Surgió con fines profesionales, pero con los años fue ganando terreno y adentrándose en el ámbito personal, hasta el extremo de que hoy en día determina el día a día del consumidor. El móvil o smartphone no sólo nos sirve para comunicarnos, sino que es nuestra agenda, un catalizador de las relaciones sociales, un medio de entretenimiento y el lugar donde almacenamos cantidades ingentes de datos e imágenes.

Su protagonismo es tal que en 2002 el número de abonados móviles superó el número de suscriptores de telefonía fija a nivel global. El crecimiento sostenido del consumo de horas de móvil ha llevado a los expertos a plantear la posibilidad de que se haya generado una adicción a su alrededor. Es la llamada 'nomophobia' (no mobile phobia).

Las razones que esgrimen los expertos para hablar de la adicción al móvil se sustentan principalmente en el tiempo y la atención dedicada por los usuarios en sustitución de otras conductas o actividades. En particular, los adolescentes, que son los usuarios más vulnerables puesto que aún no tienen un control completo de sus impulsos y son más fácilmente influenciables por campañas publicitarias y comerciales.

A falta de estudios definitivos y de un acuerdo de la comunidad médica de incluir la adicción al móvil en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM, por sus siglas en inglés), cada vez surgen más estudios que apuntan en esa dirección. Recientemente, un grupo de investigadores de la Universidad de Baylor (Texas, Estados Unidos) reveló que los estudiantes de la citada universidad pasaban una media de nueve horas al día pegados al teléfono móvil. La muestra del estudio fue sobre 164 estudiantes de entre 19 y 22 años. De entre ellos, un 60% admitió la posibilidad de ser adicto a su dispositivo y muchos reconocieron sentir una cierta agitación cuando no lo tenían cerca.