La sensación de “no poder con todo” a menudo nos angustia en el curso de nuestro ajetreado día a día. El ser humano tiende a acumular toda clase de cosas, tanto físicas como mentales, bajo el riesgo de que en medio de todo ello no logremos encontrarnos a nosotros mismos. En este artículo vamos a explorar tres ámbitos básicos en los que tiene lugar nuestro caos para hallar soluciones que nos devuelvan al orden y a la serenidad.

Ordena tu espacio 

Donde el desorden se hace más evidente, o por lo menos más visible, es en nuestro espacio físico. Las prisas que gobiernan nuestra vida hacen que no siempre percibamos hasta qué punto se acumula nuestro caos en forma de libros fuera de su estantería, ropa que no usamos y muchos otros objetos que acaban aparcados en cualquier rincón. Además de acumular polvo y de dificultarnos encontrar aquello que sí necesitamos, el exceso de cosas fuera de su sitio nos produce desconcentración y fatiga mental, tanto si se trata del despacho como de nuestro hogar. En cambio, un lugar despejado invita a la calma y nos facilita cumplir aquellas tareas que deseamos hacer.

En su exquisito libro La magia del orden, la japonesa Marie Kondo presenta un método para ordenar que parte del polo opuesto a desprendernos de todo aquello que no necesitamos: 

“En lugar de buscar las cosas que no quieres, es mucho más útil preguntarte qué cosas deseas guardar y por qué. Identificar las cosas que te hacen feliz: ése es el verdadero sentido de ordenar”.

Según Kondo, cuando nos rodeamos sólo de las cosas que nos proporcionan felicidad y nos deshacemos de lo que no necesitamos —por ejemplo: regalos inútiles o ropa que ya no nos ponemos— nuestra ansiedad disminuye y somos capaces de disfrutar del presente y de proyectar luminosamente el futuro. Su método es muy simple: una vez hemos donado a beneficencia o tirado al contenedor de reciclaje todo lo que no necesitamos, la magia está en organizar de forma práctica y amorosa lo que queda. 

Ordena tu agenda 

La autora del best seller Simplifica tu vida llevó el orden mucho más allá del espacio físico que habitamos. Elaine St. James era una ejecutiva con una vida tremendamente complicada y caótica. Ella y su marido vivían en una casa que apenas disfrutaban, porque siempre estaban trabajando, y mantenían un barco que no usaban, entre muchas otras cosas.

Un fin de semana de retiro en una cabaña, Elaine analizó lo que estaba sucediendo en su vida y decidió luchar por simplificarla y así disfrutar de cada día. En su célebre manual, ofrece cien consejos para suprimir lo innecesario y ganar tiempo para lo que en realidad deseamos. Según esta autora, el primer paso para simplificar nuestra vida es invertir una hora al día en pensar qué es lo que más complica nuestra existencia —un empleo que absorbe todo nuestro tiempo y no nos da placer, una casa demasiado grande, relaciones de compromiso que son una lata y se comen nuestra agenda…— para ver cómo podemos limpiar y simplificar nuestra rutina.

Cuando ponemos orden a nuestro tiempo, que constituye los raíles por los que transcurre nuestra vida, mitigamos la sensación de estrés permanente que a veces nos domina. El control sobre nuestra agenda nos permite también no desatender lo verdaderamente importante, cegados por supuestas urgencias que no siempre son tales.

Ordena tu mente 

Una vez hemos puesto orden en nuestro espacio y en nuestra agenda, merece la pena volver la atención a nuestro centro de operaciones: la mente. Se calcula que, de promedio, una persona genera aproximadamente 60.000 pensamientos al día. Algunos son eminentemente prácticos, por ejemplo cuando estamos conduciendo y tenemos que tomar pequeñas decisiones, o bien cuando resolvemos tareas de nuestro trabajo. El resto de pensamientos, que son la mayoría, muchas veces no tienen ninguna utilidad real. Por nuestra mente pasan ideas de todo tipo que nos producen fatiga y esa sensación de caos tan poco placentera. Esta clase de pensamientos, que a menudo van y vuelven en un circuito agotador, no sólo nos hacen sufrir para nada, también nos apartan del momento presente, que es donde tenemos la oportunidad de ser felices.

Por eso, de vez en cuando, merece la pena “tirar de la cadena” para liberar nuestro espacio mental de todo este ruido de fondo. Entre las muchas técnicas que existen para limpiar nuestra mente, la más efectiva y ancestral es la meditación. Como antídoto para el exceso de cosas que queremos almacenar, programar o retener, este sencillo ejercicio nos enseña a estar quietos, sin hacer nada, para que el exceso de ideas pueda escapar de nuestra mente. Para ello sólo hay que sentarse de forma cómoda y serena —a poder ser, con la espalda recta—, practicando una respiración lenta y profunda, y con la voluntad de centrarnos en una sola cosa. La meditación más común es la que fi ja la atención en el aire que entra y sale sin hacer ruido por nuestras fosas nasales. Nada más. Sin duda, a lo largo de una meditación pasarán pensamientos por la pantalla de nuestra conciencia. No tiene importancia alguna. Se trata de etiquetarlos simplemente como “pensamiento” y dejarlos pasar como si fueran nubes, sin valorarlos en ningún momento.

Quince o 20 minutos de meditación diaria servirán para liberarnos del exceso de ruido mental que sobrecarga nuestra mente. Si nos empleamos a fondo en limpiar nuestra vida del caos en todas sus facetas, crearemos espacios para que pueda afl orar la creatividad y la calma, para así cumplir mucho mejor la gran misión de nuestra vida: ser felices y hacer felices a los demás.