«Voy a salir a que me dé el aire». Cuántas veces habremos pronunciado esta frase en momentos de agobio, de zozobra, de enfado, de tristeza. Intuitivamente, sabemos que ir ahí fuera nos va a sentar bien. Es, en el fondo, una búsqueda del efecto terapéutico de la naturaleza, sin que seamos conscientes de ello. Creo que, salvo que el tiempo sea nefasto y nos pille desprevenidos, a nadie le sienta mal un garbeo por el parque o por el monte. No en vano es una de las actividades más populares en pueblos y ciudades de nuestra geografía: el noble arte del paseo. Tradicionalmente recetado para ancianos y embarazadas, pero beneficioso para todos.

Pero podemos ir mucho más allá. Está ampliamente demostrado que la naturaleza contribuye a nuestro bienestar y al cuidado de la salud, tanto física como mental. Física, porque ayuda a mitigar los efectos de la vida sedentaria, mediante el movimiento (obesidad, diabetes, hipertensión…). El aire más limpio hace que respiremos mejor y más hondo, y llegue así el oxígeno a la sangre con más rapidez, revitalizándonos. Nuestros sentidos se agudizan, especialmente la vista y el oído; pero tal vez descubramos también el tacto y el olfato como vías de acceso al mundo natural. Así prestamos más atención a los detalles, disfrutamos de las sutilezas del entorno, por insignificantes que parezcan.

Beneficio mental, porque tiene un efecto restaurador ante situaciones de estrés psicológico. Nos sosiega, nos tranquiliza, nos sitúa. Todo esto, sin fármacos. En la naturaleza, pensamos con más claridad, somos más empáticas, imaginativas, optimistas y vitales. Y además nos ancla en el aquí y en el ahora, una necesidad cada vez más imperiosa en nuestra sociedad.

 

cuidado verde

 

Cuidado verde

Son muchas las autoridades sanitarias que se han percatado de este recurso para la salud pública y ofrecen lo que se conoce como cuidado verde. Otros, con algo más de imaginación, lo han llamado la vitamina N. No se trata de aplicar lo que se conoce desde hace tiempo como terapias naturales sino de terapias en la naturaleza. Ejemplo de ello son los baños de bosque o shin-rin joku que se proponen en Japón a pacientes con hipertensión o enfermedades crónicas. Incluso con cáncer, porque al parecer determinadas especies de árboles emiten sustancias volátiles que fortalecen las células NK –natural killer, el nombre lo dice todo-– que son las que luchan contra el cáncer.

También está el Dr. Barucq, de Biarritz, que receta terapia de surf a sus pacientes. La combinación de la actividad deportiva, el aislamiento que da el medio acuático y los tan beneficiosos aerosoles marinos, es un cóctel salutífero como pocos. En otros lugares se propone la terapia de vida salvaje, invitando a los pacientes a afrontar retos en lugares remotos y aislados, que harían temblar a los participantes de realities como Supervivientes.

Así, se superan traumas y se consigue una mejora en la autoestima, capacidad de trabajo en equipo y de escucha, entre otras cosas. También tenemos las terapias asistidas por animales, como los caballos, los perros e incluso los gatos, por lo general entrenados para hacer un trabajo terapéutico específico. Dependiendo de cada caso, contribuyen a la mejora de la forma física, relajan y fomentan la socialización.

 

Conciencia plena

Pero no siempre es necesario complicarse la vida con una terapia en el medio natural. A veces, basta con prestar un poco de atención. Cuando nos hablan del poder transformador, sanador de la naturaleza, nos imaginamos tener que pasar una larga temporada en un sanatorio de montaña; frecuentar un balneario junto al mar o incluso tener que vivir en pleno bosque. Todo esto no estaría mal, claro, pero está al alcance de muy pocos.

Sin embargo, la naturaleza está en todas partes; es más, es parte de nuestra esencia. Basta con saber identificarla y aprovechar la miríada de sutiles oportunidades que tenemos para disfrutar de ella. Se ha demostrado, por ejemplo, que prestar atención consciente a elementos naturales, aunque sean tan aislados como el árbol de la parada de autobús o los pájaros desde una ventana, tiene efectos positivos sobre nuestra salud y bienestar. Se ha visto también que los pacientes hospitalizados que tienen vistas a un jardín se recuperan más rápido que los que tienen vistas a otro edificio.

Basta, como decía, con ser consciente de ello. Como lo son, a su manera, los niños pequeños que empatizan con animales tan pequeños como una hormiga o una mariquita. Se sienten identificados con ellos y sufren lo indecible con su malestar. La naturaleza, sabia como es, no sólo nos enseña a prestar atención, sino que nos lo exige. No podemos caminar por el monte mirando una pantalla, porque tropezaremos. No podemos pensar en otras cosas, porque nuestra atención va a volver al momento y al lugar en el que estamos.

Recuperemos, pues, esa mirada fresca de la infancia, ese saber estar aquí y ahora. Aprovechemos la vida, lo vivo, para reconocernos en ello y disfrutar de sus efectos, generosos y duraderos.