenciador de la actividad cerebral. “Imaginemos que una persona está en una situación apática, que le resulta desagradable y que no le aporta nada”, señala Pablo Irimia, neurólogo y vocal de la Sociedad Española de Neurología, “neuronalmente, en un ejemplo así, hay dos áreas del cerebro que disminuyen su actividad: el lóbulo frontal, involucrado en los procesos de atención; y la ínsula, que responde a estímulos de naturaleza emocional. Ambas partes se ralentizan, pero si la persona busca un estímulo para salir de ese estado y lo encuentra, logra que esas zonas vuelvan otra vez a estimularse y se produce un cambio en esa área cerebral. Es por tanto importante tener ratos de no hacer nada, hasta de aburrimiento, porque así el cerebro se está entrenando. Y por supuesto, el estímulo será mayor, cuanto más creativa sea la solución para paliar la apatía”. Los nuevos descubrimientos neurológicos apuntan a que tenemos una reserva cognitiva, es decir, un número determinado de conexiones, y que éstas se van deteriorando con los años. Más que mantener el número de neuronas, lo importante es no perder las relaciones entre ellas, que es lo que hace que el cerebro siga funcionando, porque las neuronas pueden reproducirse, aunque en un número limitado.

Dejar espacio al "me aburro"

La mente es como una sala de estar, en la que tan importante es el mobiliario como el espacio vacío. Una habitación atiborrada de muebles no es útil ni práctica, se necesitan los objetos precisos pero también que haya espacio entre ellos, para que así luzcan mejor. Los budistas dicen que la mente es el mono loco que nos arrastra y convierte nuestra vida en un torbellino; de ahí la necesidad de la meditación, de no hacer nada, de buscar espacios en blanco, para apaciguar y calmar a ese animal desbocado. El mindfulness conquista Occidente, ya que se trata de una meditación básica, que desembarca en nuestras vidas en busca de la relajación y la paz interior. “La mente nos engaña mucho, es como un niño caprichoso al que nunca se le han puesto normas y que tiraniza a sus padres”, comenta Elena Alfaya, miembro del personal docente e investigador de la Universidad de A Coruña, especializada en mindfulness y creadora del Centro Karuna en esa misma ciudad gallega. “Un ejercicio que pongo el primer día a mis alumnos es coger una botella llena de agua, echarle arena y agitarla. Mientras está turbia, es imposible ver nada tras ella, pero si dejamos de moverla y esperamos a que repose, la arena se irá al fondo y el agua recuperará su estado transparente. Lo mismo ocurre con nuestra mente, que puede dividirse en dos partes: el observador, que somos nosotros y la corriente subyacente, ese barullo mental de ideas que puebla nuestras cabezas. El problema es que nos identificamos con esta segunda parte y no con la primera y perdemos el control. Es la mente la que nos lleva, nosotros no dirigimos”, comenta Elena. El mindfulness busca recuperar el control mental. La única condición es pararse, no hacer nada, meditar. Los beneficios de esta práctica son numerosos e inmediatos. “Paz interior en momentos de dificultad, visión interior, mayor conocimiento de nuestras reacciones antes de que se produzcan, para así poder evitarlas; creatividad, autoconfianza, mayor desapego por las cosas materiales y sobre todo una mayor sensación de relajación”, apunta Alfaya. El verbo parar vive sus horas más bajas en una sociedad basada en la conexión 24 horas y la filosofía del esfuerzo. En opinión de Marisol Delgado, psicóloga y especialista en psicoterapia por la European Federation of Psychologists Associations, con consulta en Avilés, “existen unos conceptos erróneos, a nivel social, pero que todos reproducimos sistemáticamente y que deberíamos desterrar. A saber: identificar la valía personal con lo que hacemos o producimos, creer que ser responsable es sinónimo de no tener cinco minutos libres o caer en la tiranía del “debería” o “tendría que estar haciendo”, que ensombrece nuestros ratos libres. La filosofía del esfuerzo ha calado tan hondo que todavía se oye la frase “no consigue nada pero al menos se esfuerza”, un sinsentido del desperdicio energético”. Para esta psicóloga, nuestra mente es como un ordenador, al que de vez en cuando hay que apagar y resetear, porque sino acaba estropeándose. “Tener momentos de no hacer nada es excelente para la creatividad, el libre pensamiento, la reflexión; porque parar es reparar; cogiendo este término en su doble sentido, por un lado reparar es fijarse en algo y por otro es sanar, arreglar”. Hay momentos de la vida que exigen de un parón: cuando los hijos se van de casa, cuando se acaba una relación, cuando una es despedida, cuando se ha cerrado un ciclo vital... Pero, curiosamente, los amigos nos recomiendan acción, moverse, echar currículums....

El ocio filosófico

Solemos asociar la palabra ocio a ese tiempo “libre”, “muerto” o “perdido”, en el que no hacemos nada útil. Por no hablar del término “ocioso”, que califica a una persona improductiva, sin ambiciones, un perfil poco deseable en los tiempos que corren. Sin embargo, para los griegos clásicos, los que crearon la filosofía, el ocio y el tiempo libre se asociaban al estudio y al descanso. El ocio filosófico apuntaba al cultivo del espíritu, algo que se hacía por amor al saber y no por otras razones, y que además era placentero, ya que generaba felicidad y bienestar. Pero para conseguir esto, el tiempo libre era imprescindible para que el pensamiento pudiera moverse sin trabas externas ni esquemas prefijados, porque la inteligencia encuentra respuestas si se mueve con calma y libertad. Últimamente la filosofía está experimentando un resurgir como método para entender o aceptar el torbellino en el que vive la humanidad. Existen ya profesionales, como Teresa Gaztelu que hacen lo que se llama praxis filosófica, consultas en las que, como en una terapia psicológica, el filósofo trata con su consultante lo que le preocupa. Según Gaztelu, “la filosofía nace del asombro, de reflexionar, de pararse a ver las cosas. Los humanos estamos perdiendo la capacidad que nos diferencia de los animales y que es la reflexión. La sociedad de hoy en día valora al individuo por lo que hace y no por lo que es, y hay una falta de dejarse ser, sin producir, sin demostrar nada. Nuestra dignidad está ya simplemente en el ser, no tenemos que hacer nada más para conseguirla”. “Los estímulos constantes son la causa de ansiedades, depresiones y de la falta de confianza en uno mismo. La filosofía se da cuando uno para y la diferencia entre parar y no parar es la diferencia entre vivir o sobrevivir”, apunta Teresa.

La sana costumbre de soñar despierto

En el ámbito laboral, aburrirse es un estado cada vez más insólito, en un entorno en el que generalmente faltan horas para realizar todas las tareas, pero deberían ser deseables pequeños momentos sin hacer nada, ya que como apunta Olga Cubillas, coach laboral y de vida, “reduce el estrés y los niveles de cortisol, nos ayuda a conocernos mejor y tomar mejores decisiones. Pero además, cuando estamos se activa el mecanismo de soñar despierto, que es algo así como un boceto de nuestras metas y anhelos, que se sustenta en el pensamiento creativo. Otra consecuencia benéfica del tedio es el bostezo, actividad que oxigena y relaja el cerebro. No hacer nada es reparador y nos hace más eficaces y productivos”. A veces es imposible dejar un trabajo por muy monótono que resulte. En ese caso, Cubillas recomienda “intentar modificar la forma en la que lo hacemos. Otra receta infalible es empezar el día con algo de ejercicio físico antes de ir al trabajo. Es el mejor alimento para el cerebro, que se llena de serotonina y dopamina, y empieza la jornada con mejor ánimo”.