"Más vale pedir perdón que pedir permiso": seguramente es el dicho que más divide a partidarios y detractores.

¿Es mejor lamentarse por un beso que nunca dimos o por haber sido rechazados después de darlo? Y en el trabajo, ¿optamos por ser autónomos y avanzar guiados por nuestro sentido común, aun cuando exista el riesgo de tomar el camino erróneo, o interrumpimos constantemente a nuestro superior para asegurarnos de cada caso?

Decía Kant que la razón "necesita libertad". Ciertamente, para acertar o errar, debemos al menos tener la potestad de elegir en cada momento el camino que más nos seduzca. Sin abusar de las situaciones, cada uno sabe cuándo empujar para abrirse paso sin recibir una autorización previa. Así que si, como dicen los expertos, el fracaso es el mejor maestro, es en las caídas donde realmente nos conocemos y aprendemos. ¿Por qué no dejarnos guiar por nuestro instinto y actuar en base a nuestras convicciones como una forma de ejercer la libertad, pero también de reafirmarnos?

El refrán se convierte en una estrategia valiosa en aquellas situaciones en las que pedimos permiso sobre algo demasiado importante para nosotros. A veces, no dar tiempo al interlocutor, precisamente para que no pueda rechazar nuestra propuesta, es fundamental.