La falta de sueño se ha convertido en una de las epidemias silenciosas de nuestra era. No es una impresión particular. Sabemos que las horas de sueño en las sociedades “desarrolladas” han ido mermando de manera progresiva con tres revoluciones que han transformado nuestra forma de relacionarnos con nuestro sueño. La primera de ellas es la revolución lumínica que aconteció en el siglo XIX cuando las bombillas permitieron que, de una manera sencilla la luz llegara a nuestros hogares haciendo que la noche fuera menos noche. Es cierto que desde tiempos inmemorables las lámparas de aceite han alumbrado las noches, pero parece que esa iluminación eléctrica supuso un cambio en los hábitos de sueño a raíz de distintos estudios que han analizado estos hábitos de las personas en la época pre y post electricidad. Según lo recabado de cientos de diarios escritos en Inglaterra la llegada de la electricidad supuso una merma de una hora de sueño.

La segunda revolución fue la de la información del siglo XX. La llegada de la radio a los hogares y, en segunda instancia de la televisión cambiaron el periodo que sigue a la cena. Este dejó de ser un tiempo para contar historias y se convirtió en un espacio para la información y el ocio y conllevó un descenso de una hora de sueño. Con una pérdida acumulada de dos horas de sueño nos adentramos en el siglo XXI en el que la revolución de internet parece habernos cambiado en tan solo dos décadas más de lo que habíamos cambiado en los últimos siglos. En lo que al sueño respeta parece ser así.

Todavía no tenemos datos objetivos, pero todo parece indicar que la era de la conectividad también nos roba horas de sueño. Este fenómeno se ceba especialmente entre los jóvenes. Hasta hace poco se iban a la cama cuando sus padres marcaban y allí más tarde o más temprano descansaban. Sin embargo, hoy dedican horas a navegar en la red, a comunicarse con sus amigos y a actualizar sus perfiles sociales con su móvil sin que ni el sueño ni el cansancio puedan impedirlo. Hoy en día, los chicos y las chicas que estudian bachillerato duermen muy poco. Apenas un 2% duerme más de ocho horas y una inmensa mayoría, menos de siete horas. La falta de sueño también afecta a los adultos. Sabemos que necesitamos dormir entre ocho y diez horas al día y que muy pocos adultos respetan esta regla biológica. Los malos hábitos son los principales responsables de esta falta de sueño y descanso. Dormir con el móvil junto a la mesilla es posiblemente el error más frecuente. Muchos lo utilizan de despertador, aunque es más saludable comprar uno de pilas. Seguir con el nuevo hábito de dormir al lado del teléfono hace que nos acostemos más excitados, que se retrase la aparición del sueño, que éste sea de peor calidad y que nos despertemos antes. Y todo ello tiene una repercusión silenciosa en nuestro organismo y en nuestra vida. El cansancio, la pérdida de buen humor y el bajo estado de ánimo pueden ser las más visibles. El desgaste cardiovascular, la supresión de la respuesta inmunológica, la ansiedad, los problemas de memoria y el envejecimiento cerebral prematuro pueden pasar desapercibidas en el corto plazo aunque, sin duda, nos alcanzarán a largo plazo. Así que dejen descansar a las tecnologías unas horas antes de caer en brazos de Morfeo.