Calma, ante todo. La Navidad son fechas señaladas, pero los días duran igual 24 horas aunque las sobremesas sean interminables y tengáis que veros las mismas caras un día tras otro. Si participamos, toca echar mano de la paciencia y de estrategias para no sufrir. También se puede disfrutar de las celebraciones o cambiando de escenario. Porque la vida cambia y la Navidad con ella.

 

1. El consumismo

Los regalos deberían ser algo personal. Eso es lo que piensa el psicólogo Tomás Navarro, también autor de los libros Fortaleza emocional y Kintsukuroi. “Yo hago muchos. Pero en Navidad siempre hago regalos hechos por mí, para mi hija y mi mujer. Es mucho más fácil entrar en Amazon y comprar cualquier cosa... Regalar es algo muy personal y debes librarte de esa presión. Tienes que regalar lo que quieras”, insiste Navarro.

Menos materialista: “El problema –comenta– es cuando haces algo que no quieres hacer y eso te provoca malestar y si la gente de tu entorno no entiende que este año no puedes con grandes regalos... Tienes un problema”. Él recomienda revisar las expectativas que tenemos para librarnos de la presión, sobre todo interna. “Quien se moleste por ese regalo... El año que viene no hace falta que lo veas”, dice.

 

2. Comilonas

¿En qué casa nos toca? Y las largas sobremesas.  ¿Dónde se celebra este año? En ocasiones toca dividirse o toca dividir las fiestas en varias casas. Además, las sobremesas son interminables, los temas de conversación pueden derivar en discusiones o el aburrimiento irrumpir después de tomar los turrones. Para que todo ello no sea fuente de conflictos entre la pareja, la base de todo es negociarlo; y si una no tiene pareja le tocará “negociarlo con sus familiares influyentes”, dice Navarro.

Todo es negociable: Habladlo antes de que llegue ese día para evitar roces. Por ejemplo, alterna casas cada año con tu pareja, relativiza las separaciones y reservaros un día íntimo para los dos, o un día solo con amigos. Por otra parte, incorpora a esas comilonas momentos que desengrasen posibles tensiones como compartir juegos con los niños, o entre adultos.

 

3. Las ausencias

Separaciones, muertes y otras pérdidas.  La Navidad también pone a prueba nuestra entereza emocional. Y la tristeza puede ser el primer paso para caer en la depresión, aunque los expertos insistan en que no es lo mismo. Nuestra situación personal puede que haya cambiado de un año a otro, por una separación sentimental, por la muerte de un ser querido o por la ausencia de nuestros hijos. Pero hay recursos. “Es duro, pero no les des más importancia a las personas fallecidas que las que están vivas junto a ti”, dice Navarro.

Redefine el cambio. “Puedes no celebrarla, que no es obligatorio, e irte de viaje si es lo que necesitas”, comenta el psicólogo. Para ello, tendrás que prepararte, por ejemplo ante el chantaje emocional de algún pariente. “Si te quiero igual, pero he decidido hacer esto porque me quiero a mí y esto es lo que deseo”, puedes decirles”.

 

4.  Las familias

El roce hace el cariño, pero no siempre. Hay quien disfruta reuniéndose una vez al año y quien vive esos encuentros con dolor de estómago. “La gente no disfruta de aquello que es obligado. Porque la Navidad es una fecha determinada, quieres estar con unos pero no con otros... Y eso te desmotiva”, dice Navarro. “Es que la Navidad está sobrevalorada, no es tan fantástica... Te haces mayor y lo ves diferente, la gente muere y eso te agobia también”, añade.

Acto de valor: Podemos hacer tres cosas. “Hay quien decide no ir y así lo comunica y quien decide ir, corriendo riesgos pero poniendo condiciones (“de este tema no se habla”, “mamá, voy yo si ella también viene” o “no se bebe alcohol”). O quien redefine la situación: vale, lo aguanto, pero luego daremos un paseo o iremos al cine con los niños”, comenta el psicólogo.

 

5. La soledad

No todos pueden vivirla en compañía. Cuando la presión externa de la Navidad nos lleva a recordarnos lo solos que nos sentimos, podemos optar por un cambio de guión. Porque la Navidad que no se celebra puede ser un buen momento para adaptarse a un nuevo entorno o para sentirse ocupada con fines sociales si quieres ayudar a otros.

Nuevos entornos: Hay quien opta por viajar, como recuerda Navarro, porque un escenario nuevo le hará experimentar otras sensaciones con las que asociar estas fechas o hay quien prefiere ayudar a mayores que no pueden compartir esos días con gente o no tienen recursos. “Pero si tu hijo está en Londres estudiando o trabajando y puedes ir a verle... Pues ve a verlo. Si no puedes, haz otra cosa distinta para estas fechas y que no sean tan marcadamente familiares”, aconseja.

 

6. Los cambios de hábitos

No dejes de buscar ese espacio para ti. La vorágine navideña suele comenzar con el alumbrado de las luces de la ciudad, seguir con las cenas o comidas con los amigos “porque es Navidad...” y con todos los compromisos familiares (si es que prefieres la tradición). La sensación de no tener espacio para una misma suele ser permanente, al menos, durante unas semanas. Y es mucho tiempo. Para evitarlo, busca estrategias los días señalados.

Ese día también es tuyo:  No tengas la sensación de que en Nochebuena o el día de Navidad o de Año Nuevo, no has podido hacer nada más que celebrarlo. Es decir, si quieres, sigue leyendo ese libro que te gusta, sal a correr, medita, ponte un capítulo de esa serie que te tiene enganchada o queda con las amigas. No hay que abandonarse en pro de Santa Claus.

 

7. La falta de recursos

Si no llegas, no te obligues a darlo todo. “No soy de los que aboga por limitar los regalos a la familia. “Tú regala lo que quieras, abuela, que luego ya veremos cuándo iremos sacando los regalos para los niños...” Hay gente que asocia la Navidad a un momento mágico y el regalo a una muestra de amor. Lo importante es que, cueste lo que cueste, la persona haya pensado en ti”, comenta el psicólogo.

Márcate un presupuesto: Es la mejor manera de controlar los gastos y de no temer la maldita cuesta de enero. Regalos, comidas con todo lo mejor, salidas para celebrarlo... Informa a la familia de que no vas a tirar la casa por la ventana, ahorra con tiempo y cíñete a tu presupuesto apuntando los gastos y revisándolos. Determina un día concreto de compras para no caer en el descontrol.

 

8. El estrés

La angustia por todo lo que te espera. Como nos ha recordado Navarro, la Navidad no tiene porque ser como un cuento de Disney. Si tu entorno ha cambiado, has de gestionar el cambio y adaptarte a lo nuevo, con nuevas ideas.  Si hay algo que te angustia especialmente –como encuentros incómodos– negócialos con los tuyos o, sencillamente, no participes. Si te generan mucho estrés las compras, no esperes a última hora y comparte ese momento con la persona que más te calme del mundo. Funciona.

Gestiona tus emociones. Si no puedes llegar a todo, no llegues. Mantén la calma y comparte responsabilidades con toda la familia (haz equipo), duerme las horas que necesites, establece prioridades en una lista –sin ser demasiado ambiciosa– y trata de disfrutar, porque la convivencia también genera risas.