En estos tiempos en los que las 24 horas de los siete días de la semana estamos ocupados, en la era del multitasking, llega un punto en el que es necesario parar o, por lo menos, bajar el ritmo. Estamos absorbidos por nuestro trabajo e incluso nuestro smartphone es cómplice de que estemos pendientes de lo que pasa en la oficina incluso cuando estamos de vacaciones; tenemos la sensación de que vivimos y nos relacionamos más a través de las redes sociales que en el mundo que existe al margen de ellas e incluso nuestros momentos de ocio son tan escasos que, sin querer, los convertimos en actividades estresantes: escapadas exprés, comprar entradas de último minuto, visitas a casa de los padres con la hora de vuelta programada... No es que estemos ocupados, es que estamos ocupadísimos y todo ello acaba pasándonos factura. 

El estrés, la ansiedad y la depresión que muchas se deriva de éstos, se consideran ya enfermedades propias del s. XXI, de los países occidentales, dónde el ritmo del día a día es frenético. Pero, menos mal, que asociado a todo ello ha surgido una filosofía revolucionaria que pretende desacelerar la sociedad, de tranquilizar el entorno y de ayudarnos a prestar atención a lo que nos ocurre a nosotros en vez de estar pendientes de todo lo que nos rodea. El movimiento ‘slow’, predica que es posible (y mucho más sano) vivir sin prisas.

En Elogio a la lentitud, Carl Honoré ya nos avisa de que estamos siendo víctimas de un dinamismo que está acabando con nosotros. Es cierto que la velocidad es divertida al principio; esa sensación de estar lleno de adrenalina puede incluso generar adicción, pero cuanto más hacemos, más cosas nos pedimos a nosotros mismos y entramos así en una espiral muy destructiva. Por ello, frenar se convierte en un acto de supervivencia y empiezan a surgir en nuestro día a día conceptos como ‘vagón del silencio’, hoteles sin niños, restaurantes sin teléfonos, etc., enfocados a preservar la tranquilidad a nuestro alrededor. 

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Pero no se trata de volvernos unos pasotas y ralentizar las situaciones cotidianas, sino todo lo contrario. Se trata de dedicarle a cada actividad el tiempo que se merece, de vivir el presente para tomar consciencia de él, tal y como predica el mindfulness, para disfrutar de cada minuto en vez de andar contándolos. Además, el movimiento slow predica la calidad de nuestras acciones: aunque haya situaciones en las que el ritmo se nos proponga frenético, mantener la calma es clave para encontrar y aplicar la solución más apropiada y llegar al éxito, ya estemos hablando de trabajo o de perder peso. 

Y ahí está la clave del movimiento slow: puede aplicarse a todos los ámbitos de nuestra vida. Hemos recopilado las tres corrientes más significativas e interesantes para que empieces a aplicarlas a tu día a día.

Slow Beauty: Se trata de cuidarse pero también de aceptar que nuestro cuerpo envejece e ir haciéndolo de la forma más bonita posible. La industria de la belleza nos bombardea con mensajes continuos sobre la necesidad de luchar contra el envejecimiento, de combatir las líneas de expresión... Pues es hora de dejar de pelearse tanto con una misma y cuidarse, sí, pero sin que una cana suponga un disgusto. Y a nivel de cuidados, la práctica supone todo un placer. Nada de tratamientos exprés o cremas efecto flash... Es la hora de crear tu propio ritual holístico, en el que disfrutes de cada uno de los pasos dados sin ninguna prisa: regálate un masaje craneal cuando te laves el pelo, disfruta del momento de aplicar la hidratante después de la ducha, envuélvete de las texturas y aromas de tus cremas preferidas, alarga los pasos de tu rutina facial con un masaje anti-aging... 

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Slow Cooker: ¿Hay algo más rico que la cocina casera? Disfrutamos con los olores, los sabores y las texturas de los alimentos... El proceso de preparar y disfrutar de una comida deliciosa es todo un regalo, también para el que cocina. Pero no solo se trata de esto; se trata de reflexionar sobre el origen de esos alimentos, sobre cómo se obtienen y sobre la conciencia de un consumo responsable, solidario con el medio ambiente y en el que tirar alimentos no sea una opción. 

Slow Sex: Sí, también podemos desacelerar nuestra vida sexual y disfrutar más de ella. Asumir el orgasmo como el objetivo principal de una relación sexual es uno de los motivos que produce más estrés y frustración entre las parejas. El slow sex corta con ello completamente y se enfoca en que nos centremos en cada momento, en que disfrutemos de todo lo que está pasando entre nosotros y nuestra pareja: alargar los preliminares, recrearnos en las zonas erógenas que a conocemos y buscar nuevas y, sobre todo, en huir de la mecánica para jugar con las sorpresas y alargar el placer.